Misael Habana de los Santos

Las primeras lluvias siempre llegan acompañadas de recuerdos.

A veces basta el olor de la tierra mojada para que regresen los fantasmas de la infancia.

Yo nací en Santa María Huazolotitlán, en la Costa Chica de Oaxaca, un pueblo donde durante siglos la lluvia no fue solamente un fenómeno meteorológico. Fue una cuestión de vida o muerte.

Mucho antes de que existieran los pronósticos satelitales, las aplicaciones del clima o las alertas meteorológicas, los campesinos de mi pueblo ya tenían sus propios mecanismos para dialogar con el cielo.

Cada mayo, los tatamandones, mayordomos, rezadores, músicos de flauta y tambor, sacristanes y peregrinos emprendían una larga caminata hacia Cerro Grande para pedir agua para las siembras.

No era una excursión.

Era una ceremonia.

Una negociación espiritual entre la comunidad y las fuerzas de la naturaleza.

La Virgen de la Asunción salía de la parroquia cargada sobre los hombros de los fieles. Sonaban las campanas, estallaban los cohetes y la procesión comenzaba a serpentear por los caminos de tierra rumbo a los cerros sagrados, cantando los viejos ora pro nobis.

En cada comunidad se sumaban más personas. De Los Caleros. De Cerro Blanco. De Poza Verde, hoy José María Morelos. De La Cobranza.

Pueblos enteros que se incorporaban a la caminata llevando agua, comida, velas, copal, rezos y esperanza.

La flauta y el tambor marcaban el paso. Los rezadores invocaban a Dios, a los santos y a las fuerzas que gobiernan las lluvias.

Los ancianos repetían palabras heredadas de otras generaciones. Una mezcla de mixteco y latín desgastado por siglos de uso.

Y todos caminaban.

Horas.

Días.

Bajo el sol de mayo.

Porque en aquellos tiempos el destino de una comunidad dependía de algo tan simple y tan complejo como la llegada de las lluvias.

Yo viví parte de esa historia.

La vi con mis propios ojos.

La caminé con mis propios pies.

La sufrí y la disfruté cuando todavía era un niño chirundo corriendo entre las piernas de los adultos.

Recuerdo los hilos de agua de los manantiales cristalinos escurriéndose entre las piedras calientes antes de llegar al arroyo, mucho menos al río.

Recuerdo los rezos.

Recuerdo el Camino Real, labrado por los cascos de las bestias de carga y los pies reventados de los viejos que cargaban sobre la espalda monumentales tercios de leña.

Recuerdo las enormes cruces clavadas junto al sendero, siempre adornadas con flores o papel de colores, siempre con el pie cubierto de cera endurecida por el sol.

Y recuerdo algo que hoy probablemente incomodaría a más de uno.

Pero la memoria no está obligada a ser políticamente correcta.

Está obligada a ser honesta.

Cuando las lluvias no llegaban.

Cuando junio avanzaba y las nubes seguían ausentes.

Cuando las milpas comenzaban a ponerse amarillas.

Cuando el maíz se torcía por la sed y el hambre amenazaba desde el horizonte.

Entonces se recurría a una ceremonia especial.

Nos llevaban a los niños.

A los chirundos.

Nuestros padres nos conducían hasta las cruces de los caminos para acompañar la ruidosa procesión.

Nos abrazábamos al madero.

Y entonces comenzaba el ritual.

Las mujeres vaciaban sobre nosotros cántaros de agua traída de los manantiales.

Agua fría.

Agua limpia.

Agua nacida en las entrañas de la montaña.

Y mientras el agua corría sobre nuestros cuerpos, alguien tomaba un bejuco de tamarindo.

Entonces venían los azotes.

No eran castigos.

Eran parte de la ceremonia.

Los niños llorábamos por el dolor afilado de la vara.

Gritábamos.

Nos retorcíamos.

Los ayes infantiles se mezclaban con las oraciones de los mayores.

Y aquellos llantos tenían un significado profundo.

Las lágrimas de los niños representaban la lluvia que no caía.

El agua derramada sobre nuestros cuerpos simbolizaba el agua que debía caer sobre las parcelas.

La inocencia se convertía en plegaria.

El sufrimiento infantil se transformaba en lenguaje para hablar con el cielo.

Hoy puede parecer extraño.

Incluso brutal.

Pero sería un error juzgar aquellas prácticas fuera de su contexto.

Mis abuelos sabían algo que las generaciones urbanas han olvidado.

Sabían que una sequía podía destruir una cosecha.

Que una cosecha perdida podía significar hambre.

Que el hambre podía poner en riesgo a familias enteras.

Por eso caminaban.

Por eso rezaban.

Por eso subían a Cerro Grande.

Por eso hacían llorar a los niños.

No por crueldad.

Sino porque creían que la inocencia tenía la fuerza necesaria para conmover a Dios.

Y algunas veces, o eso creían nuestros abuelos, las nubes terminaban escuchándolos.

Años después llegaron las carreteras.

Llegó la televisión.

Llegó el internet.

Llegaron los teléfonos inteligentes.

Y ahora llegan también las predicciones meteorológicas hechas por satélites que orbitan a cientos de kilómetros sobre nuestras cabezas.

Sin embargo, cada vez que escucho hablar de sequías.

Cada vez que veo una milpa sedienta.

Cada vez que observo el cielo esperando la primera tormenta de la temporada.

Regreso a Huazolotitlán.

Regreso a Cerro Grande.

Regreso a los caminos secos y polvosos de mayo.

Y vuelvo a ver a aquellos niños abrazados a una cruz mientras el agua de los manantiales corría por sus cuerpos y sus lágrimas intentaban convencer a las nubes de regresar.

Porque antes de que existieran los radares meteorológicos, en la Costa Chica había niños que hacían llover.

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