Misael Habana de los Santos
En Acapulco siempre pasa lo mismo:
alguien dice que no hay proyecto, que no hay plan, que todo está en el aire.
Y la frase empieza a circular como si fuera verdad revelada. Pero hace apenas dos o tres días, en la conferencia de Fonatur —Fondo Nacional de Fomento al Turismo—, se dijo algo muy distinto:
sí hay proyecto para Playa Manzanillo.
Y no es un capricho estético ni un capricho turístico. Es, antes que nada, un asunto de limpieza histórica.
Porque esa playa —hay que decirlo sin rodeos— terminó convertida en un cochinero ambiental.
Durante años funcionó ahí un astillero, un lugar donde se reparaban barcos. Y todos sabemos lo que significa eso: fibra de vidrio, solventes, pinturas marinas, resinas, restos industriales que poco a poco fueron cayendo al mar.
La bahía se fue tragando ese desorden. Así funcionan muchas veces las ciudades portuarias: la industria llega primero, el turismo llega después, y la naturaleza paga la factura.
Por eso lo que ahora se está haciendo —según lo anunciado— es un saneamiento profundo del área. No solo barrer basura.
Sino limpiar un espacio que durante años fue tratado como patio trasero del puerto. La intención es sencilla y al mismo tiempo ambiciosa: que Playa Manzanillo vuelva a ser playa.
No un basurero químico. No un taller industrial. No un patio improvisado.
Una playa.
Pero el asunto no termina en la arena. Porque esa zona tiene también una historia urbana que casi nadie recuerda.
por ahí se levanta el Condominio Cocos, un edificio que muchos ven todos los días sin saber que fue diseñado por Mario Pani, uno de los grandes arquitectos del México moderno.
Pani fue el hombre que pensó ciudades. El que imaginó cómo debía crecer el país después de la guerra. El que diseñó conjuntos habitacionales, espacios urbanos, piezas de arquitectura que todavía hoy siguen marcando el paisaje.
Que uno de sus proyectos esté ahí, a un lado de una playa abandonada, dice mucho de la forma en que Acapulco ha tratado su propia historia.
Primero se construye algo importante. Después se olvida.
Luego se llena de puestos, de cantinas improvisadas, de negocios que crecen como enredadera sobre lo que alguna vez fue un jardín.
Porque ese espacio —los más viejos lo recuerdan— era un jardín frente al mar. No un mercado informal. No una cantina abierta. No un laberinto de cocinas improvisadas.
Era un jardín.
Pero el tiempo —y el desorden urbano— lo transformaron en otra cosa.
En un espacio donde la lógica del “aquí cabe otro puesto” fue sustituyendo poco a poco cualquier idea de planeación.
Por eso, cuando ahora se habla de recuperar ese corredor, lo que en realidad se está intentando es volver a ordenar un lugar que la ciudad dejó deteriorarse durante décadas.
Claro. Eso no le gusta a todos.
A quienes ya tenían intereses ahí.
A quienes hicieron del desorden su modo de vida. A quienes se acostumbraron a que el espacio público fuera territorio sin reglas.
Pero las ciudades —cuando quieren sobrevivir— tienen que corregirse a sí mismas.
Y en medio de esa discusión aparece otro tema interesante.
El Marina Bus.
Ese pequeño experimento de transporte marítimo que algunos miraban con escepticismo y que ahora —según se comenta— obliga a la gente a hacer fila para subir.
Entonces la pregunta cae por su propio peso: si funciona…
¿por qué no ampliarlo?
¿Por qué no pensar en dos o tres rutas marítimas más? No solo para turistas. Sino para los propios acapulqueños.
Porque cualquiera que viva del otro lado de la bahía lo sabe: a veces se tarda más uno en cruzar la ciudad por tierra que en atravesar el agua.
Acapulco es una ciudad rodeada de mar que durante décadas olvidó usar el mar como transporte.
Y eso también es parte de la discusión urbana que debería abrirse.
Hace poco alguien me dijo en la radio algo que parece simple, pero no lo es:
—“Es evidente el trabajo de Fonatur”.
Y sí.
En un año la gente empieza a notar cambios. Y eso obliga a hacerse una pregunta incómoda: ¿qué hicieron durante años las instituciones que se suponía debían cuidar nuestras playas?
Porque existen. Ahí están: La Promotora de Playas del Gobierno del Estado, la instancia municipal encargada del mismo tema.
Durante décadas han tenido presupuesto público, personal, responsabilidades.
Entonces uno vuelve a mirar la bahía y se pregunta: ¿por qué llegamos al punto en que una playa necesitaba ser saneada como si fuera un tiradero industrial?
Algo falló.
O alguien dejó de hacer su trabajo.
Por eso hoy ocurre algo curioso.
Los acapulqueños empiezan a comparar. Y la comparación es un animal peligroso en política.
Porque como decía Juan Gabriel:
“Lo que se ve no se juzga”.
Y lo que se ve ahora —para bien o para mal— es que Fonatur está interviniendo espacios que durante años nadie tocó.
Y uno termina pensando, medio en broma y medio en serio: si Fonatur está funcionando en la zona turística… ¿por qué no lo mandamos también a Renacimiento?
¿A Zapata?
Para ver si allá también aparece la obra pública. No son zonas turísticas, claro.
Pero las ciudades no viven solo de turistas. Viven de sus propios habitantes.
Mientras tanto, Playa Manzanillo espera. Entre el pasado del astillero,
la arquitectura olvidada de Mario Pani, y el intento tardío de limpiar el desorden. Acapulco es así.
Una ciudad donde la historia nunca desaparece del todo. Solo queda enterrada bajo capas de abandono.
Hasta que un día alguien levanta la arena… y vuelve a aparecer.
