Por: Misael Habana de los Santos
He intentado escribir algo desde la mañana sobre lo que ocurrió hace un año en Acapulco con el huracán Otis, y la verdad es que no he podido. Quise publicar algo en mi columna, un espacio que dijera solamente “En silencio”, pero no lo logré. No sé por qué, pero no he podido superar el hablar testimonialmente de lo que sucedió esa noche y esa madrugada de hace un año, cuando amaneció el día de hoy.
En medio de todo lo que había pasado, llegó un momento en que me dije: “¿Qué hay que hacer? No puedes estar llorando, no puedes estar lamentándote sin hacer nada; algo hay que hacer”.
Empecé por ordenar las cosas, recogiendo los vidrios y los pedazos en mi casa, limpiando de alguna forma los caminos para poder recorrerlos sin sufrir algún accidente. Así comenzó la penosa y dolorosa tarea de reconstruir cada parte de mi casa, una labor que aún no ha terminado. Luego, ya pasó un año, viene John, y otra vez a continuar con lo mismo.
Así resumiría eso, pero no quisiera hablar de esos testimonios que seguramente están siendo publicados por todos lados; incluso hay libros que se han escrito sobre el tema, algunos muy malos, por cierto. Pero bueno, en ese sentido, preferiría hablar de qué hemos hecho, o qué se ha hecho, para reconstruir Acapulco y crear una ciudad diferente.
Otis viene nuevamente a recordarnos que urge un cambio en la ciudad en la que vivimos. Debemos regresar a prácticas sustentables que convivan con el turismo. No podemos seguir con la ruta destructiva de construcciones anárquicas sobre corrientes, ríos, humedales y todo lo que se arroja a la cuenca. Es necesario porque los huracanes no dejarán de llegar cada año. Seguirán viniendo. Esperamos que nos den un respiro de dos, tres o cuatro años, y después que vuelvan si quieren, pero necesitamos ese respiro ahora. Sin embargo, debemos acostumbrarnos a convivir con ellos, y la forma en que lo hagamos debe ser inteligente, con respuestas desde el Estado, la ciudad, el gobierno y los ciudadanos. Estos fenómenos naturales requieren respuestas inteligentes para enfrentar la fuerza, la violencia y la destrucción que implican.
Por ejemplo, en Estados Unidos, tras el huracán Katrina, en Nueva Orleans se reconstruyeron los diques y prácticamente se remodeló la vida de la ciudad. En Puerto Rico también se tomaron acciones drásticas después de los daños en la infraestructura eléctrica; se consideraron opciones como la energía eólica y solar como soluciones para el futuro. Me pregunto, ¿qué hemos hecho en Acapulco para enfrentar los huracanes que vendrán, o el mismo Otis que nos dejó expuestos y volvió a desnudar al gobierno, que en realidad no ha hecho nada por cambiar esta ciudad?
Recuerdo que, poco tiempo después de Otis, le pregunté al presidente Andrés Manuel López Obrador sobre la necesidad de hacer de Acapulco una ciudad más humana, más sustentable y con una mejor calidad de vida, excluyendo la violencia y la delincuencia anárquica que vivimos. Él respondió que sí, que se haría, pero mi pregunta es: ¿cuándo se ha hecho? ¿Dónde se ha hecho? ¿Dónde hemos participado los acapulqueños para construir un nuevo hábitat, una nueva ciudad?
El tema es que los huracanes seguirán viniendo en su temporada, que es octubre y noviembre, y lo que tenemos que hacer es crear un modo de vida adecuado para responder a los retos que eso implica. Si no lo hacemos, continuaremos negándonos.
Ahora estoy en Puerto Escondido, Oaxaca, en la playa La Punta. Me doy cuenta de que Puerto Escondido tiene más turismo ahora que Acapulco, está lleno, porque es un destino más sustentable. Aquí no se ha cometido el error de construir en humedales o invadir terrenos sólo por la voracidad de los comerciantes inmobiliarios y los beneficiados del turismo. Tenemos que repensar esta cuestión para Acapulco; no es posible que en esta ciudad tengamos al 80 o 90% de la población viviendo en pobreza, mientras que un pequeño porcentaje de ricos se beneficia del turismo. Son los mismos de siempre, los que se llevan el dinero, y las empresas de fuera también, mientras los acapulqueños viven en miseria, sin alternativas, sin parques, cine, teatro ni cultura.
Si no enfrentamos a los intereses de los poderosos, nunca tendremos la oportunidad de cambiar. Esa sería mi reflexión tras el huracán Otis. Para poder seguir viviendo, necesitamos una ciudad más fraterna, como lo que Acapulco es en su esencia: un lugar hermoso que nunca cambiaría ni dejaría. Nos gusta, por eso estamos ahí, miles de personas que no somos de ahí, pero que estamos porque nos gusta y porque nos gustaría cambiar el modo de vida a uno más humano.
Aunque los huracanes pueden tener efectos devastadores sobre las sociedades, la respuesta y la adaptación de las comunidades afectadas varían según su capacidad económica, los niveles de preparación y el apoyo recibido.
Las experiencias de desastres anteriores muestran que la clave para mitigar los efectos de futuros huracanes está en la mejora de la infraestructura, la planificación a largo plazo y el fortalecimiento de la resiliencia comunitaria.
La cooperación internacional también juega un papel importante, pero es vital que las soluciones se adapten a las necesidades locales y fomenten la autosuficiencia.
Creo que los dueños de Acapulco , la oligarquía cevichera, jamás permitirá el desarrollo comunitario aquí porque atenta en contra de sus intereses económicos y políticos.
