Misael Habana de los Santos
Las manos hicieron maravillas. Las palabras, no tanto.
En la premiación de la cuarta edición de Manos Creadoras, la secretaria de Cultura de Guerrero, Aída Melina Martínez Rebolledo, tenía frente a sí una magnífica oportunidad para explicar por qué una artesanía puede convertirse en arte. Y, de paso, demostrar por qué está en esa dependencia.
Pero primero vino el protocolo.
“Mi muy querida y distinguida gobernadora”, dijo de Evelyn Salgado Pineda, como si su jefa le pidiera lisonjas. Aplausos, por favor. Después, Liz Adriana Salgado Pineda, hermana de la gobernadora y presidenta honoraria del DIF Guerrero: mujer impulsora de “una gran cruzada por el bienestar”.
Más cariño. Más aplausos.
Cuando finalmente llegó el momento de hablar de las obras, ocurrió algo curioso: para el poder hubo abundancia de adjetivos; para el arte, escasez de palabras.
“Esa pieza tan bonita”.
“Un arte tan hermoso”.
“Tenemos una máscara de jaguar”.
“Tenemos baúles”.
Y luego las cajitas de Olinalá: rayado, vaciado, dorado.
Parecía inventario.
Y ése es el problema. No se trata de negar la belleza de las piezas, sino precisamente de explicarla.
¿Qué hizo extraordinaria a la máscara de jaguar? ¿La talla, la policromía, la expresión? ¿Qué encontró el jurado en un tejido, una pieza de palma o una caja de Olinalá para distinguirlos entre los participantes?
La paradoja es deliciosa: la propia convocatoria del concurso utiliza un lenguaje más preciso que el discurso de la secretaria. Establece criterios de calidad, técnica, diseño, proceso de elaboración, ejecución y limpieza.
Es decir, hasta la convocatoria explicaba mejor por qué se premiaba.
Faltó que la secretaria nos lo contara.
Hubo incluso una frase de Martínez Rebolledo que pudo salvarlo todo: detrás de cada artesanía, dijo, existe una madre que enseñó, un abuelo que heredó la técnica y jóvenes que continúan preservándola.
Ahí estaba Guerrero.
Porque esas manos saben cosas que ninguna oficina gubernamental inventó: cómo tensar un hilo, trabajar la madera, domesticar la palma, conversar con el barro y convertir una jícara en memoria.
Al final apareció la frase de la gobernadora: “Lo hecho en Guerrero está bien hecho”.
De acuerdo.
Pero si está bien hecho, una Secretaría de Cultura debería poder explicarnos por qué.
Porque no basta mirar una máscara y decir que está bonita, ni descubrir que una caja de Olinalá es hermosa. Para eso basta una mirada superficial. La función de Cultura tendría que comenzar precisamente donde termina el adjetivo: explicar la técnica, reconocer la tradición, nombrar la belleza y contar la historia que las manos dejaron escrita en cada pieza.
Aquella tarde hablaron la madera, el barro, la palma, el telar y Olinalá.
Hablaron también las manos de las madres, los abuelos y los jóvenes que heredaron oficios mucho antes de que existieran secretarías, concursos, podios y discursos.
Y quizá ahí estuvo la verdadera paradoja de Manos Creadoras:
las manos de los artesanos demostraron que sabían perfectamente lo que estaban haciendo.
La Secretaría de Cultura no supo explicarnos lo que estaba viendo.
