Vamos a comentar dos hechos que, aunque distintos como el chile del aguacate, se cruzan en la misma avenida: la cultura, esa que tanto se invoca y tan poco se defiende. Dos decisiones recientes de la alcaldía y el Cabildo de Acapulco que, en mi juicio, han sido certeras y políticamente sensatas. Lo que se dice un gol limpio, sin mano.

Primero, el asunto del concierto de un tal Javi. Dicen que lo “pospusieron”, como si el diccionario fuera un menú a la carta. En realidad, lo cancelaron, pero hay quienes prefieren el eufemismo. Yo, que apenas lo ubicaba de nombre, me puse a oírlo. Y sí, el muchacho canta cosas duras, hay menciones a la narcoviolencia, aunque no llega al culto explícito. No es apología, pero tampoco es misa dominical. Y ojo: no canta nada más crudo que lo que uno ha escuchado en otros géneros. Ahí tienen a Intoxicados, esa banda de rock argentina que en plena rola suelta: “Me gustan las drogas, sí, me gusta no sé qué…” Y eso era en los noventa. Antes, en los sesenta, ya lo decía Lora y 3 Soul, y tampoco se armaba tanto escándalo.

Así que prudencia, por favor. Sin embargo, entiendo la decisión de la alcaldía. En el contexto violento de Acapulco, donde los balazos no son fuegos artificiales sino parte del paisaje, la medida cae bien. Ahí está lo que pasó en El 30 —una invasión, un tiroteo, vaya uno a saber, pero fue grave— y lo del Acamoto, que ya no es evento, sino desfile de motociclistas salvajes que lo usan de pretexto para sembrar caos. No es el Acamoto el problema, sino los grupos que la secuestran para otros fines.

Abrir estos temas al debate público es no solo correcto, sino necesario. Las decisiones culturales no deben tomarse entre tragos y compadrazgos. Somos los ciudadanos, los que pagamos impuestos, los que tenemos derecho a decir qué queremos en esta ciudad. Y si eso no se discute, nos lo terminan imponiendo como si fuera decreto divino.

Pero bueno, les decía que eran dos cosas. La primera, el concierto cancelado. La segunda, mucho más luminosa, es el nombramiento de Anituy Rebolledo Ayerdi como cronista oficial de Acapulco.

Aquí no había mucho que discutir, salvo en las cabezas neblinosas de algunos aspirantes que ni cronistas son ni historiadores tampoco. Puro canapé y selfie en eventos, y de eso no se escribe la historia. Porque la crónica, señores, no se designa por decreto: la crónica se elige sola. Uno la ejerce, la cultiva, la sangra en cada texto. El cronista es quien narra lo que ocurre, lo que duele, lo que vibra. Nadie te impone ese oficio; es una maldición bendita que se arrastra como cruz o como estandarte.

Y en ese camino ha estado Anituy Rebolledo, o Anituy, como le decimos con cariño quienes la leemos y la queremos. Ha seguido el pulso de esta ciudad como quien toma la temperatura del enfermo crónico: con paciencia, con afecto, con verdad. Ayer fue reconocida por unanimidad de los regidores presentes —más de quince, si la memoria no me falla— y recibió lo que hace tiempo merecía: el título de cronista de Acapulco.

La alcaldesa Abelina López Rodríguez lo dijo claro: “Honor a quien honor merece”. Y sí, ese honor era para Anituy. Porque ningún periodista serio —y recalco lo de serio— puede negarse a ayudar en esta tarea titánica de recolectar historias, anécdotas, libros, documentos que nos digan quiénes fuimos, quiénes somos y quiénes quisiéramos ser.

Así que bienvenido, Anituy. Te queda mucho camino por andar y muchos amigos periodistas dispuestos a ayudarte a reconstruir esta memoria porosa, esta historia a medio escribir que es Acapulco. Si no la contamos nosotros, nadie lo hará. Y si no la guardamos, se perderá entre la bruma de los balazos y la desmemoria.

El cronista está para eso: para recordar lo que los poderosos quieren olvidar. Para contar lo que otros callan. Y tú lo haces. Así que felicidades, Anituy, a ti y a tu familia. La ciudad gana contigo.

Y también, claro, aplausos a la presidenta municipal Abelina López Rodríguez. Por estas decisiones acertadas, por estos últimos destellos de gobierno que, si se sostienen, quedarán como aciertos memorables al cierre de su gestión.

Así las cosas, pues. Acapulco sigue vivo, y con cronista.

Por: Misael Habana de los Santos

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