Por: Misael Habana de los Santos
Después de Otis y de John, me puse a observar —con una mezcla de asombro y fastidio— la participación de los políticos locales. Diputados, senadores, regidores, presidentes municipales… brillaron por su ausencia. O mejor dicho, fueron opacados por la presencia dominante del presidente Andrés Manuel López Obrador y su gabinete en Acapulco. Durante semanas, ellos fueron el único rostro visible del Estado. Y los demás, como niños regañados, se quedaron al margen, mirando desde la orilla.
Después del desastre, la ciudad entera era zona de víctimas. Pero ahí donde más dolía, no había diputados ni senadores repartiendo algo más que likes en sus redes. La imagen que predominó fue la del gobierno federal entregando apoyos, mientras el estatal y el municipal se limitaban a seguir al presidente como fieles acompañantes de gira.
Tal vez por eso, en ese primer momento, los políticos locales se replegaron. El gabinete federal sesionó en Acapulco durante semanas. Y en ese contexto, hacer politiquería con una despensa era como ponerse a bailar encima de un velorio.
Recuerdo una escena casi anecdótica: una diputada —ni su nombre me acuerdo, tan desdibujada está su gestión—, mi diputada, por cierto, que en algún momento se publicitó entregando víveres junto a la Marina. La tundieron en redes. Fue vapuleada sin piedad. La señora desapareció más rápido que un refrigerador nuevo en la Caleta. El oportunismo, en tiempos de luto, se paga caro.
Pero ahora, ya con el polvo más asentado, algunos políticos locales han salido de sus escondites. Han vuelto. Y lo han hecho con su cajita de galletas, su bolsita de arroz, su kit de toallas femeninas, y sobre todo, con su camarógrafo. Porque no es ayudar si no hay video. No es apoyo si no hay selfie. Y si no hay reel, no cuenta.
Y está bien si quieren donar de su peculio. Que lo hagan, como cualquier ciudadano. Se agradece. Pero ¿por qué tienen que convertirlo en campaña? ¿Por qué esa necesidad desesperada de mostrarse repartiendo una caja de Kotex, como si fueran el nuevo Robin Hood tropical?
Eso no es solidaridad. Eso es vulgar oportunismo. Y debería ser condenado. Por el pueblo, por la prensa, y si se puede, también en la mañanera.
Diputados y senadores de Guerrero —no todos, pero sí muchos— han confundido la tragedia con la pasarela. Están haciendo proselitismo con la desgracia. Y lo peor: creen que no nos damos cuenta.
Hoy, en la conferencia que el gobierno estatal llama “sección informativa”, escuché a la gobernadora Evelyn Salgado hablar de un tema que, por fin, toca el fondo real del asunto: el daño emocional. Habló con claridad, con tino. Alguien de la prensa —esa que invitan a los eventos, claro— le preguntó por las heridas invisibles que deja el desastre. El miedo, el trauma, la angustia.
Es un tema viejo. Tan viejo que ya se lo había planteado el propio presidente, aquí mismo en Acapulco, después de Otis. Yo mismo se lo pregunté, y él respondió que sí, que había que trabajar el aspecto emocional de los acapulqueños. Pero hasta ahora, de ese trabajo no se ha visto mucho.
Hoy la gobernadora lo retoma. Dice que sí, que hay que atenderlo. Que se va a trabajar con la gente. Ojalá. Porque lo que menos necesita esta ciudad es que le digan que todo está bien mientras el alma sigue rota.
Venimos saliendo del COVID. Luego Otis. Después John. Y otro huracán que no terminó de golpearnos, pero sí afectó parte de Guerrero. ¿Y todavía nos preguntamos por qué estamos nerviosos?
Somos una sociedad que necesita terapia colectiva. Un diván comunitario. Y una atención que no se quede en el discurso. Evelyn explicó bien el tema: el miedo ante lo desconocido, el temor profundo que provoca un viento oscuro a medianoche. Lo dijo bien. Ahora hay que bajarlo a la práctica, a la calle, a los barrios.
Porque aquí no basta con hablar del trauma. Hay que sanarlo. Con hechos. Con psicólogos, con talleres, con escucha. No con reels ni con discursos reciclados.
