Misael Habana de los Santos
Hablando —precisamente— de progresismo, hoy que la presidenta de la República, Claudia Sheinbaum arribó a Barcelona para una reunión que promete congregar a las voces de gobiernos y pueblos con gobiernos democráticos, avanzados, soberanos y consultivos, vale la pena detenerse en una palabra que anda de moda como camisa de lino en verano: responsabilidad social. Ojalá no sea eso: una moda.
Porque la responsabilidad social no se exige solo a los gobiernos; también a la sociedad, a los individuos, a los profesionistas. A los médicos. Y, sí, a los periodistas, que deberían ejercerla cada vez que dicen informar —y no deformar— a una sociedad que ya no compra cuentos tan fácil.
Hoy tuve la oportunidad —y lo agradezco— de escuchar al doctor Daniel García Aguirre, presidente de Coparmex Acapulco. No suelo frecuentar los círculos empresariales; en Acapulco, para decirlo sin rodeos, suelen ser fantasmas con membrete: cualquiera levanta la mano y dice “represento a los hoteleros”, “represento al sector”, cuando en realidad representan, con suerte, su propio interés… y el contrato en puerta con el gobierno de turno.
Pero hoy hubo algo distinto. García Aguirre convocó para anunciar una serie de conferencias con especialistas del país en eso que llaman responsabilidad social empresarial. Y se agradece. Se agradece que desde el empresariado se intente hablar otro idioma, uno que no sea el de la prebenda, el moche o la foto con el funcionario.
Porque, en esencia, la responsabilidad social no es otra cosa que hacer bien las cosas: no solo vender, sino respetar. Respetar derechos humanos, medio ambiente, competencia, comunidad. Respetar, en suma, las reglas del juego que durante años muchos decidieron romper… y normalizar.
Lo interesante es el tono generacional. Este nuevo empresariado —jóvenes, con discurso técnico y cierta vocación pública— parece entender que la empresa no vive aislada, que su legitimidad no se compra con donativos de última hora ni con campañas de imagen. Me dicen que buscarán interlocución con todos los actores necesarios para impulsar prácticas responsables y desarrollo armónico. Veremos si el discurso aguanta la intemperie.
Porque en Acapulco, históricamente, el empresariado ha sido otra cosa: salarios de miseria, derechos laborales negados, capacitación inexistente, inclusión como palabra prohibida y, por si fuera poco, la vieja tentación de piratearse el agua, la luz… y los impuestos. La ley, para muchos, siempre fue sugerencia.
Por eso, cuando alguien desde ese mismo sector habla de responsabilidad social, hay que decirlo: suena bien. Suena necesario. Suena, incluso, urgente. Porque si de verdad se quiere construir un nuevo Acapulco, hará falta algo más que discursos: hará falta que las empresas dejen de comportarse como enclaves privados dentro de un territorio público.
Que paguen lo que deben. Que respeten lo que pisan. Que entiendan que la ganancia no está peleada con la legalidad, ni con la dignidad.
Bien por Coparmex, entonces. Ojalá no se quede en foro, en PowerPoint y en aplauso de salón. Ojalá otros organismos empresariales aprendan que la responsabilidad no se presume: se ejerce. Y que quizá valga más una práctica ética constante que mil fotografías con políticos sonrientes negociando lo de siempre.
