La guerra que algunos quieren venderle a México

Por Misael Habana de los Santos

Cuando Andrés Manuel López Obrador publicó su carta Por el bien de todos, que regrese el otro Trump, muchos se quedaron con la anécdota.

Otros se concentraron en la parte electoral, en las referencias a Morena o en las advertencias sobre la relación bilateral.

Pero quizá el párrafo más importante fue otro.

Aquel donde el expresidente sugirió que Donald Trump podría encontrarse bajo la influencia de “halcones”, personajes que alimentan una visión agresiva hacia México desde las entrañas mismas de la Casa Blanca.

La observación no es menor.
Porque detrás de cada declaración altisonante, de cada amenaza de intervención militar, de cada intento por equiparar a los cárteles mexicanos con organizaciones terroristas internacionales, existen nombres, cargos, ideologías y proyectos políticos muy concretos.

Los halcones existen. Y tienen despacho en Washington.

Dos nombres aparecen constantemente en los análisis de la prensa estadounidense: Stephen Miller y Sebastian Gorka.

Miller es quizá el más conocido.

Fue el arquitecto de las políticas antimigrantes más agresivas durante el primer mandato de Trump.

Es el hombre que convirtió el muro fronterizo en una especie de símbolo religioso para el movimiento MAGA.

Su obsesión histórica ha sido México.La migración mexicana.La frontera mexicana.La identidad mexicana.

La relación económica con México.

Para Miller, buena parte de los problemas de Estados Unidos llegan desde el sur.

Por eso no sorprende que hoy ocupe posiciones estratégicas en materia de seguridad nacional.

Más interesante resulta el caso de Sebastian Gorka.

Porque Gorka ha sido uno de los principales impulsores de una idea que podría redefinir la relación entre ambos países durante los próximos años: el concepto de “narcoterrorismo”.

La palabra parece inocente.
No lo es.

Porque cuando una organización criminal deja de ser considerada simplemente una banda delincuencial y pasa a ser catalogada como una organización terrorista, cambian las reglas del juego.
Y cambian de manera radical.

Estados Unidos se reserva entonces facultades que históricamente ha utilizado para intervenir militarmente en distintos puntos del planeta.

Afganistán.Irak.Siria.Libia. La lista es larga. Y ninguna terminó bien.

La tesis de Gorka es simple.

Según él, si existen regiones de México donde grupos criminales tienen capacidad de fuego superior a algunas corporaciones gubernamentales, entonces el Estado mexicano no ejerce plenamente el monopolio de la fuerza.

Y si no ejerce plenamente el monopolio de la fuerza, la soberanía nacional se vuelve relativa.

Parece una discusión académica. No lo es.

Es una construcción ideológica diseñada para justificar futuras acciones de presión política, económica o incluso militar.

Por eso resulta significativo que la presidenta Claudia Sheinbaum haya respondido casi en la misma dirección que López Obrador.

No necesariamente defendiendo la existencia de los halcones.

Pero sí reivindicando algo fundamental: la soberanía mexicana.

Porque el debate ya no gira solamente alrededor del combate al narcotráfico.

Tampoco se limita a la migración.

La discusión de fondo es otra.

¿Quién decide lo que ocurre dentro del territorio mexicano?

¿México o Washington?

La pregunta parece exagerada.

Hasta que uno observa los hechos recientes. Las acusaciones judiciales contra funcionarios mexicanos.La presión diplomática constante. La clasificación de grupos criminales como organizaciones terroristas. Los llamados a operaciones conjuntas.
Las declaraciones de congresistas estadounidenses que hablan de intervenir en territorio mexicano como si se tratara de una provincia rebelde.

Y entonces la pregunta deja de parecer exagerada. Porque empieza a parecer urgente.

Lo paradójico es que los halcones encuentran terreno fértil precisamente en las debilidades reales del Estado mexicano. La corrupción.La impunidad.Los gobiernos locales infiltrados.Las policías rebasadas.Las regiones donde el crimen organizado ejerce más autoridad que los ayuntamientos.
Ese es el combustible de su narrativa. Y sería un error negar esa realidad.
Pero también sería un error permitir que esas debilidades se conviertan en pretexto para una nueva versión de la Doctrina Monroe.

Aquella vieja idea según la cual América Latina sigue siendo el patio trasero de Washington.

La historia enseña que los halcones rara vez vuelan solos.

Siempre necesitan una crisis.
Un enemigo.Una amenaza.
Una guerra.

Y cuando no la encuentran, suelen fabricarla.

Por eso vale la pena leer con atención la carta de López Obrador.No por nostalgia. No por simpatía política.

Sino porque coloca sobre la mesa una discusión que probablemente marcará la relación entre México y Estados Unidos durante los próximos años.

La pregunta no es si existen halcones alrededor de Trump.
La evidencia indica que sí.
La verdadera pregunta es si México tendrá la fortaleza institucional suficiente para impedir que esos halcones terminen dictando el rumbo de nuestra política nacional.

Porque cuando los halcones sobrevuelan demasiado tiempo una región, generalmente no están buscando diálogo.
Están buscando presa.

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