Misael Habana de los Santos
En política, como en los viejos hospitales públicos, nada huele igual cuando empieza la limpieza.
Primero se corre el rumor.
Luego vienen los cambios “por unanimidad”.
Y al final, los responsables juran que no se van, que solo cambian de trinchera.
Así dejó esta mañana la coordinación del grupo parlamentario de Morena en el Senado Adán Augusto López Hernández: envuelto en explicaciones, rodeado de aplausos disciplinados y con la palabra territorio como escudo. No renuncia a la senaduría, no pide licencia, no se exilia como embajador. Se va a “trabajar”, dice, a la cuarta circunscripción: Guerrero, Puebla, Tlaxcala, Morelos y la Ciudad de México. La más poblada. La más disputada. La más rentable políticamente.
Un soldado más, repite.
Un soldado que deja la jefatura justo cuando el ruido empieza a subir.
Porque mientras en el Senado se aplaude la habilidad política de Adán Augusto y se entroniza a Ignacio Mier como relevo terso, en Guerrero ocurre otra escena, menos ceremonial y más reveladora: la purga en el ISSSTE.
No es metáfora. Es administrativa.
Y huele a aviador, a adjudicación directa, a hemodiálisis subrogada con sobreprecio.
La investigación de Lourdes Chávez, publicada en El Sur, abrió la caja de pandora: directivos cesados, renuncias solicitadas desde oficinas centrales y un hospital de Alta Especialidad en Acapulco convertido —según denuncias de los propios trabajadores— en caja chica, botín político y agencia de colocaciones.
Treinta y cinco millones de pesos pagados a un hospital privado que había sido descartado en licitación nacional.
Cien aviadores detectados.
Plazas de mando eventuales repartidas como estampitas.
Contratos directos para empresas que no pasaron filtros formales.
¿Casualidad?
Nunca en Guerrero.
Los nombres empiezan a repetirse como eco incómodo: funcionarios ligados al grupo político de Yoshio Ávila González, ese sobreviviente profesional del sistema, capaz de mutar de sigla sin despeinarse. Del PRI al PRD, de ahí a MC y finalmente a Morena. No por convicción ideológica, sino por instinto de conservación. Entró, como dicen en el puerto, por la puerta grande. De la mano del senador que hoy se declara soldado raso.
Las organizaciones de jubilados lo dicen sin rodeos: el ISSSTE en Guerrero siempre fue priista. Cambiaron los colores, no las prácticas. Y cuando llegó el llamado segundo piso de la transformación, no llegó la ruptura, sino el relevo. El viejo control se recicló con nuevo membrete.
Por eso la salida de Adán Augusto de la coordinación no puede leerse como un simple movimiento táctico. Coincide. Se empalma. Dialoga con la realidad que se le descompone abajo, en el territorio que ahora dice querer conquistar.
La narrativa oficial habla de ciclo cumplido, de mayoría calificada, de Plan C consolidado. La realidad, en cambio, habla de auditorías, de hospitales bajo la lupa, de redes políticas que usaron instituciones de salud como plataforma electoral anticipada.
En Guerrero, la transformación no se mide en discursos, sino en expedientes.
No en unanimidades, sino en contratos.
No en soldados, sino en quién manda realmente cuando se apagan los micrófonos.
El ISSSTE está hablando.
Y cuando una institución habla, aunque sea en voz baja, suele decir verdades que incomodan más que cualquier oposición.
La pregunta no es si habrá más salidas.
La pregunta es hasta dónde llegará la limpieza…
y a quién dejará verdaderamente expuesto cuando el polvo se asiente.
Porque en Guerrero, ya lo sabemos,
la historia siempre regresa al mismo lugar:
el poder, el dinero público
y la eterna costumbre de confundir el Estado
con un botín de campaña.
