Misael Habana de los Santos
Desde hace años venía diciéndolo, casi como quien lanza una botella al mar: Santa María Huazolotitlán, por la fuerza de su patrimonio artístico y cultural, tenía el derecho histórico y moral de bailar en el Cerro del Fortín, en la vieja y señorial Antequera, ahí donde Oaxaca presume ante el mundo la piel viva de sus pueblos.
Muchos presidentes municipales escucharon la idea. Todos asintieron. Nadie hizo nada.
Hasta ahora.
En este julio de 2026, una delegación sólida y plural —indígenas, negros y mestizos— tomará por asalto, pero también por derecho, el foro máximo de las expresiones culturales de Oaxaca para mostrar, en apenas veinte minutos, un pequeño destello del vasto universo cultural que se vive todos los días en Huazolotitlán.
Porque Huazolotitlán no es solamente un municipio. Es una respiración colectiva. Un territorio donde conviven la memoria ñuu savi, la raíz afromexicana y el mestizaje costeño; donde el fandango todavía sacude las madrugadas y las mayordomías siguen organizando el tiempo de la comunidad.
Recuerdo que antes —y también después— de su primera participación electoral en busca de la presidencia municipal, la profesora Agustina Gómez Torres, quien finalmente ganó en su segunda contienda bajo las siglas de Morena, conversó conmigo en varias ocasiones sobre distintos proyectos para nuestro pueblo.
Uno de aquellos temas fue la cultura.
La necesidad de expandirla, cuidarla y llevarla a cada rincón de las comunidades huazolotecas. Y, como un sueño aparentemente imposible, apareció la idea de construir un equipo de trabajo que hiciera realidad aquello que muchos habían imaginado durante décadas: ver a los bailarines y danzantes de
Ñúu tyiendii pisar la Rotonda de las Azucenas en 2026.
Al inicio de su gobierno, la alcaldesa nombró una comisión que comenzó a trabajar con disciplina y esperanza.
Ahí estuvieron Sonia Sánchez Agustín, como presidenta; Carmelita Hernández Hernández, como tesorera; y María de Jesús Sánchez Mujica, como secretaria.
Y, por supuesto, apareció el arquitecto escénico de este telar cultural: el maestro Héctor Jesús Ramírez Bautista, encargado de mover las piezas, acomodar los silencios y tejer fino la propuesta artística de lo que sería la presentación de Huazolotitlán.
Así nació:
“Sones y Chilenas en la Mayordomía de San Nicolás Tolentino”.
Una síntesis apretada, sí, pero profundamente viva, de nuestra cultura: ritualidad religiosa, mayordomías, danzas, vestuario, gastronomía, música y artesanías.
Un mosaico donde cupieran todos los mundos que habitan este municipio multirracial y multicultural.
Con la danza de las chaniguelas como corazón ceremonial —ejecutada por los propios guardianes de la tradición— se abrazaron la chilena mestiza y negra, así como el auténtico fandango de varitas, nacido en las entrañas de Huazolotitlán.
Y también apareció el sonido que ha arrullado desde niños a los jicareros de este pueblo: el violín, la guitarra, el cajón y la música de viento.
Tras una rigurosa revisión del acervo musical de nuestras danzas, se integró una banda sonora festiva ejecutada por la Orquesta La Costeñita, dirigida por el maestro Héctor Santiago Merino.
Quien terminó poniendo orden en todo este hermoso rebumbio cultural fue el licenciado Rusbel Sánchez Mujica, director de Cultura Municipal y, por mérito propio, cronista contemporáneo de las expresiones culturales de Huazolotitlán durante el gobierno de la presidenta Agustina Gómez Torres.
Pero nada de esto estuvo libre de polémica.
Durante el proceso aparecieron críticas, debates y discusiones apasionadas. Era inevitable. Se intentaba condensar un universo entero en veinte minutos.
La discusión más intensa ocurrió en redes sociales alrededor del traje representativo del municipio.
Algunas críticas tenían argumentos razonables, pero muchas olvidaban contextualizar el origen de la vestimenta. El diseño ganador surgió de un concurso abierto, donde cada propuesta defendió, pieza por pieza, una narrativa histórica y cultural del municipio.
En cada traje participante estaba vivo Huazolotitlán.
Pero el ganador debía ser uno.
Y el elegido terminó convirtiéndose en un texto bordado donde pueden leerse, al mismo tiempo, nuestro pasado y nuestro presente.
La delegación está integrada por veinticuatro jóvenes chileneros; cuatro danzantes ñuu savi de Barrio Grande que ejecutan las chaniguelas acompañados por tres músicos tradicionales; un niño que porta la imagen de San Nicolás Tolentino; y diez músicos de viento que interpretan sones, chilenas y piezas tradicionales ejecutadas durante la fiesta del Primer Viernes.
Nada de esto habría sido posible sin el respaldo de la presidenta municipal Agustina Gómez Torres, quien abrazó el proyecto y acompañó el impulso cultural como pocas veces se había visto en la historia reciente del municipio.
Y sí: esto es un hecho histórico.
Porque para cualquier pueblo oaxaqueño aparecer en la Guelaguetza significa tocar el corazón simbólico de Oaxaca.
Porque fortalece la identidad de los jóvenes.
Porque reivindica lo regional sin caer en el chauvinismo barato.
Porque demuestra que, incluso después de tiempos oscuros, la resistencia cultural sigue viva.
Y porque al final los pueblos sobreviven gracias a su memoria.
Por lo pronto, allá nos vemos en el Cerro del Fortín el próximo lunes 27 de julio, durante la Octava de la Guelaguetza, a las diez de la mañana.
Huazolotitlán será la segunda delegación de una larga jornada.
Y para despedirme les dejo unos versos prestados de mi querido paisano, el vate Emigdio Baños Delgado:
Ñúu tyiendii, pueblo grandioso;
pueblo de trabajo y fe;
vecino de Casaandóo;
de Xhini Titye, también;
Ñúu Oco, por el poniente,
un municipio cortés
y bañándolo en el sur
la Mar del Sur, lindo edén.
Este es mi pueblo, señores,
de origen precolonial;
pueblo de fe y esperanza,
de una cultura ancestral;
¡Este es mi Santa María,
la de Huazolotitlán!
