Misael Habana de los Santos
Uno llega a cierta edad con menos certezas, pero con mejores sospechas.
Y después de tantos años de periodismo descubre además que algunas cosas ya no necesitan una columna completa. A veces basta una frase.
El aforismo tiene algo de navaja: mientras menos hoja necesita, mejor corta.
Hipócrates le dio abolengo. Nietzsche hizo filosofía a martillazos. Oscar Wilde convirtió la paradoja en elegancia; Kafka encontró el absurdo detrás de la puerta; Cioran hizo del pesimismo una forma de lucidez y Antonio Porchia demostró que unas cuantas palabras podían contener un precipicio.
Y luego está Carlos Monsiváis. Mi gurú.
Monsiváis entendió como pocos que México podía explicarse desde la ironía. Miraba al político solemne, al poderoso convencido de su eternidad, a la multitud, la televisión, el melodrama, la corrupción, el nacionalismo y nuestras tragedias convertidas en espectáculo, y encontraba la frase que pinchaba el globo.
Porque el humor, cuando piensa, también es periodismo. Y la ironía, cuando tiene memoria, puede convertirse en archivo.
De allí nace este Aforismario Tropikal. No pretende fundar escuela filosófica alguna. Dios y María Santísima nos libre. Bastantes escuelas políticas tenemos ya en Guerrero y mire usted cómo nos ha ido.
Son apenas conclusiones provisionales después de muchos años de ver desfilar gobernadores, alcaldes, senadores, diputados, dirigentes, caciques, candidatos, precandidatos y precandidatos que todavía juran que no son precandidatos.
Los he visto cambiar de discurso.De partido.De fotografía.De amigos. Hasta de principios.
Lo que resulta bastante más difícil es verlos cambiar de costumbres.
Por eso, aquí van mis primeras doce pequeñas pedradas contra el escaparate.
Uno.
En Guerrero el poder cambia de partido con más facilidad que de costumbres.
Cambiarse la camisa resulta sencillo. Cambiarse los hábitos exige una revolución bastante más profunda que cambiar el color del chaleco.
Dos.
El político que habla demasiado del pueblo suele hacerlo porque hace tiempo dejó de escucharlo.
El pueblo es maravilloso mientras permanece en el discurso. El problema comienza cuando opina, protesta o pretende decidir.
Tres.
Aquí la pobreza siempre está en campaña; la riqueza, en el presupuesto.
Una pone los votos. La otra sabe dónde cobrar.
Cuatro.
En Acapulco hasta el paraíso aprendió que después del huracán vienen los políticos a inaugurar la reconstrucción de sus propias promesas.
Los huracanes nos han dejado otra enseñanza: la naturaleza puede destruir en unas horas lo que la burocracia tardará años en reconstruir y varias ceremonias en inaugurar.
Cinco.
La corrupción no tiene ideología: tiene nómina, amigos y memoria corta.
Puede vestirse de tricolor, amarillo, verde o guinda.
El dinero público posee una extraordinaria capacidad para borrar diferencias doctrinarias.
Seis.
El cacique moderno ya no necesita caballo ni pistola: le bastan una encuesta, una nómina y muchos aplausos.
También el cacicazgo entró a la modernidad. Ahora tiene redes sociales.
Siete.
En Guerrero algunos cambian de partido para conservar intactas sus convicciones: las del poder.
Hay trayectorias políticas que deberían presentarse no como currículum, sino como itinerario.
PRI.
PRD.
Verde.
Morena.
Próxima estación: la que conserve el boleto.
Ocho.
Periodista que nunca incomoda al poder corre el riesgo de terminar formando parte de su departamento de Comunicación Social.
El periodismo no nació para repartir flores.Para eso existen las florerías.
Y algunos boletines oficiales.
Nueve.
La democracia comienza con un voto; el problema es descubrir dónde termina después de contarlo.
Porque después aparecen las dirigencias, las encuestas, los acuerdos, los grupos, los compadres, las familias y esa maravillosa aritmética política mexicana mediante la cual dos más dos puede terminar dando candidato.
Diez.
En esta tierra aprendimos a sobrevivir a huracanes, terremotos y políticos; la naturaleza, por lo menos, nunca promete que no volverá a hacerlo.
El huracán tiene una virtud: no organiza conferencia de prensa.
Once.
En Guerrero, el político que anuncia demasiado su honestidad empieza a parecérseme al restaurante que presume en la puerta: “Aquí sí lavamos los platos”.
Hay virtudes que deberían demostrarse precisamente evitando presumirlas. La honradez es una de ellas.
Doce.
El poder teme menos a quien lo insulta que a quien conserva la memoria.
Porque el insulto dura una tarde. El archivo, no.
Y quizá allí se encuentre la razón de ser de este pequeño Aforismario Tropikal.
Vivimos en una sociedad inundada de información y, paradójicamente, condenada al olvido acelerado. La declaración de hoy sepulta el escándalo de ayer; el nuevo candidato borra al funcionario anterior; el nuevo partido pretende absolver al viejo político y una fotografía recién subida a Facebook parece suficiente para obtener certificado de virginidad ideológica.
Pero están las hemerotecas. Los audios.Las fotografías. Los documentos. Y está la memoria.
Por eso se me atravesó un aforismo número trece.No estaba invitado.
Llegó solo, como suelen llegar los colados a las fiestas del poder:
En un país de memoria corta, hacer periodismo también consiste en impedir que los poderosos administren el olvido. Tal vez de eso se trate.
Después de tantos años detrás de una libreta, un periódico, una cámara o un micrófono, uno termina comprendiendo que el periodista no está obligado a tener siempre la última palabra.
A veces basta con conservar la primera. La que alguien pronunció cuando creyó que nadie la recordaría.
Así comienza este Aforismario Tropikal. Doce frases. Una advertencia. Y una libreta todavía con muchas páginas.
Porque en Guerrero la realidad tiene un defecto maravilloso para quienes vivimos del periodismo: nunca deja de escribirnos la siguiente columna.
