Misael Habana de los Santos

Bruce Springsteen no canta desde el trono aunque le apodan The Boss , sí El Jefe.
Nunca lo ha hecho.
No le canta a los reyes, ni a los millonarios que hoy gobiernan el mundo como si fuera un consorcio privado.
Canta desde la calle, desde la fábrica cerrada, desde el barrio obrero que ya no aparece en los discursos oficiales.

Por eso Springsteen sigue siendo incómodo.
Porque su congruencia política y estética no es un gesto tardío ni una moda progresista de ocasión: es una biografía completa.
Es clase obrera hecha canción.
Es una guitarra apuntando directo al corazón del imperio.

Mientras el trumpismo se sueña monarquía —No Rey— y pretende imponer la bota, el muro y el rifle como ley suprema, hay otra América que insiste en existir.
Una que no sale en Fox News.
Una que no desfila en Washington.
La América que trabaja, que migra, que resiste y que canta para no desaparecer.

Springsteen entendió hace décadas lo que hoy vuelve a arder en Minneapolis y en tantas ciudades del mundo:
que el conflicto no es cultural, es de clase;
que no es identidad contra identidad, sino riqueza obscena contra dignidad humana;
que el imperio no se sostiene sin violencia, pero tampoco sin silencio.

Por eso incomoda cuando Bruce canta sobre obreros despedidos, veteranos rotos, fábricas fantasmas y jóvenes sin futuro.
Porque recuerda algo que el poder quiere borrar a golpes:
en Estados Unidos hay clase obrera.
Hay conciencia social.
Y hay gente que lucha por un mundo mejor, incluso cuando el Estado la persigue, la criminaliza o la mata.

Minneapolis no fue un exceso ni un error operativo.
Fue una postal nítida del sistema defendiéndose.
Alex Pretti y Renee Good no murieron por accidente: murieron en la frontera invisible entre la ley y la justicia.
Esa frontera que Springsteen ha recorrido toda su vida con canciones como si fueran crónicas.

Mientras algunos artistas se acomodan al algoritmo y otros al poder, Bruce sigue parado donde siempre: del lado correcto de la historia.
No con sermones, sino con canciones que recuerdan que el llamado “sueño americano” fue secuestrado por los ricos más ricos.

Hoy, cuando el imperio se vuelve más brutal y más torpe, la fuerza progresista —en Estados Unidos y en el mundo— vuelve a organizarse desde abajo:
en la calle,
en la música,
en la memoria.

No Rey.
No muro.
No olvido.

Y para que no se olvide —para que quede escrito—, aquí la canción completa, de la megaestrella del rock, que lanzó el miércoles pasado. Es una canción en protesta por la operación federal de inmigración en Minneapolis titulada “Streets of Minneapolis”. Queda aquí como acto de memoria y resistencia.

Traducción libre y completa

A través del hielo y el frío del invierno
por la avenida Nicollet,
una ciudad en llamas combatió fuego y hielo
bajo las botas del ocupante.
El ejército privado del rey Trump, del DHS,
con armas ceñidas a sus abrigos,
vino a Minneapolis a imponer la ley,
o eso dice su versión.

Contra el humo y las balas de goma,
a la luz temprana del amanecer,
la ciudadanía se alzó por la justicia,
sus voces resonando en la noche.
Y hubo huellas de sangre
donde debió haber piedad,
y dos muertos, abandonados sobre la nieve:
Alex Pretti y Renee Good.

Oh, Minneapolis nuestra, escucho tu voz
cantando entre la niebla ensangrentada.
Tomaremos postura por esta tierra
y por el extraño entre nosotros.
Aquí, en nuestro hogar, mataron y patrullaron
en el invierno del veintiséis.
Recordaremos los nombres de quienes murieron
en las calles de Minneapolis.

Los matones federales de Trump lo golpearon
en el rostro y en el pecho,
luego escuchamos los disparos
y Alex Pretti yacía muerto sobre la nieve.
Dijeron que fue defensa propia, señor,
pero no crea lo que ve:
es nuestra sangre y nuestros huesos,
estos silbatos y teléfonos,
contra las mentiras sucias de Miller y Noem.

Oh, Minneapolis nuestra, escucho tu voz
llorando entre la niebla ensangrentada.
Recordaremos los nombres de quienes murieron
en las calles de Minneapolis.

Ahora dicen que están aquí para hacer cumplir la ley,
pero pisotean nuestros derechos.
Si tu piel es negra o morena, amigo,
pueden interrogarte o deportarte al instante.
En nuestros cantos de “ICE fuera ya”,
el corazón y el alma de la ciudad resisten.
Entre vidrios rotos y lágrimas de sangre,
en las calles de Minneapolis.

Oh, Minneapolis nuestra, escucho tu voz
cantando entre la niebla ensangrentada.
Aquí, en nuestro hogar, mataron y patrullaron
en el invierno del veintiséis.
Tomaremos postura por esta tierra
y por el extraño entre nosotros.
Recordaremos los nombres de quienes murieron
en las calles de Minneapolis.
Recordaremos los nombres de quienes murieron
en las calles de Minneapolis.

ICE fuera.
ICE fuera.
ICE fuera.
ICE fuera.
ICE fuera.

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