Por Misael Habana de los Santos

He estado recapacitando lo que voy a decir hoy más que nunca —sí, porque a veces uno también piensa— sobre el tema que hoy quiero compartir con ustedes. Forma parte de un contexto cada vez más tenso: ese forcejeo, ya casi guerra declarada, entre la clase política y los periodistas. Aunque, para ser justos, no todos los que se llaman periodistas están en el mismo costal. Hay que separar con bisturí fino entre los profesionales del oficio —los que sudan tinta y huelen a rotativa— y aquellos que usan el periodismo como disfraz, como negocio, o como escudo para otros intereses.

Y ojo: que los profesionales también hacen negocio, sí, porque los medios son empresas, y como tales buscan sostenerse. Pero hay una diferencia: en el verdadero periodismo, ya sea comercial o comunitario, hay algo que no se negocia —o no debería—: la ética. Ese principio que nos obliga, por lo menos, a intentar decir la verdad, o la parte de la verdad que uno ha logrado rasguñar en medio del lodazal. Porque la verdad absoluta no existe; existen las versiones, las verdades parciales, las verdades que uno se gana con el trabajo.

Y sí, como ya lo hemos dicho muchas veces: los medios son empresas. Tienen intereses, responden a grupos, a agendas. Buscan poder, influencia, dinero. Pero eso no quita que, en su mejor versión, sirvan a la sociedad.

Hoy me entero —y no con sorpresa, sino con coraje— de que el periódico digital El Tlacolol, con sede en Chilpancingo, está siendo perseguido legalmente por el Instituto Nacional Electoral (INE). Les han iniciado un proceso especial sancionador por presunta inducción al voto y violencia política de género. Así, con toda la burocracia encima.

El Tlacolol es un medio joven, incómodo, bravo. No es perfecto, pero es honesto. Y eso ya es mucho decir en tiempos donde la línea editorial se traza con facturas o amenazas. Son cinco o seis jóvenes —y algunos viejos sabios— que desde la capital de Guerrero han decidido hacer periodismo con garras, con entrañas, con olfato. No le cantan loas a nadie. Y por eso molestan.

Su columna principal, también llamada El Tlacolol, está bien informada. Dicen lo que muchos callan. Denuncian a los corruptos —sean del color que sean— y no piden permiso. Por eso, tarde o temprano, iban a pagar la osadía de ejercer la libertad de expresión en un estado donde criticar puede costarte el trabajo, la paz o la vida.

¿Quién los denunció? No lo sabemos. La ley protege al acusador y amordaza al acusado. Pero hay pistas. Todo indica que se trata de una política —sí, en femenino— que se sintió ofendida. No por ser mujer, sino por ser señalada. Y como la crítica duele, optó por disfrazarla de violencia de género. Porque ahora resulta que cuestionar el uso indebido de recursos públicos, cuando la autora es mujer, es machismo. No importa si los señalamientos son verídicos. Lo importante es silenciar.

Y eso, compañeros, es muy grave.

El Tlacolol no promovió a ningún candidato ni llamó al voto en favor o en contra de nadie. Hicieron análisis, crítica, sátira si se quiere. Pero no campaña. No propaganda. Solo periodismo. Y si por eso se les persigue, entonces todos estamos en riesgo.

Aquí mismo, en Al Tanto, muchos de nosotros venimos de la vieja guardia. Llevamos años —décadas— escribiendo contra los corruptos, contra los que se roban el dinero público y luego se santiguan en misa. Hemos resistido presiones, amenazas, bloqueos de publicidad oficial. Estamos curtidos. Y El Tlacolol, con su juventud, está empezando a recorrer ese mismo camino pedregoso.

Lo repito: la denuncia del INE contra ellos es un intento burdo de censura. Es hostigamiento legal. Es una forma elegante de silenciar sin disparar una bala. Pero el efecto es el mismo: callar voces.

Ellos han dicho —y lo suscribo— que callarse no es opción. Que van a seguir publicando. Y nosotros, desde esta trinchera, les decimos que no están solos.

Porque hay diferencias, claro. No todo lo que circula en internet es periodismo. No todas las páginas son medios. Algunas son cloacas con conexión a wifi. Y no es lo mismo El Tlacolol, con todo su arrojo, que esas otras páginas que se venden al mejor postor y que no tienen ni un gramo de ética ni un centavo de credibilidad.

El Tlacolol es otra cosa. Es periodismo. Periodismo de verdad.

Y por eso merece nuestro respaldo.

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