Por: Misael Habana de los Santos

Joaquín “Jacko” Badillo es, como diría la jerga política, un priista reciclado, un chapulín que ha saltado de partido en partido con la misma agilidad con que cambia de discurso según la nómina que le pague. Lo mismo se ha pintado de tricolor, amarillo o guinda, pero en el fondo sigue siendo lo mismo: un político sin ideología, sin convicción, sin brújula moral.
Su militancia es un espejo de su oportunismo.

Hoy jura lealtad eterna a Morena y se declara soldado del “Toro sin cerca”, Félix Salgado Macedonio, a quien llama con reverencia “mi líder político”. En una entrevista reciente, Jacko se entregó con una devoción digna de estampita. Lo suyo no fue una respuesta política, sino una confesión de fe.

“Sí, yo aprecio mucho al senador Félix Salgado”, dijo entre titubeos. “Desde que él se consolidó como el hombre que debería abanderar a Morena, nos hemos sumado a apoyarlo. Por correspondencia y por condición natural”.
Condición natural, dice. Como si la genuflexión fuera un instinto.

El priista disfrazado de morenista defendió a su jefe político con un argumento de feria: “Al senador le quitaron la candidatura a la mala”, insistió. “Él estaba a punto de quitarle el gobierno al PRI”. Y ahí asoma el viejo reflejo del militante que no se curó nunca del síndrome del poder: justificar la trampa si conviene al caudillo.

Jacko no solo mostró su lealtad ciega, sino su ignorancia jurídica. En un tramo que haría sonrojar a cualquier estudiante de derecho, aseguró que “por encima de cualquier ley, de cualquier estatuto y de la Constitución mexicana está el pueblo”.
Así, sin más. La voluntad del pueblo, entendida como voluntad del jefe, por encima de todo.
El populismo convertido en coartada moral.

Y cuando le preguntaron si eso no contradecía los lineamientos de Morena y las decisiones de la presidenta Claudia Sheinbaum, se escudó en un argumento digno de un regidor de cantina: “La reforma inicia hasta el 30, y un estatuto puede modificarse rápido, como el reglamento de un periódico si cambian la hora de entrada”.
Así, el político que pretende gobernar Acapulco cree que la Constitución es un horario de oficina.

Jacko presume disciplina, dice que no es revoltoso, que no tomará las calles. Pero lo cierto es que su “disciplina” es la del político domesticado, del que obedece al que reparte las candidaturas. Su carrera es una oda al acomodo, a la conveniencia, al instinto de supervivencia en un ecosistema donde la ideología es un accesorio descartable.

Habla del “pueblo”, pero vive del presupuesto.
Habla de “lealtad”, pero ha sido fiel solo a sí mismo.
Habla de “proyecto”, pero lo suyo es el reflejo del viejo priismo maquillado de guinda.

En su discurso todo cabe: el elogio al caudillo, la sumisión disfrazada de respeto, el cálculo político presentado como humildad. Hasta se da el lujo de proponer —sin rubor alguno— que Félix Salgado sea el candidato a gobernador en 2027.
Una forma elegante de decir: “yo no pienso, yo obedezco”.

Jacko comenzó, dice él mismo, pero no se da cuenta de que su carrera empezó hace mucho… y terminó hace rato

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