Terminó la Feria del Libro. La de cada año en Acapulco, la que siempre llega sin hacer mucho ruido y se va igual, pero que esta vez tuvo un centro luminoso, un gesto digno: el homenaje póstumo a José Agustín, el escritor. El acapulqueño por decisión, por delirio, por destino. El cronista que nos retrató cuando todavía éramos un paraíso entre cerros verdes y zopilotes en equilibrio aéreo.

José Agustín, sí, miembro de esa familia de artistas, músicos, gente con oficio en la sangre y el corazón. El pariente más ilustre —además de él mismo— es su tío: don José Agustín Ramírez. ¿Le suena? El autor de “Acapulco”, “Caleta”, “Acapulqueña”, “La San Marqueña”, “Atoyac”, “Guerrero es una cajita”… Y bueno, ¿quién no ha tarareado alguna vez esas rolas? ¿Quién no tiene una de esas canciones tatuada en algún recuerdo con olor a playa, mezcal y aguardiente?

Después vino el padre: Augusto Ramírez, de los Ramírez Altamirano, conocidos de sobra en la colonia Progreso. Y Aída Espino también, de esa misma vertiente familiar que, por años, estuvo al frente del Colegio México, escuela emblemática por su acento nacionalista, por su formación con olor a patria y pizarrón verde. Un colegio que antes que el inglés, enseñaba a cantar el Himno a Guerrero con orgullo.

Ese es el linaje. Pero volvamos a José Agustín, el escritor. Uno que merece estar en las mochilas de los chavos acapulqueños, que tendría que ser lectura básica en prepas y secundarias. ¿Qué cuesta editarle algo, una antología, una crónica, algo breve? Pero claro, la Secretaría de Cultura del estado está tan ausente como el sentido común en los gobiernos. Parece broma: el escritor más importante que ha hablado de Acapulco con entrañas, y ni una reedición le han dedicado.

Ahí está Dos horas de sol, por ejemplo. Una crónica magistral sobre el Acapulco de los sesenta, escrita con el calor en los dedos. Aparecen su esposa, sus amigos, y entre ellos Alejandro Oscos, figura inquieta, director del Colegio Nautilus, tipo inteligente, de las familias acapulqueñas de abolengo. Y nos cuenta Agustín de un Acapulco que ya no existe, ese que aún tenía zopilotes volando en círculos sobre los cerros, esos que él llamó “símbolo de un equilibrio ecológico sano”. Hoy ya sólo los ves en los basureros, picoteando miserias.

Y sí, regresamos al músico, al otro José Agustín Ramírez. Uno que nos dio identidad con su música, y que ahora los gobiernos —del PRI o de la 4T, da igual— se ufanan en usar en festivales, como si lo hubieran apoyado en vida. Hipócritas. Miserables. Ni una calle, ni un busto, ni una placa le han puesto. Ni siquiera el nombre de una de sus canciones para adornar una banqueta. Nada. Así de mezquina es la ignorancia que gobierna.

Por eso, un grupo de ciudadanos decidimos tomar la palabra. Le hemos enviado una carta formal a la presidenta municipal de Acapulco, Abelina López Rodríguez, solicitando que una calle importante de la ciudad lleve el nombre de José Agustín, autor de La tumba, y que sus restos sean trasladados a la Rotonda de los Hombres Ilustres. No pedimos un favor: exigimos justicia poética. Ojalá haya la sensibilidad, el mínimo de decencia cultural, para cumplir con esta solicitud que es también un reclamo de memoria.

El propio expresidente Andrés Manuel López Obrador —y no es que uno lo cite mucho— alguna vez lo dijo en una mañanera: recomendó a la alcaldesa Abelina y a la gobernadora Evelyn Salgado que atendieran a los artistas, que voltearan a ver a los intelectuales locales, a los verdaderos creadores. Pero no. A los 15 días andaban haciendo ruedas de prensa con su secretario de Turismo, ese que parece más influencer que funcionario.

Y luego está el otro ridículo, el hijo de María Elena Márquez —sí, Torruco, el Tufo—, que mandó poner un busto de su madre en el parque de La Reina. ¡Y hasta uno de la Reina Isabel! ¿La Reina Isabel en Acapulco? Esa señora apenas pasó saludando desde un auto, desde lejos para no ensuciarse, y ya creen que hay que ponerle monumento. Por eso estamos como estamos: porque confundimos turismo con servidumbre.

Pero bueno. A lo que vamos: hay que retomar la figura de José Agustín el escritor. El que escribió Al final de la laguna, otra novela clavada en la entraña de este Acapulco que se va desdibujando entre la basura, los condominios de cemento caliente y la nostalgia.

Es momento de recuperar su obra, de editarla, de enseñarla. Y de rescatar también al músico. A José Agustín Ramírez. De rendirles homenaje en serio, no con aplausos tibios ni con eventos para la foto. Si queremos que los niños y jóvenes sepan quiénes somos, cómo se construyó este puerto, qué es Acapulco y quiénes hicieron algo por él —más allá de llenar sus bolsillos con su playa—, entonces empecemos por nombrarlos.

Porque la memoria también es resistencia. Y Acapulco, con todo y sus zopilotes desterrados, todavía puede recordar.

Por: Misael Habana de los Santos

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