Breves acotaciones sobre el discurso de género que alguno(a,e)s utilizan —sin rigor ni pudor— para encubrir las faltas de líderes en ciertos movimientos sociales. Un recurso que buscan aplicar también para desvirtuar el trabajo de quienes ejercemos la crítica pública, como ocurre en el caso de la diputada Yoloczin Domínguez. Yo voté por ella. Y por lo mismo, como ciudadano inconforme con su desempeño legislativo en el Congreso de la Unión, le exijo resultados.
En el campo del periodismo, mi oficio es incómodo. Lo sé. La crítica a diputados y representantes —sean hombres, mujeres o entes no identificables— no debe confundirse con misoginia. Mi pluma es crítica, no sexista; filosa, no machista. Y siempre puede mejorar, porque el compromiso con la verdad también implica revisar cómo la contamos.
Entiendo que la misoginia implica desprecio, odio o discriminación hacia las mujeres, ya sea de forma explícita o encubierta en el lenguaje, los enfoques o las omisiones. Por eso tomo con seriedad cualquier señalamiento en ese sentido. Pero no es odio describir la vestimenta peculiar de una diputada —de una mujer— que lleva sombrero calentano en el Congreso como marca identitaria de un grupo político.
Mi trabajo busca exhibir y cuestionar el ejercicio del poder, venga de quien venga. Si he escrito sobre mujeres en el poder, lo he hecho con los mismos criterios con los que escribo sobre hombres: exigiendo rendición de cuentas, transparencia y congruencia entre el discurso y los hechos. Y eso, francamente, no lo veo en los grupos políticos de Morena en el gobierno actual.
Describo también la lucha descarnada por el poder que se libra entre hombres y mujeres, mujeres contra mujeres, hombres contra hombres, todos contra todos… por preservar el poder de un líder, de un caudillo, de un minotauro.
En mis crónicas y columnas he sido igualmente severo con políticos de todos los partidos, funcionarios de antes y de ahora, empresarios del viejo régimen y del régimen reciclado. Ser crítico no es ser misógino. Es ser coherente con una función periodística que no debe tener favoritos ni excepciones.
No toda crítica dirigida a una mujer es misógina. Si así fuera, el periodismo estaría condenado a la autocensura. Lo que debe evitarse —y lo tengo claro— es el uso de estereotipos, la descalificación personal, el lenguaje sexista o la invisibilización del papel de las mujeres en la vida pública. Me esfuerzo por no caer en ello.
Reconozco que, en ocasiones, el lenguaje puede prestarse a interpretaciones diversas. Estoy abierto a revisar mi trabajo con espíritu crítico y, si hace falta, corregir. Porque el compromiso con la equidad también es una práctica constante.
También he escrito sobre mujeres que han resistido la violencia institucional, el olvido del Estado o el patriarcado político. He narrado historias donde el protagonismo femenino se aborda con respeto, sin romantizar ni minimizar.
Reitero: mi oficio es incómodo. Lo sé. Pero eso no debe confundirse con misoginia. Con mi pluma crítica —no sexista— y filosa —que no machista— seguiré denunciando los extravíos ideológicos y políticos de un grupo que traicionó al electorado y arrojó al bote de basura los principios que alguna vez le dieron sentido a Morena: no mentir, no robar, no traicionar.
PD: Estoy sorprendido de la belicosidad de algunos sectores del gobierno de la 4T enemigos de la libertad de expresión y expertos en guerra sucia contra sus críticos. Y todo pagado con dinero público a través de sus amanuenses. Nunca antes en mi vida periodística en Guerrero, ni en tiempos del viejo PRI, había sufrido esta campaña tan agresiva y desde el anonimato. El mensaje no es buena señal para la democracia.
Por: Misael Habana de los Santos
