Misael Habana de los Santos
El Toro quiere un espejo. No una candidatura. No una coordinación.
Ni siquiera una encuesta que valga. Un espejo.
Félix Salgado Macedonio vuelve a la carga y ahora pide a Morena una “encuesta espejo” en Guerrero. Él mismo aclara que sería una medición “sin validez”, pero quiere que se haga y, sobre todo, que se dé a conocer. Su argumento es que existe un movimiento detrás de él que merece reconocimiento.
Y aquí comienza el melodrama.
Porque Félix acepta que no va. Dice respetar la decisión de Morena de cerrarle el paso por la regla interna contra el nepotismo, derivada de que la gobernadora Evelyn Salgado Pineda es su hija. Pero, al mismo tiempo, sostiene que él estaría “muy arriba” en las preferencias.
Entonces quiere encuesta. Pero una encuesta curiosísima: una que no sirva para elegir, pero sí para ungir; que no produzca candidato, pero produzca ganador; que no tenga consecuencias jurídicas, pero sí efectos políticos.
Una encuesta para perder ganando.
O para ganar sin competir.
El propio Félix encontró una definición mucho más reveladora que cualquier tratado de ciencia política: sería, dijo, una “salida digna, hermosa, bonita”.
Ahí está todo. El problema ya no parece ser quién será coordinador —Morena ya designó a Beatriz Mojica Morga— sino cómo administrar políticamente el orgullo de quien quedó fuera del proceso.
Porque ser descartado por una regla partidista puede aceptarse.
Lo insoportable parece ser desaparecer de la fotografía.
El Toro necesita que el partido diga públicamente algo parecido a esto:
No puedes ir, Félix, pero mira qué bonito saliste.
Y para eso está el espejo. “Espejito, espejito, ¿quién es el más querido del reino?”
Y el espejo, convenientemente demoscópico, tendría que responder: Usted, señor.
Entonces sí. Puede quedarse Beatriz con la coordinación. Puede mantenerse la regla antinepotismo.
Puede seguir el proceso.
Pero que conste en actas sentimentales que el Toro era el más fuerte, el más popular, el que habría ganado si lo hubieran dejado correr.
Porque ése es el fondo político del asunto: Félix no está pidiendo participar en la carrera; está pidiendo que le reconozcan que habría llegado primero.
Una medalla para quien no corrió. Un trofeo para quien no jugó. Una corona honorífica para el rey que acepta no sentarse en el trono, siempre y cuando quede escrito que el reino todavía lo quería.
Y cuidado con considerar esto un asunto meramente sentimental. En política, los reconocimientos también construyen poder.
Una encuesta que oficialmente “no vale nada” puede valer muchísimo si coloca nuevamente a Félix en el centro de la conversación, conserva movilizada a su estructura y deja flotando una advertencia hacia 2027: Yo no fui porque no me dejaron, no porque no pudiera ganar.
Eso es bastante más que una salida digna. Es una reserva de poder.
Por eso el Toro vuelve a embestir, aunque esta vez no contra la barrera. Contra el espejo.
Y acaso espera que Morena se lo entregue limpio, reluciente y de cuerpo entero para poder mirarse y decir:
—No fui candidato.
Pero qué hermoso hubiera ganado.
