Misael Habana de los Santos
Vicente Fox entró a la sede nacional del PRI como si la historia mexicana hubiera perdido la memoria. Lo recibió Alejandro Moreno Cárdenas, Alito, acompañado por Manuel Añorve, Rubén Moreira y otros dirigentes del tricolor. Junto al expresidente llegaron Juan Carlos Romero Hicks, Rodolfo Elizondo y varios integrantes de una agrupación bautizada, con involuntaria ironía, como Alma de México.
¿Alma? Quién sabe. Lo que sí había en abundancia eran pasado, expedientes políticos y cuentas todavía sin saldar con la sociedad.
La fotografía parece una escena del viejo teatro del absurdo: el hombre que en el año 2000 prometió sacar al PRI de Los Pinos regresa, veintiséis años después, para pedirle auxilio. Fox derrotó al dinosaurio y ahora vuelve a abrazarlo porque ambos descubrieron que tienen un enemigo común: el obradorismo y la Cuarta Transformación.
No los une una visión renovada del país. Los reúne el resentimiento de haber perdido el poder.
Dicen que México necesita contrapesos, instituciones fuertes y una oposición capaz de sumar y construir. En eso tienen razón. Toda democracia necesita una oposición seria, inteligente y responsable. El problema comienza cuando quienes se presentan como guardianes de las instituciones cargan sobre los hombros los vicios que contribuyeron a desprestigiarlas.
Porque no basta pronunciar la palabra democracia frente a las cámaras. También hay que practicarla dentro de los partidos, rendir cuentas, explicar el origen del patrimonio, administrar con honestidad los recursos públicos y retirarse cuando la sociedad deja de confiar.
Alejandro Moreno pretende encabezar la regeneración opositora mientras enfrenta solicitudes de desafuero y acusaciones de la Fiscalía Anticorrupción de Campeche por presuntos delitos cometidos durante su gobierno. Él rechaza los señalamientos y denuncia una persecución política. Tendrán que ser las autoridades las que determinen responsabilidades. Pero política y éticamente resulta difícil construir una alternativa nacional bajo la sombra permanente de expedientes, mansiones, audios, disputas patrimoniales y sospechas.
Vicente Fox tampoco representa precisamente la renovación. Es el expresidente que convirtió la esperanza de la alternancia en una larga sobremesa. Sacó al PRI de Los Pinos, pero dejó intactas buena parte de sus estructuras. Prometió una transición democrática y terminó administrando el mismo régimen que juró desmontar. Ahora vuelve al edificio priista como el hijo pródigo del conservadurismo: sin pedir perdón, pero dispuesto a ocupar nuevamente un lugar en la mesa.
En la fotografía también aparece Manuel Añorve, representante guerrerense de esa oposición que exige cuentas a los demás mientras procura que nadie revise demasiado las propias. Político profesional de larguísima trayectoria, sobreviviente de derrotas, alianzas, cargos y administraciones, se presenta ahora como constructor de un futuro distinto. Pero el porvenir difícilmente puede edificarse con los mismos albañiles del pasado y los cascajos de siempre.
No es ilegítimo oponerse a Morena. Al contrario: el oficialismo necesita contrapesos, vigilancia y crítica. La Cuarta Transformación también debe responder por sus contradicciones, abusos, improvisaciones y personajes que cambiaron de camiseta sin cambiar de costumbres. Ningún gobierno merece un cheque en blanco.
Pero una oposición no se vuelve democrática solamente porque se declare enemiga de López Obrador. Tampoco adquiere autoridad moral por repetir “instituciones”, “libertades” y “México” en cada párrafo de un comunicado.
Para derrotar políticamente al obradorismo necesitarían algo más que odio contra López Obrador. Tendrían que explicar qué país proponen, qué privilegios están dispuestos a abandonar, cómo combatirían la desigualdad y por qué la ciudadanía debería confiar nuevamente en quienes ya gobernaron y dejaron pobreza, corrupción, impunidad y violencia.
El conservadurismo mexicano podría tener futuro el día que aparezcan otros perfiles: ciudadanos éticamente respetables, políticos responsables, administradores honestos, empresarios que no confundan la patria con una cuenta bancaria y dirigentes capaces de reconocer los errores de sus gobiernos.
Una derecha moderna podría defender sus ideas sin añorar el saqueo. Podría discutir impuestos, seguridad, inversión, libertades y límites al poder sin convertir la defensa de los privilegios en programa nacional. Podría ser un contrapeso verdadero y no una reunión de damnificados electorales.
Pero esos perfiles no aparecen en la fotografía.
Lo que vemos es al PRI y al viejo panismo intentando reciclarse mutuamente. Los antiguos adversarios se abrazan porque, frente a Morena, descubrieron que siempre pertenecieron al mismo vecindario ideológico. Cambiaban los colores, los discursos y los candidatos; permanecían el modelo económico, las complicidades y la costumbre de gobernar para unos cuantos.
Preguntan adónde quieren llevar al país. La respuesta está en la historia: al lugar del que la mayoría de los mexicanos quiso salir.
Con esos dirigentes no se construye una oposición; se organiza una cofradía de supervivientes. No se defienden las instituciones, sino los espacios perdidos. No se combate la corrupción, se administra la memoria para que nadie recuerde demasiado.
La alianza de los impresentables podrá conseguir fotografías, desplegados y algunos aplausos entre quienes extrañan el México de los privilegios. Lo que difícilmente conseguirá es autoridad moral.
Porque cuando el conservadurismo se queda sin ideas, convoca a sus fantasmas. Y cuando los fantasmas se reúnen para anunciar el futuro, lo único que realmente ofrecen es volver al pasado.

