Por: Misael Habana

Cuando algún fuereño me pregunta dónde se come bien en Acapulco, no lo pienso mucho: les digo sin titubeos que vayan a Gaviotas II, en Playa Bonfil. Les advierto, claro, que no es barato, pero que vale cada centavo. Que ahí se cocina con fuego de verdad, de ese que le canta al paladar y despierta los sentidos dormidos.

Y cuando los vuelvo a ver, casi siempre sonríen agradecidos. Me dicen que ya son clientes frecuentes, devotos de esa parrilla donde se fusionan olores y sabores que provocan la lujuria: una catedral pagana en honor al imperio de los sentidos.

Porque Gaviotas II no es solo el templo de la buena mesa. Es un ritual completo: el calor humano, la sonrisa franca, el apretón de manos con sabor a sal y a carbón encendido. La comida, sí, pero también el afecto que se sirve en cada mesa.

Acela y Checo, los dueños, saben cómo se enciende el alma del comensal. Tienen “sangre”, como se dice por estos rumbos. Pero además, tienen carácter. Carácter para dirigir su orquesta de fuegos, sartenes y meseros, para que todo funcione como un reloj de humo y brasas.

Y eso que no se ve, eso que está detrás del huachinango, dorado o del róbalo jugoso —mi favorito, por cierto—, eso es lo que lo hace todo distinto. La selección del pescado, el trato con los proveedores, la sazón exacta, la cocina limpia, la parrilla encendida, el asado perfecto, el servicio atento… todo eso que parece fácil, pero que solo ellos saben hacer así. Por eso son únicos.

Un día vi a Checo frente a la parrilla. Ya no se le ve tan seguido ahí, ocupado como anda en sus andanzas empresariales y políticas. Pero cuando está, es otra cosa. Checo no cocina: poetiza. Manipula el fuego, el aire, la sal, la mantequilla, el aceite de oliva, el clavo, el laurel, la pimienta, la mayonesa, el chile habanero, el verde y el rojo, como quien escribe una oda con humo. El pescado a la talla no es un platillo: es una metáfora sobre la mar.

Y entre el humo blanco de la leña y el perfume del carbón, Checo es un brujo. Un alquimista del sabor preparando la ofrenda para su tribu.

Pero nada de esto sería posible sin Acela, heredera directa de la dinastía que inventó el pescado a la talla en esta tierra de fuego y salitre. Ella es el motor que no se ve, la mano firme que sostiene la casa, la sonrisa que organiza, la mirada que cuida. Acela mete las manos en todo, sí, pero sobre todo mete el alma. Y tiene una bonhomía a prueba de tempestades, que hace que cada quien se sienta en casa.

Yo no sé ustedes, pero yo —en cuanto pueda— voy a ir a comer tranquilo a Gaviotas II, allá en la Escénica, con vista a la bahía. Porque ahí me esperan dos amigos que han hecho del fuego un arte: Acela y Checo. Y me querido compadre Fernando Reyna, porque uno no va a comer nomás por hambre, sino por gratitud.

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