Misael Habana de los Santos
Eran las nueve de la noche del viernes en el centro de Cuajinicuilapa.
La lluvia había dado tregua y el calor de la Costa Chica se mezclaba con el olor a cerveza fría y a tierra húmeda.
Diez jóvenes activistas de la diversidad sexual ocupaban una rueda de sillas en un depósito de cerveza. Hablaban de política interna, de relevos generacionales y del futuro de la organización que habían construido en uno de los municipios afromexicanos más importantes del país.
La conversación giraba en torno al cambio de dirigencia. Habían sido un día intenso. Reuniones en la Universidad de Estudios Afros de Cortijos, Oaxaca; encuentros en el kiosco municipal de Cuaji; debates públicos y privados sobre derechos humanos, inclusión y participación política.
Entre ellos estaba Sael Silva Cisneros. Abogado de profesión, egresado de la UNAM, investigador del Centro de Estudios Constitucionales y Saberes Jurídicos de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Sael representaba una nueva generación de profesionistas costeños que estando en la SCJN habían decidido regresar a su tierra para participar en la vida pública.
Nada hacía prever que aquella discusión terminaría convertida en escena del crimen.
Aproximadamente veinte personas se encontraban en el establecimiento cuando aparecieron dos hombres armados.
No hubo discusión.No hubo advertencia. Uno de los sicarios se acercó y disparó dos veces con una pistola calibre .380.
Los tiros fueron directos a la cabeza. La conversación se rompió en un segundo. Las sillas quedaron vacías.
Las cervezas a medio terminar. Los gritos sustituyeron al debate.
Los agresores huyeron mientras los presentes intentaban comprender lo ocurrido.
Sael cayó frente a sus compañeros.
Murió prácticamente en el lugar.
La noticia recorrió Cuajinicuilapa con la velocidad con la que corren los rumores en los pueblos pequeños. Primero los mensajes de WhatsApp. Después las llamadas telefónicas. Más tarde la confirmación que nadie quería escuchar.
Habían asesinado a uno de los jóvenes más visibles de la comunidad LGBT+ de la Costa Chica.
La muerte de Sael no sólo arrebató la vida de un profesionista prometedor. También golpeó a un movimiento social que durante años ha luchado contra la discriminación, los prejuicios y la violencia en una región donde el activismo sigue siendo un acto de valentía cotidiana.
En Cuajinicuilapa, tierra de raíces afromexicanas y de profundas tradiciones comunitarias, la ejecución dejó una pregunta suspendida en el aire: ¿Por qué matar a un joven cuyo principal instrumento era la palabra?
Mientras las autoridades inician las investigaciones y los colectivos exigen justicia, la imagen que permanece es la de aquella rueda de diez sillas en medio de la noche.
Un círculo de amigos que discutía el futuro. Un debate interrumpido por dos disparos.
Y un pueblo que despertó al día siguiente con una ausencia imposible de llenar. Porque en Cuajinicuilapa no sólo asesinaron a Sael Silva Cisneros. También intentaron silenciar una voz que había decidido no quedarse callada.
