Misael Habana de los Santos
Acapulco es una ciudad donde uno sale a comer y termina encontrándose con una historia. A veces con varias.
Hoy, por ejemplo, fui a un restaurante cualquiera —uno de esos donde la conversación empieza con saludos, bromas y recuerdos— y terminé escuchando una pequeña radiografía del Club de Golf de Acapulco, ese jardín privado que desde hace décadas flota en medio de una ciudad sedienta.
La conversación empezó casual.
Hasta que alguien dijo:
—Misael, ayúdanos a explicar lo que está pasando.
Yo ni siquiera sabía que algunos de los que estaban en la mesa eran socios del club.
Y lo primero que hice fue aclarar algo elemental, porque en este asunto hay que empezar con honestidad intelectual: yo estoy en contra del club de golf como modelo urbano en Acapulco.
No por ideología.Por lógica. Por agua.
En una ciudad que vive bajo estrés hídrico permanente, donde colonias enteras pasan días —a veces semanas— esperando que la tubería escupa una gota, mantener hectáreas de pasto verde, regado con disciplina británica, para que un puñado de jugadores practique su swing es, por decir lo menos, un lujo obsceno. Hasta ahí mi postura.
Pero también les dije algo: Si me van a dar información, la voy a contar tal cual.
Porque el periodismo no está para proteger nostalgias de club, sino para explicar cómo funciona el poder en esta ciudad.
Y entonces empezaron a caer los datos. El primero desmonta un mito.
El club no tiene miles de socios. Ni siquiera cientos.
De acuerdo con la información que me compartieron, hasta agosto o septiembre había alrededor de 120 socios activos, quienes pagaban una cuota mensual cercana a 4 mil pesos que les daba derecho a usar baños, regaderas, áreas comunes… y, por supuesto, el campo de golf.
Un pequeño mundo privado. Una forma de habitar el paisaje. Un pedazo del viejo Acapulco. Pero aquí viene el detalle interesante.
Las cuotas dejaron de cobrarse. Y, sin embargo, los negocios que operan dentro del club, como 15 locatarios, aproximadamente, tampoco pagan renta pero ahí siguen.
Ahí empieza otra historia. Dentro del club funcionan varios espacios comerciales: Un gimnasio. Un área donde se imparten clases de defensa personal a cargo de Pamela Álvarez. Una peluquería. Una escuela de tenis.
El restaurante Mázatl, propiedad del político de Movimiento Ciudadano Julián López, quien aspira a la alcaldía de Acapulco, aunque con la oposición del verdadero dueño de la franquicia naranja en Guerrero: el exgobernador Héctor Astudillo.
También está el restaurante calentano Hoyo 4, operado por la familia Celis, donde —hay que decirlo— se come muy bien gracias a la cocina de Lucero, una hermosa hija de Pungarabato que sabe lo que hace frente a los fogones. Todo funcionando. Todo abierto.
Pero, según la versión que me dieron, sin pagar renta por el uso de un espacio que en los hechos pertenece al dominio público. Incluso hay quienes dicen tienen convenios de arrendó hasta 2029 realizados durante la presidencia del político priista Efrén Leyva.
Y entonces aparece otro personaje en esta pequeña novela tropical.
Muchos recordarán a la mujer que hace algunos días apareció en las protestas del club quejándose de no poder entrar para llevar alimentos a los venados que “se morían de hambre” y que aún sobreviven dentro del campo de golf.
Rubia.Delgada. Elegante. Con ese aire que se resume en una palabra corta, sociológica y bastante precisa: fifí.
Se trata de Patricia de Lourdes Alcalá Remus, quien fue Miss Jalisco en 1975 y que terminó recalando en este puerto como tantos otros personajes del viejo jet set turístico. Su biografía tiene varias estaciones.
Fue subsecretaria de Turismo durante el gobierno de Rubén Figueroa Alcocer, cargo al que llegó —según cuentan— por recomendación de Enrique Molina Sobrino, el poderoso empresario yucateco dueño de Pepsi-Cola que tenía residencia en Las Brisas.
Molina terminaría años después perseguido por el gobierno de Vicente Fox, en medio de acusaciones por un presunto fraude multimillonario ligado a ingenios azucareros. Conflicto que fue conocido como la guerra de las Colas. El hombre terminó huyendo del país. Pero la historia sigue.
Cuando Félix Salgado Macedonio llegó a la presidencia municipal de Acapulco, presentó públicamente a Patricia Alcalá como directora de Relaciones Públicas del Ayuntamiento, encargada —según se dijo entonces— de ayudar a reposicionar “la joya que es Acapulco”.
De acuerdo a la nota del periódico El Sur del 23 de noviembre de 2005 firmada por la reportera Karina Contreras los nombramientos fueron : el contador público José Navarrete Magdaleno, hermano del ex diputado local priísta Fernando Navarrete; la ex Miss Jalisco, Patricia de Lourdes Alcalá Remus, y la doctora y catedrática de la Facultad de Turismo de la UAG, Teresa de Jesús Rivas.
Según la misma fuente Salgado Macedonio, ante la crítica de la izquierda, aclaró que “ninguno de ellos buscó un cargo, sino que fue a invitación personal” y justificó que “no todos (los que entregaron currículum) dan el perfil, tenemos que buscar hacia afuera quién tiene el perfil”. De las designaciones se dijo que fueron concesiones al Figueroismo y al conservadurismo local.
En alcalde electo, según la nota “llenó de elogios a José Navarrete Magdaleno y dijo que “fue nombrado por su solvencia moral, por su limpia trayectoria pública, reconocido entre la sociedad como un hombre honesto, de trabajo, y como un hombre bien calificado por todos, excelente y extraordinario al contador público”.
El día del nombramiento Patricia Andrade se definió a sí misma como “una vendedora del puerto”. Habla inglés. Habla francés. Es egresada de la Universidad Autónoma de Guadalajara. Un perfil exacto para una izquierda en un gobierno del PRD.
La vida, como suele ocurrir en Acapulco, terminó mezclando política, turismo y matrimonio.
Se casó con Víctor Andrade, director del Hotel Malibú y expresidente de la Asociación de Colonos de Las Brisas.
Desde entonces es conocida como Patricia Andrade. Y también, desde entonces, se le ha visto participar en las marchas rosas anti-AMLO, ese movimiento sentimental del viejo Acapulco conservador.
Y aquí es donde las historias del puerto empiezan a conectarse.
Porque, según me cuentan, durante años muchos de los vehículos de huéspedes del Hotel Malibú, ubicado frente al club de golf, se estacionaban dentro del campo, usando el espacio del club como si fuera extensión natural del hotel.
Una pequeña geografía del privilegio. Un circuito. Un ecosistema. Por eso la reacción contra la intervención del gobierno federal no es solo sentimental.
Tiene razones económicas. Tiene razones prácticas. Tiene historia.
Pero hay una pregunta que nadie puede esquivar. Si hoy el club tiene apenas unas decenas de usuarios activos, ¿tiene sentido seguir gastando la cantidad de agua que exige un campo de golf completo?
Porque esa es la verdadera discusión. No los venados. No la nostalgia. No el paisaje. La discusión es el agua.
Acapulco no vive en el siglo XVI, cuando las élites europeas paseaban entre bosques privados admirando la naturaleza mientras el resto de la población sobrevivía como podía.
Acapulco es hoy una ciudad con colonias sin agua, drenajes colapsados y un sistema hidráulico al límite.
Y en medio de esa crisis sigue extendida esa gran alfombra verde, perfectamente regada. Por eso este asunto no se va a resolver con consignas ni con sentimentalismo animalista.
Se va a resolver con documentos. Con contratos. Con números.
¿Quién paga qué?
¿Quién usa qué?
¿Quién gana qué?
Y, sobre todo: ¿quién paga realmente el agua que mantiene vivo ese paisaje?
La investigación apenas comienza. Por ahora, este es solo el primer apunte. Hay más historias que contar de esto que fue el centro social de los alemanistas acapulqueños.
Porque en Acapulco, ya lo sabemos, cada jardín tiene su historia.
Y algunos jardines… están llenos de fantasmas.
