Por: Misael Habana de los Santos

Vamos empezando esto… con el corazón partido en dos partes. Por un lado, desvelado pero aliviado, porque en nuestra ciudad, Acapulco, no pasó nada grave. Pero por el otro, dolido —dolido de veras— por lo que está ocurriendo en la Costa Chica de Guerrero y en buena parte de Oaxaca. Allá sí se viven escenas dramáticas. Ya las conocemos. Las hemos vivido. Y por eso mismo sabemos que no basta con la solidaridad de siempre: se necesita acción urgente, seria y del tamaño del problema. Se necesita al Gobierno Federal metido hasta los huesos.

Dicho con cuidado, pero sin tibieza: las autoridades de los tres niveles en Guerrero —el Gobierno Federal, la presidenta Claudia Sheinbaum, y todas las dependencias que se han movilizado: la Secretaría de Marina, la de la Defensa, la Guardia Nacional, la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes (que ya no sabemos ni cómo se llama), la Comisión Federal de Electricidad— todos, absolutamente todos, se han activado también en Oaxaca. Y eso merece decirlo: bien.

Reconocimiento también al Gobierno del Estado de Guerrero, a la gobernadora Evelyn Salgado. Se han coordinado. Han actuado. Y al Ayuntamiento de Acapulco también. La presidenta municipal Abelina López Rodríguez le metió cuerpo y alma, y por eso, aunque el fenómeno no nos tocó de lleno, la ciudad mantuvo la calma. No hubo apagones, no hubo caos. Y eso, en estos tiempos, ya es mucho decir.

La gobernadora estuvo en la mañanera dando la cara. Puntual, clara, informando de las acciones preventivas. Porque hay que subrayarlo: a esa hora, el fenómeno aún no golpeaba Guerrero.

Lo más duro se fue contra nuestros paisanos de Cuajinicuilapa para abajo. Todo el corredor afromexicano. Maldonado, Ometepec, Ayutla, San Luis Acatlán… las comunidades que ya han sufrido antes y que ahora vuelven a ser noticia por la tragedia. Vamos a seguir recibiendo información, pero lo que ya se sabe duele: viviendas destruidas, caminos cortados, cosechas perdidas, y sobre todo, la vida alterada de la gente más pobre.

Un abrazo fuerte a la gente de Oaxaca que nos sigue desde allá. ¡Ánimo! Aquí estamos difundiendo desde temprano todo lo que se pueda. Lo que ocurre con la infraestructura, con la agricultura, con la ganadería, y sobre todo con la vida cotidiana de quienes viven en casas frágiles, construidas con esfuerzo pero sin garantías frente al viento.

Y aquí va lo decepcionante: el gobernador de Oaxaca, Salomón Jara, en la mañanera, salió con declaraciones tibias, minimizando la tragedia. Como si no supiera —o no quisiera saber— que su estado está siendo arrasado. Y yo digo: ¿cómo vamos a resolver algo si ni siquiera se reconoce el tamaño del problema? ¿Cómo se va a mandar ayuda si desde el micrófono ya se le bajó el volumen a la emergencia?

Ahí están los nombres de los municipios más afectados, que son muchos más de los que caben en esta columna: Huazolotitlán, Pinotepa Nacional, La Estancia Grande, Collantes, Los Cortijos, Santo Domingo Armenta, El Ciruelo, José María Morelos, Puerto Escondido, Jamiltepec, San Andrés Huaxpaltepec, Rancho Viejo, Río Grande, Tutepec… todos ellos, con sus agencias, con sus comunidades, con sus olvidos acumulados.

Urge, sí. Y urge que no solo vean, sino que actúen.

Las autoridades municipales están haciendo lo suyo. Por lo menos he visto a la gente de Huazolotitlán y Pinotepa Nacional tratando de organizarse con los otros niveles. Pero hace falta más. Para que no pase otra vez lo de siempre: que el viento se lleve la noticia y también la memoria.

En lo productivo, la cosa está igual o peor: daños graves en papaya, sandía, limón y ganadería. Millones en pérdidas. Oaxaca, que es el primer productor nacional de papaya, está tocado. Muy tocado. Y eso significa hambre, crisis, despojo.

Por eso, desde este rincón del Pacífico, solo queda decir que ojalá llegue la ayuda, que no se repita el patrón de la promesa sin entrega.

Y por acá, por Guerrero, Acapulco respondió. Hay que decirlo. La gente obedeció, se protegió, se guardó. Y eso no se da por generación espontánea. Eso es producto de lo que hemos aprendido a la mala: después de Otis, después de Manuel, después de Ingrid… después de todo.

Felicidades, acapulqueños. Hay que decirlo sin pena: somos una sociedad que ha aprendido a protegerse. Nos costó caro, nos costó sangre y lodo, pero ya dimos el primer paso. Ayer, Acapulco se vació. Cada quien en su casa. Cuidando lo suyo. Y eso también salva vidas.

Pero el siguiente paso es aún más importante: prevenir. Y para prevenir no basta con esconderse en casa. Hace falta cambiar de raíz la relación con el entorno. Crear una cultura de la vida: no tirar basura, sembrar árboles, cuidar el agua, respetar la montaña, la playa y al vecino.

Porque si atentamos contra un árbol, contra un río, contra un animalito… en el fondo, nos estamos haciendo daño a nosotros mismos.

Así que a ponerle ganas. A cuidar la vida.

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