Misael Habana de los Santos

Voy a decirlo de manera llana. Ya saben que a mí la polémica no me quita el sueño. Si Luis está de acuerdo, qué bueno; y si no, también.

Ahorita que estamos metidos hasta el cuello en el asunto del Mundial de fútbol, quiero decir algo que quizá no guste a muchos: a mí me encanta el fútbol. Me ha gustado desde niño, desde aquellas épocas en que los juguetes eran pocos y la imaginación alcanzaba para todo. El fútbol, como cultura popular, me parece fascinante. Lo que provoca en el barrio, en la calle, en la cuadra, en la comunidad. Ese milagro económico donde bastan dos piedras para hacer una portería y cualquier cosa —hasta un coco seco, decían en mi tierra— corre bien sobre la gramilla por lo tanto puede convertirse en balón.

Así jugaban allá los muchachos de la Costa. Con cocos secos y descalzos, pero jugando como si estuvieran en el Azteca. Y por cierto, salían muy buenos futbolistas. Como también salían grandes voleibolistas y basquetbolistas en las costas de Guerrero y Oaxaca, donde el deporte todavía era una extensión de la convivencia y no solamente una vitrina de consumo.

Por eso creo que todo lo que hoy se está montando alrededor del Mundial resulta exagerado para un espectáculo eminentemente comercial. Porque de eso se trata: de dinero. De ganancias gigantescas para los de siempre. Las televisoras, las cerveceras, las casas de apuestas, los dueños de la industria del entretenimiento disfrazada de pasión deportiva. Y no, el fútbol profesional no es un negocio del Estado. No debería serlo.

El problema es cuando el aparato gubernamental termina funcionando como promotor de esa maquinaria. Cuando se involucra a menores, estudiantes y familias enteras en una dinámica de consumo masivo alrededor del Mundial. Porque una cosa es la cascarita en la calle y otra muy distinta este fenómeno industrial donde todo termina convertido en mercancía: la camiseta, la emoción, la identidad y hasta la infancia.

Entonces vemos cómo el Estado mexicano cede, organiza, flexibiliza calendarios escolares, libera tiempos, acomoda agendas y prácticamente pone a estudiantes y maestros frente a la gran pantalla de la industria cultural del fútbol.

Ayer veía precisamente una imagen poderosa publicada en la contraportada de La Jornada. Ya la subimos también al portal porque tiene mucha carga simbólica. En ella aparece un jugador de los Pumas sometiendo, futbolísticamente hablando, a uno del América. Y más allá de la cancha, la fotografía parece contar otra historia: lo público frente a lo privado; la educación pública contra la frivolidad empresarial; la cultura y la ciencia frente al espectáculo vacío que durante décadas ha representado Televisa.

Porque sí, el fútbol también es política. Siempre lo ha sido.

Por eso creo que habría que revisar con seriedad lo que se está haciendo. Tal como lo planteó el secretario de Educación y como lo sugirió la presidenta de la República: pensar bien qué se va a ofrecerle a estudiantes, maestros y comunidades. Cumplir también con las demandas del magisterio y no entregar todo al negocio del balón.

El Estado mexicano, particularmente un gobierno que se asume de la Cuarta Transformación, no tendría por qué convertirse en gerente emocional de la FIFA.

Pero bueno, también entendemos el tamaño del espectáculo. Somos anfitriones y el juego ya está montado. Aunque uno no esté de acuerdo. Aunque uno sepa, en el fondo, que detrás del ruido de los estadios siempre hay alguien haciendo caja.

Por admin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *