Misael Habana de los Santos

En la Montaña baja de Guerrero las caravanas oficiales duran menos que el eco de un disparo en la sierra.

Llegan entre camionetas blindadas, helicópteros imaginarios y discursos solemnes sobre la paz, la transformación y el compromiso con los pueblos originarios. Se toman fotografías entre mujeres desplazadas, abrazan niños con los ojos llenos de miedo y prometen que “ahora sí” el Estado mexicano pondrá orden en el territorio del terror. Luego se van. Y detrás de ellas vuelve la vieja dueña del camino: la soledad.

Eso es lo que se escucha entre líneas —y a veces brutalmente directo— en las declaraciones del dirigente del Consejo Indígena y Popular de Guerrero Emiliano Zapata, Jesús Plácido Galindo, después de la reciente visita de la secretaria de Gobernación Rosa Icela Rodríguez, la gobernadora Evelyn Salgado Pineda y la caravana de servicios estatales a las comunidades golpeadas por la guerra que se vive entre Chilapa, José Joaquín de Herrera y Hueycantenango.

Porque mientras los funcionarios regresaban a sus oficinas climatizadas, en los cerros siguió tronando la metralla.

Más de mil 345 personas desplazadas. Casas abandonadas. Animales muertos o robados. Parcelas convertidas en tierra fantasma. Viviendas incendiadas. Familias enteras huyendo entre drones explosivos y ráfagas nocturnas. El lenguaje de Gaza tropicalizado en la Montaña de Guerrero. El narco convertido en fuerza aérea artesanal.

Y, según denuncia Galindo en Al Tanto Guerrero, “Los Ardillos” continúan operando con absoluta normalidad, como si el Estado solamente hubiera ido de visita diplomática al territorio ocupado.

La escena parece sacada de una novela latinoamericana escrita entre pólvora y burocracia: llega el gobierno, instala mesas de atención, reparte despensas, anuncia operativos y después desaparece dejando atrás a los mismos pueblos sitiados de siempre.

El desencanto del líder indígena no es solamente político; es humano. Se escucha cansancio en sus palabras. Una especie de resignación amarga de quien lleva años gritando frente a una pared institucional.

“Vivieron el terror de la metralla, de los drones y de los disparos”, dice.

Y uno imagina las noches en Tula y Xicotlán: los perros ladrando hacia los cerros, las madres abrazando a sus hijos debajo de las camas, el zumbido de los drones sobrevolando como insectos malignos de esta modernidad criminal. Guerrero pasó del cuerno de chivo al dron artillado sin haber conocido jamás la paz.

Lo más grave de las declaraciones de Jesús Plácido no es la denuncia contra el grupo criminal. Lo verdaderamente devastador es la insinuación —o quizá acusación abierta— de que las autoridades saben perfectamente quiénes son, dónde están y cómo operan.

“Ellos saben quiénes son, dónde viven y dónde operan, pero no los detienen”.
Esa frase cae como una lápida sobre el discurso oficial.

Porque si el Estado sabe y no actúa, entonces ya no hablamos de incapacidad. Hablamos de otra cosa más oscura: tolerancia, complicidad, administración del horror o simple cálculo político.

En Guerrero eso ya no sorprende a nadie. Aquí la violencia suele tener permisos invisibles.

Desde 2019, según el CIPOG-EZ, al menos 75 personas han sido asesinadas entre desapariciones, emboscadas y ataques contra promotores comunitarios y transportistas. Setenta y cinco muertos en una región indígena y pobre apenas alcanzan para algunos boletines, una conferencia mañanera o un recorrido fugaz de funcionarios.

Después vuelve el silencio. Y el silencio en Guerrero siempre ha sido el mejor aliado del miedo.

Mientras tanto, en los cafés políticos de Chilpancingo y Acapulco, la sucesión del 2027 comienza a ocupar más espacio que los desplazados indígenas. La grilla nunca descansa. La guerra sí deja descansar… a los muertos.

La Montaña baja sigue esperando algo más que caravanas temporales. Sigue esperando Estado.

Sigue esperando justicia. Sigue esperando que un día las camionetas oficiales no lleguen solamente para la fotografía y el boletín, sino para quedarse el tiempo suficiente como para que los niños vuelvan a dormir sin escuchar drones sobre los techos de lámina.

Pero en Guerrero, a veces, hasta la esperanza aprende a desplazarse.

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