En el Café Brasileiro, que se encuentra en las laberínticas y estrechas calles de la Ciudad Vieja de Montevideo, el tiempo parece detenido.
Desde sus paredes, distinguidos clientes nos observan desde fotografías en blanco y negro(algunas en color) congelados en instantes de plata y gelatina.
El sitio ha recibido a personajes, todos ellos uruguayos reconocidos, como Mario Benedetti, Idea Vilariño, Juan Carlos Onetti y José Enrique Rodó. Pero tuvo a uno, Eduardo Galeano, el autor de Las venas abiertas de América Latina, como asiduo cliente por veinte años.
Montevideo es lindo. Una rica mezcla de estilos que muestran la historia e influencias culturales de un país que fue portugués varias veces, colonia brasileña, protectorado inglés y, finalmente, territorio colonial español.
Entre calles arboladas con edificios coloniales, la Ciudad Vieja con sus plazas evoca su pasado, el estilo colonial español, su neoclasicismo interpretado por arquitectos europeos que usaron columnas y simetría o el Art Nouveau y Art Deco.
Entre esas edificaciones, en una calle con profunda pendiente, tras unas puertas y ventanas de cristal antiguo enmarcadas en madera, se encuentra este rinconcito de historia en el que, paradójicamente, algunos uruguayos, los que siempre traen el mate en la mano y el termo con agua caliente bajo el brazo, vienen a tomar café.
Fundado en 1877, el Café Brasileiro ha sido testigo por cerca de 150 años mirando pasar el tiempo en la Ciudad Vieja. Y se convirtió en refugio de los intelectuales charrúas.
Entre mesas gastadas, sillas antiguas y fotografías, habita la nostalgia que se pierde entre conversaciones y recuerdos de sus visitantes. Pero también inspiración y refugio sorbiendo tazas y tazas de aromático.
“El último de los mohicanos de los cafés donde me formé. Yo no tuve educación formal. Seis años de primaria –cuenta el escritor uruguayo– y uno de liceo [secundaria]. Todo lo que sé lo aprendí en los cafés que ya no están, escuchando a los narradores anónimos, que me enseñaron a contar lo que ocurrió de tal manera que vuelva a ocurrir. Sólo el Brasileiro sobrevivió”. Sobrevivió gracias al recuerdo y la voluntad. “Quienes lo compraron durante la dictadura hicieron lo mismo que la dictadura: lo vaciaron y se llevaron todo, hasta las maderas del piso. Pero este café tiene la singularidad de que después fue reconstruido con las viejas fotos y los recuerdos de sus clientes de antes. Los recuerdos son nuestros”, dijo Galeano a una revista argentina.
Es el café más antiguo de la ciudad y el primero en ser declarado de interés cultural por la Intendencia Municipal de Montevideo.
Cuando Onetti comenzó a escribir El pozo lo único que tomaba era café, sin azúcar y cargado. El montevideano que siempre se sentaba en el mismo lugar recuerda así al Café Brasileiro.
“El último café de los mohicanos, el que sobrevivió al arma fatal del progreso, porque los demás quedaron arrasados, convertidos en porquerías de plástico”, dijo en una entrevista mientras entraba al añejo bar.
Miles de turistas llegan hasta aquí buscando reconstruir la fantasía del realismo narrado por sus escritores favoritos.
Y hallan en la carta del café una propuesta para satisfacer a los gustos más exigentes, dirigidos a los sentidos, a la memoria, a la inspiración y a los recuerdos.
Por: Misael Habana de los Santos
