Por: Misael Habana de los Santos
No sé por qué, pero las tragedias provocadas por huracanes las vinculo inconscientemente con la pobreza.
Recuerdo que cuando vi las imágenes de la devastación en Nueva Orleans, provocada por el huracán Katrina (2005), no parecía una ciudad de los Estados Unidos.
Más bien, me remitía a las tragedias que se viven con frecuencia en Haití, en el Caribe o en cualquier otro país pobre del mundo.
Otis y John nos recordaron y ubicaron en la realidad: Acapulco pertenece a esa categoría socioeconómica.
Un municipio de pobreza extrema, en un estado igual, donde la clase política que ha gobernado siempre vive en convivencia con la corrupción como forma de vida.
Los efectos de las políticas neoliberales, el turismo que beneficia solo a unos pocos, la destrucción del medio ambiente para el confort de las minorías, y la pauperización de las mayorías de trabajadores explotados por la “industria sin chimeneas” son evidentes.
Todo esto parece tener el respaldo de los dioses y la naturaleza, ya que, de aquí en adelante, cada año los fenómenos hidrometeorológicos nos recordarán nuestro lugar en la escala social nacional: los olvidados de Luis Buñuel.
A lo largo de la historia, Acapulco ha sido afectado por numerosos huracanes debido a su ubicación en la costa del Pacífico.
Aunque no existe un registro exacto que cubra toda su historia, los registros meteorológicos modernos (desde mediados del siglo XX) documentan varios huracanes que han golpeado directamente o afectado la ciudad.
Entre los huracanes más destacados se encuentran:
• Huracán Pauline (1997): Uno de los más destructivos en la historia reciente de Acapulco, causando inundaciones severas y deslizamientos de tierra.
• Huracán Manuel (2013): Afectó gravemente la ciudad y sus alrededores, provocando inundaciones y daños generalizados.
• Huracán Max (2017): Aunque de menor categoría, provocó daños considerables debido a las fuertes lluvias.
La temporada de huracanes en el Pacífico es activa entre mayo y noviembre, y Acapulco ha sido afectado en diversas ocasiones por tormentas tropicales y huracanes.
Huracán Pauline (1997)
Este huracán fue uno de los desastres naturales más costosos en la historia de México. Causó una devastación significativa en Guerrero y Oaxaca, con inundaciones y deslizamientos de tierra que afectaron gravemente a las comunidades. El monto estimado de los daños económicos fue de aproximadamente 7,500 millones de pesos (alrededor de 450-500 millones de dólares). Pauline dejó un saldo trágico de aproximadamente 230 muertos y más de 300,000 personas afectadas.
Huracán Manuel (2013)
Manuel, que impactó a Acapulco y otras áreas de Guerrero en septiembre de 2013, provocó daños económicos estimados en aproximadamente 58,000 millones de pesos (unos 4,500 millones de dólares). El ciclón trajo lluvias torrenciales que generaron inundaciones y deslizamientos de tierra, afectando gravemente la infraestructura, viviendas y carreteras, especialmente en las zonas costeras y montañosas de Guerrero. Además, dejó un saldo de más de 100 personas fallecidas y miles de desplazados.
Huracán Max (2017)
Max afectó las costas de Guerrero en septiembre de 2017 y causó daños estimados en aproximadamente 1,000 millones de pesos (alrededor de 53 millones de dólares). Aunque fue menos destructivo en comparación con otros huracanes como Manuel o Pauline, Max afectó gravemente la infraestructura, viviendas y cultivos, especialmente en áreas rurales de la costa guerrerense.
Huracán Otis (2023)
Otis, que azotó Acapulco en octubre de 2023, causó daños estimados en 15 mil millones de dólares. Este huracán de categoría 5 devastó gran parte de la ciudad, afectando hoteles, comercios, viviendas y la infraestructura eléctrica y de telecomunicaciones. El gobierno mexicano asignó un presupuesto inicial de 35 mil millones de pesos (alrededor de 1.9 mil millones de dólares) para la respuesta y recuperación, aunque se espera que los costos reales superen esta cifra.
Huracán John (2024)
John, que golpeó Acapulco en septiembre de 2024, dejó una estela de destrucción con inundaciones y deslizamientos de tierra. Los daños iniciales en la región se estiman en más de 600 millones de dólares. Afectó gravemente la infraestructura local, incluyendo carreteras, viviendas y el sector turístico. Además, dejó al menos ocho personas fallecidas y causó el desplazamiento de miles de habitantes.
Con la frecuencia y la capacidad destructiva de los fenómenos naturales en los últimos años, quedan pocas posibilidades de crecimiento y desarrollo social que permitan abandonar el vergonzoso eslabón de la pobreza que nos ubica en el último vagón del tren del desarrollo nacional.
¿Se destinarán recursos federales extraordinarios todos los años para la reconstrucción de una ciudad en permanente reconstrucción que busca estar bien presentada para los turistas?
Los acapulqueños necesitamos una ciudad para nosotros, una ciudad humana, solidaria, sustentable e igualitaria, y la queremos ahora. El turista puede esperar. Las voces de rebelión ya se escuchan.
