Por: Misael Habana de los Santos
Hace un año, en este mes y a esta misma hora, la vida cotidiana de los acapulqueños transcurría sin sobresaltos, más allá de los recurrentes hechos violentos que ya llevaban el sello de la ciudad: balaceras, muertos, cuerpos desmembrados que nos habían hecho perder nuestra capacidad de asombro.
A esa hora, el errático huracán Otis solo tenía presencia en redes sociales y medios de comunicación que pedían a los ciudadanos tomar precauciones ante el fenómeno. En el imaginario de los porteños, pese al barullo mediático, este huracán era solo uno más de los tantos que habían traído la bendición de la lluvia, un clima agradable y un pretexto para no ir a trabajar, quedarnos en casa, desempolvar las chamarras y cobertores, tomar chocolate caliente y ver maratones de series y películas en la televisión.
Hasta ese momento, solo conocíamos la violencia perversa de la delincuencia en una zona, de por sí, sin gobierno. Los hechos cotidianos nos habían hecho perder la capacidad de sorprendernos.
El día 25, a esta misma hora, la habíamos recuperado. La violencia de Otis, su capacidad destructiva, su anarquía, su caos, su silencio y todo un conjunto de desventuras entregado de golpe, nos tenía con las manos en la cabeza, buscando explicaciones para el apocalipsis que todos temíamos pero que ahora era real.
Después de todo, Otis nos hizo un favor. A la mayoría de los acapulqueños nos devolvió la capacidad de reflexionar sobre lo que hemos hecho con nuestra casa: nuestra ciudad. Los pocos que no entendieron el mensaje salieron a la calle a continuar con la destrucción.
Los alcaldes de Acapulco y los huracanes.
Aparte de la violencia diaria, es importante que las noticias nos recuerden que lo que estamos viviendo no es solo una cuestión del momento, sino que está vinculado a hechos del pasado.
El expresidente municipal de Acapulco, Alberto López Rosas, fue abordado por la prensa, que lo cuestionó sobre su supuesta participación en el “negocio del siglo”, donde los alcaldes otorgaron permisos para construir en humedales que bordean la laguna de Tres Palos y la zona de Acapulco Diamante. Y siempre lo seguirán cuestionando.
López Rosas dijo dos cosas importantes. Primero, se deslindó: afirmó que él no autorizó el cambio de uso de suelo en las zonas que se inundan. A la distancia, considera que fue una gran irresponsabilidad de quien lo haya hecho, porque formaron parte de un fraude bien orquestado.
Hicieron un fraude contra la gente que compró de buena fe un lugar para vivir con su familia, un lugar para invertir su dinero. También habló de un fraude de las grandes empresas inmobiliarias en complicidad con las autoridades.
López Rosas señaló: “Yo no lo hice, lo hizo Manuel Añorve Baños cuando estaba en la presidencia municipal”. Pero además, proporcionó información adicional, señalando que las autorizaciones para la construcción fueron otorgadas también por los gobiernos posteriores: Zeferino Torreblanca Galindo y Félix Salgado Macedonio, y todos los que siguieron, incluyendo a Manuel Añorve.
Así que todos son cómplices, todos contribuyeron a este gran fraude que hoy sufren los acapulqueños, especialmente aquellos de fuera que compraron propiedades. Hoy las casas están en remate porque nadie las quiere. Nadie quiere estar cambiando colchones cada año, pintando y haciendo reparaciones. Eso es un fraude contra los ciudadanos, y se debería investigar y proceder. No sé si se pueda revertir, algún abogado lo dirá, pero habría que actuar contra este fraude de las inmobiliarias y las autoridades municipales de ese tiempo.
López Rosas señala claramente a quienes autorizaron los permisos para construir en esos lugares. Este testimonio muestra el origen de la situación que sufren miles de acapulqueños debido al proceder de sus autoridades. ¿Y quién paga los costos? La ciudadanía.
Otra historia de alcaldes.
Después de gobernar durante tres años en Taxco, un alcalde caminaba junto a gobernadores de Morena y presidentes municipales, como si fueran iguales. Asistió a tianguis turísticos y a la FITUR en España, representando a Taxco, Guerrero y a México. Ahora, según las mismas autoridades, es un delincuente y anda prófugo. Tiene dos hijos detenidos, acusados de delincuencia. ¿Se imaginan en manos de quiénes estamos? ¿Qué autoridades tenemos?
Lo malo es que lo sabemos después, no en el momento. ¿Cuántos de los actuales no estarán involucrados en actividades delictivas o serán iguales? Es decir, según estos hechos, es la delincuencia la que nos está gobernando. Nos quejamos del presente, pero es el pasado el que nos muestra cómo están las cosas. Todos los partidos políticos, de izquierda, derecha o centro, han sido cómplices.
Y para empeorar las cosas, en Chilpancingo, un trabajador de una diputada, con la prepotencia que caracteriza a muchos de estos funcionarios, actuó de manera autoritaria. Muchos de los diputados que llegaron por Morena no tienen convicciones; llegaron porque son amigos de quienes mandan. Son personas que no participaron en la lucha social, aunque se autodenominan de izquierda. Ahora están rodeados de secretarios y auxiliares que son golpeadores y actúan con prepotencia contra los ciudadanos.
No basta con la disculpa de la diputada; se tiene que ir más allá. Recuerden: no mentir, no robar, no traicionar.
