Por Misael Habana de los Santos

Desde los tiempos del cólera, los del del Presidente José López Portillo “El Perro”, se abrieron ciertas ventanas del sistema político mexicano para que la oposición entrara al escenario. No era una apertura democrática en sentido estricto: era, más bien, una oposición administrada, casi ornamental, que permitía al partido único —el Partido Revolucionario Institucional (PRI)—simular pluralidad mientras conservaba el control del tablero.

La historia, como sabemos, tiene esa costumbre tropical de repetirse con otros colores.

Hoy lo grave no es solamente el rechazo a una reforma que pudo haberse aprobado. Lo grave es que Morena, junto con sus aliados —aliados entre comillas— tenía los votos para empujar el proyecto… y aun así terminó tropezando con sus propias contradicciones.

Porque dentro de Morena, hay que decirlo sin rodeos, no todo mundo cree en la democracia, ni en la transparencia, ni en la ética pública. En Morena —como en cualquier partido grande— conviven convicciones y ambiciones. Hay militantes con ideales, sí, pero también hay personajes movidos exclusivamente por intereses personales o de grupo. Gente para la cual la política no es transformación, sino simple administración del poder y del dinero.
Usted conoce algunos casos. No hace falta dar demasiados nombres.

Era previsible, entonces, que cualquier proyecto que afectara los intereses de ese pequeño enjambre de zánganos —llamémosles así, para no perder la precisión zoológica— encontrara resistencia.

Pero aquí surge la pregunta que flota en el aire como mosquito en noche de estero: ¿Para qué le sirven realmente a la Cuarta Transformación esos aliados?

Me refiero al Partido del Trabajo y al Partido Verde Ecologista de Mexico, Partidos que acompañan cuando hay reparto de posiciones, pero que desaparecen cuando llegan los momentos decisivos.

Si no sirven para las transformaciones profundas —que fue, precisamente, el argumento para construir esas alianzas— entonces quizá ha llegado el momento de revisar la sociedad política.

Tal vez lo más sano sería que cada quien caminara por su propio carril.

Que el Verde y el PT sigan su ruta natural. Que se acerquen al Partido Acción Nqcional (PAN), al viejo PRI o a Movimiento Ciudadano . No sería ninguna sorpresa: en política mexicana los colores cambian, pero las costumbres suelen permanecer intactas.

Y en medio de este pequeño teatro aparece también la figura de Ricardo Monreal ese personaje que durante años ha cultivado la imagen de gran negociador.

Pero a veces la historia tiene un humor extraño: detrás del negociador aparece simplemente el viejo ADN priista. Un priista vestido de guinda.

El ejemplo más reciente lo ofrece su hermano, el senador Saúl Monreal, el hermano, quien aspira a gobernar Zacatecas y relevar a otro de sus hermanos.

Sus declaraciones lo dicen todo: escucha a la presidenta, dice respetarla… pero inmediatamente aclara que él también tiene derechos.

Es decir: aunque se critique el nepotismo, aunque se pidan reglas claras, aunque el discurso oficial diga que no habrá hermanos, cuñados ni parientes en la fila del poder… él insiste.
Yo voy. Aunque sea hermano del gobernador. Aunque sea hermano del líder legislativo. Aunque la familia parezca un árbol genealógico plantado directamente en el presupuesto público.
El mensaje es claro: primero está el interés personal.

Y esa actitud abre la puerta para que otros aspirantes afectados por las nuevas reglas —en estados como San Luis Potosí o Guerrero— busquen refugio en otros partidos.

Que lo hagan. Que se vayan. Que prueben suerte fuera de Morena y compitan desde otras siglas. La democracia también consiste en eso: en que cada quien muestre su verdadero rostro político.

Al final, quienes van a decidir no son los dirigentes ni los operadores. Somos los ciudadanos. Usted que escucha. Usted que lee. Usted que vota.

Usted decidirá si premia a estos personajes o si los castiga con el voto. Si sigue apoyando a partidos que se aliaron sólo para repartir plurinominales —como el Verde— o para sostener pequeñas dinastías políticas —como ocurre con el PT en Guerrero.

El juego es transparente. Y quizá ha llegado el momento de decirlo sin rodeos: no al oportunismo, no al nepotismo, no a la política como negocio familiar.

Sí a la transparencia. Sí a los principios que dieron origen a este proyecto: no mentir, no robar y no traicionar.

Porque también ha llegado la hora de desenmascarar a quienes se enriquecen desde el poder envueltos en el discurso de la democracia y la transformación.

Lo que estamos viendo —o lo que veremos concretarse en la Cámara de Diputados— es, en realidad, una radiografía incómoda de la clase política mexicana.

Una radiografía donde algunos huesos siguen siendo los mismos… aunque ahora estén pintados de guinda.

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