UNO

En Montevideo, y sobre todo en la periferia de la capital de la República Oriental del Uruguay, pocos podrán darte razón de quién es o dónde vive José Alberto Mujica Cordano.

Pero si preguntas por Pepe Mujica, todos tienen diversas respuestas con un eje común: el cariño y el afecto hacia este expresidente, ex preso político encarcelado por más de 10 años en las mazmorras de la dictadura militar, exsenador, exejecutivo federal y conocido en el orbe como “el presidente más pobre del mundo”.

—¿El Pepe? —me regresa la pregunta uno de los dos hombres humildes que se encuentran a la sombra de un frondoso árbol, a la orilla de la estrecha carretera que conecta Rincón del Cerro con la autopista llena de radares que controlan la velocidad de los conductores que vienen o van a Montevideo.

—Sí, Pepe Mujica —reitero.

—El Pepe vive allá. Regresá por donde viniste y pará donde está una antena parabólica oxidada. Ahí tomá la ruta hacia la izquierda.

A ambos lados de la estrecha vía pavimentada se ven parcelas de tierra cubiertas de pasto o con cultivos diversos que aquí, en el oriente, llaman chacras. La gran mayoría tienen villas de campo habitadas por pequeños y grandes agroproductores. Sus casas, vehículos y animales —vacas, borregos— reflejan su éxito económico.

Al girar el volante hacia la izquierda, antes de encontrar la semioculta brecha recta de terracería, vi el punto de referencia señalado por el hombre: una casa amarilla y la gran antena parabólica oxidada, olvidada entre la maleza pero aún apuntando al cielo, como una escultura involuntaria que recuerda a los instrumentos de transmisión de la era primitiva de las tecnologías de la comunicación.

Ah, pero eso sí, un punto referencial preciso para ubicar al hombre más importante de Uruguay, quien se ha convertido en un gurú, una especie de guía moral y, para algunos, algo parecido a un santo de la izquierda latinoamericana, que durante años no había tenido un nuevo faro que iluminara su camino.

Al entrar por la brecha, encontré paso a paso las referencias dadas por el informante, apareciendo como involuntarios señuelos a lo largo de no más de un kilómetro en línea recta.

El verde valle iluminó mi sonrisa y la de Alma, mi compañera y madre de mis hijas, cómplice de esta aventura. Mi ser se llenó de una felicidad largamente esperada y planeada por meses, incluso años.

Frente a nosotros estaba la chacra de Pepe Mujica. Desde la entrada, a unos veinte metros de distancia, apenas se podía ver la pequeña casa de los líderes del Movimiento de Participación Popular, quienes, con su liderazgo y ejemplo moral, hegemonizan el Frente Amplio. Este movimiento volvió el domingo ante pasado a la presidencia de Uruguay con el centroizquierdista Yamandú Orsi a la cabeza.

Así cerraba la primera etapa de esta peregrinación iniciada en Acapulco hacia Rincón del Cerro, sin cita ni invitación, a la casa del matrimonio Mujica-Topolansky, los dos exguerrilleros miembros del Movimiento Nacional de Liberación-Tupamaros.
Este grupo fue inmortalizado por el cineasta griego Costa-Gavras en la película franco-italiana Estado de Sitio (1972), con música de Mikis Theodorakis, del grupo peruano Los Calchakis, y la destacada actuación de Yves Montand.

DOS

Rincón del Cerro es una planicie poblada de cultivos a unos 30 minutos de Montevideo. Lleva ese nombre porque está ubicada a los pies del único montículo visible en esta nación construida sobre un extenso llano bordeado por un río que parece un mar dulce. Llanuras onduladas y colinas bajas conforman la patria de Artigas.

El barrio es un conjunto de chacras, como llaman los gauchos a lo que en México sería una pequeña granja. Allí también se encuentra la residencia del expresidente uruguayo, “El Pepe”, el vecino y floricultor de esta zona, donde ha vivido desde su infancia junto con su esposa, Lucía Topolansky, compañera de lucha y exvicepresidenta de la República.

El culto a Pepe Mujica, iniciado en Uruguay y extendido por las Américas y el mundo, se explica por su ejemplo y la congruencia entre su palabra y sus hechos como luchador social, político y ser humano.

Durante su gobierno, logró la despenalización del aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo y la audaz legalización del mercado de la marihuana bajo regulación estatal, una política única en el mundo. Mujica justificó esta medida como una herramienta útil para combatir la violencia del narcotráfico. La legislación permite adquirir marihuana mediante autocultivo, clubes cannábicos o en farmacias, todo bajo estricta supervisión del Estado y restringido a residentes en el país.

En los días de venta de marihuana, es común ver largas filas de hombres y mujeres en las aceras que terminan en las puertas de las farmacias autorizadas.

En los años sesenta, Mujica formó el grupo guerrillero Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, cuya acción militar urbana lo llevó a la cárcel. Estuvo prisionero entre 1972 y 1985, durante la dictadura cívico-militar uruguaya, acusado, junto con su esposa y otros ocho miembros, de delitos como secuestro, robo, homicidio y falsificación de documentos. Mujica estuvo encarcelado sin juicio ni cargos formales; su detención fue, en la práctica, un secuestro militar.

Después de ser presidente, sin dejar del todo la política, se “retiró” a su chacra, que recibe todo el año a visitantes ilustres o ciudadanos anónimos, como Lula da Silva, Emir Kusturica o una pareja de ciclistas mexicanos que dejaron su mensaje en el muro de los visitantes.

En abril de este año, Mujica anunció que fue diagnosticado con un tumor en el esófago, lo que ha limitado sus actividades, aunque no su apoyo a Yamandú Orsi, quien ganó la presidencia y devolvió al Frente Amplio el liderazgo de Uruguay.

TRES

Desde hace algunos meses, dos guardias federales ayudan a los habitantes de la finca. Al llegar, nos identificamos:
—Venimos de México a saludar a Pepe Mujica.

El guardia explicó la situación: Pepe, por su enfermedad y tratamiento, había reducido las visitas. Un día antes había recibido quimioterapia y se encontraba devastado.

Nos enviaron al frente de su chacra, donde se encuentra un gran galpón donado por Mujica que alberga una escuela agropecuaria. Un adolescente nos guió por la escuela, mostrándonos los cultivos y productos. Incluso visitamos los salones de clases y hablamos con la coordinadora.

En el centro del galpón, un viejo gallo giro llamó nuestra atención. Los estudiantes lo bautizaron como “Pepe” en honor del líder y su mecenas.

EPÍLOGO

En el centro del galpón hay paneles blancos donde los visitantes de todo el mundo dejan mensajes para “El Pepe”. Un espacio babélico reúne garabatos y signos que encriptan mensajes con deseos, afectos de amor a la pareja que vive enfrente. Allí escribí:
“Cada quien tiene sus santos. Yo tengo el mío. Se llama Pepe Mujica. Vine desde Acapulco a visitarlo”.

No tuve la suerte de abrazar a este referente de congruencia de la izquierda latinoamericana, pero, como me contó alguien que tuvo ese privilegio, hay quienes acampan semanas fuera de su chacra hasta conseguir una foto, un saludo y un infaltable abrazo.

Pepe Mujica, para mí como un santo ateo formado en el materialismo histórico, con tantos seguidores podría fundar la iglesia del amor al prójimo con millones de feligreses.

Sin frustración alguna, felices de haber llegado cerca del fin del mundo, sin poder abrazar al Pepe, nos despedimos de todos, del lugar y en silencio regresamos a Montevideo. Yo pensando que no siempre en una peregrinación de fe se te aparecen los santos.

Por: Misael Habana de los Santos

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