Por Misael Habana de los Santos
El subsecretario de Gobierno, Francisco Rodríguez Cisneros, paleó —una vez más— un viejo conflicto, ofreciendo diálogo a grupos que no precisamente quieren hacer política. La solución temporal es poner curitas a una herida que supura, que duele, y que quizá ya exige acciones más drásticas… tal vez hasta la amputación.
El Valle de El Ocotito volvió a cerrar caminos y a abrir la herida. Este 6 de agosto, como en las peores películas del realismo guerrerense, la Autopista del Sol y la carretera federal amanecieron con el paso cancelado por barricadas hechas de rabia, miedo y hartazgo. Ahí, los pobladores gritaron con piedras, palos y llantas lo que el gobierno no quiere oír: ya no pueden más.
El Ocotito no es la excepción, sino el síntoma. Desde hace más de una década se repite la escena: balaceras en Buena Vista, desapariciones en Rincón de la Vía, muertos en Los Caminos… mientras en Chilpancingo, la clase política afina sus discursos y alista sus selfies. Porque aquí, en Guerrero, la violencia es rutina y la paz solo llega en PowerPoint.
Los bloqueos no son berrinches espontáneos. Son la consecuencia lógica de años de olvido, de una estrategia de seguridad que promete abrazos pero cosecha balazos. De un Estado que despliega a la Guardia Nacional como si la sola presencia de uniformes fuera a espantar a los demonios del narco, de las autodefensas mutadas en mini-cárteles, y del hambre.
Y mientras la gente ardía bajo el sol y el tráfico colapsaba desde el Parador del Marqués, el gobierno estatal recitaba su letanía favorita: “Estamos abiertos al diálogo”. Una frase tan vacía como las casillas electorales del año pasado en la sierra, donde no hubo campañas porque los candidatos no tenían garantía de volver vivos a sus casas.
El subsecretario Rodríguez Cisneros, con esa suficiencia burocrática que tanto irrita, salió a decir que no había ninguna solicitud formal de audiencia. ¿De veras cree que en la sierra se hace trámite por ventanilla única? ¿Con qué cara exige formalidades a quienes tienen que salir de sus pueblos con los hijos en brazos y las balas zumbando?
Del otro lado, el federalismo tropical tampoco canta bien las rancheras. El gobierno de la transformación presume seguridad, pero Guerrero es el espejo que le devuelve su peor rostro: más de 50 conflictos agrarios, tráfico de armas gringo, y cuerpos tirados en barrancos. ¿Dónde están los resultados de esa Guardia Nacional que costó millones y prometía pacificar los territorios que el narco gobierna mejor que los municipios?
En El Ocotito, la gente no bloquea por gusto. Lo hace porque la historia les enseñó que si no incomodan, no existen. Porque las promesas ya no bastan. Porque el dolor ya no cabe en los panteones. Porque los colectivos de desaparecidos, que acampan afuera de la Fiscalía, no se rinden aunque los ignoren.
Pero también hay que decirlo con todas sus letras: las autodefensas no son blancas palomas. Muchas, nacidas de la legítima defensa, se convirtieron en botines territoriales, en franquicias locales del crimen, en jueces, parte y verdugos. Y los bloqueos, aunque comprensibles, castigan a miles que solo quieren llegar al trabajo, al hospital o a la playa.
Guerrero no necesita más patrullas, ni más comisionados que den ruedas de prensa, ni solo mesas por la paz. Necesita justicia, inversión social, un desarme real y voluntad política. Mientras eso no ocurra, El Ocotito —y tantos otros Ocotitos que existen en las montañas, las costas y los valles— seguirá cerrando caminos y abriendo la herida. Porque aquí, en esta tierra donde la muerte se volvió costumbre, la gente todavía se aferra a vivir.
Pero vivir no es sobrevivir. Y si el poder sigue mirando hacia otro lado, lo banal, lo vacuo, no solo se seguirán contando muertos: también comenzarán a contarse rebeliones.
