Por: Misael Habana de los Santos
Estamos a unas horas, nada más, de que en Acapulco —al menos en esta esquina del mundo— comiencen las acciones preventivas. Medidas que deberíamos tomar todos: ciudadanos, gobiernos, vecinos, compadres. Porque el fenómeno, ese tal Erick, viene con cara de pocos amigos. No sabemos si entra —ojalá que no entre—, pero si entra, que no nos agarre contando likes o viendo memes.
Primero lo primero: proteger a la familia, la casa, la comunidad. No se trata de heroísmo, se trata de sentido común. Y lo digo sin adornos: la coordinación entre los tres órdenes de gobierno ha sido ejemplar, pero ahí van, haciendo lo suyo. El gobierno federal va al frente —esta vez sí—, el gobierno del estado hace lo propio. Vi el rostro de Evelyn Salgado esta mañana y traía encima el cansancio de quien ha dormido poco y cargado mucho. Se le nota el peso del mando. Pues es su responsabilidad, ni modo.
La presidenta municipal, Evelina López, también ha estado muy activa. Imagino que los alcaldes de la Costa Chica —¿cuántos son? ¿siete, diez?— ya están en la misma sintonía. Y ni hablar de los municipios oaxaqueños, que son veintitantos y a veces ni salen en las listas. Como Huazolotitlán, que ahí está, firme, aunque lo ignoren. Todos ellos están en lo mismo: activar, proteger, preparar.
Pero ojo con esto: por primera vez en mucho tiempo, vemos al gobierno federal adelantarse a la jugada. No descarto, para nada, que la presidenta Claudia Sheinbaum se deje caer por aquí en las próximas horas. No para tomarse la foto, sino para quedarse y coordinar el centro de operaciones. Lo necesita el puerto. Se necesita presencia, decisión, no discursos.
¿Y a los ciudadanos qué nos queda? Pues quedarnos en casa si no hay nada urgente que hacer. Asegurar puertas y ventanas, bajar lo que pueda volar, cargar los celulares, tener lámparas, un radio, un poco de agua y comida. Lo básico. Sin compras de pánico, por favor. Porque, perdónenme, pero las compras de pánico son la versión fifí de la rapiña. Y deberían sancionarse igual.
¿Rapiña? Sí. Pero en la tienda con aire acondicionado, en el súper con tarjeta gold. El que puede vacía los anaqueles sin pensar en el que apenas junta para un kilo de huevo. Eso también es violencia. Eso también es egoísmo.
Y los comerciantes, ¡caramba! Un poco de conciencia. Pongan límites. ¿Para qué le venden a uno solo las cuatro cajas de azúcar? ¿Y los demás qué? Las crisis sacan lo peor y lo mejor de cada quien. Pero esa modalidad de saqueo con carrito debería tener otro nombre: acaparamiento por ventaja de clase.
Lo mismo con la gasolina. Hay quienes cargan dos bidones como si vinieran de filmar Mad Max. Ya basta. Urge que se regule cuánto se puede comprar, y a quién.
Yo creo —y lo dije hace un rato en otra grabación— que algo hemos aprendido. Otis y John no pasaron en vano. Sabemos lo que es perderlo todo, lo que es mirar el mar con miedo. Aprendimos a prevenir. Sí ha habido rapiña, sí ha habido desorden, pero también solidaridad. Y eso cuenta.
Hoy, más que nunca, necesitamos comunidad. Cuidarnos unos a otros. Preguntar cómo está el vecino. Echar la mano, no solo subir historias a Instagram. Porque la tragedia no se mide en likes ni en trending topics.
Dejemos de lado, por un momento, la grilla, la intriga, los memes hirientes y el ocio venenoso de las redes. Esto no va de burlarse del otro. Esto va de resistir juntos. El problema se llama Erick. Y aunque todavía tengo fe en que no toque tierra, tampoco me voy a confiar. Porque confiar en la suerte es una forma muy elegante de la irresponsabilidad.
Así que: lámparas listas, teléfonos cargados, comida razonable, mente clara. Prevenir es la única forma decente de resistir. Nos vemos en el viento.
