Por: Misael Habana de los Santos

Me quedé con el tema atragantado —tal vez por mi tartamudez emocional frente al desastre —, pero no quiero dejar pasar lo que me parece un anuncio importante: la nueva Ley de Telecomunicaciones. Ya fue enviada al Senado. ¿Qué va a pasar allá? No lo sé, pero por lo pronto, esta reforma parece ser una ley de avanzada. Una ley democrática, pues, que permite redistribuir las frecuencias del espectro radioeléctrico y abrir espacio a las voces históricamente marginadas.

La radio —ese artefacto mágico que se niega a morir— puede volver a manos del pueblo. Grupos comunitarios, organizaciones barriales, colectivos indígenas podrán solicitar una concesión sin tener que disfrazarse de empresarios ni rendirse ante Televisa. Aquí en Acapulco, por ejemplo, hay varias estaciones comunitarias que transmiten, pero —seamos francos— son piratas. Están fuera del marco legal porque no han sido reconocidas ni reglamentadas. Por ejemplo, la estación. De radio donde transmito es la 89.7… ¿cómo se llama? A ver si me ayudan los técnicos con las siglas: XHKJA.

Recuerdo cuando llegué al puerto hace casi 40 años, esa estación ya estaba instalada allá por El Vaquero. Le decían la cajota. Así, sin más. Como si fuera caja de huevos. Así se llamaba y así se oía.

Las estaciones legales tienen siglas. Y las que no, pues son lo que son: ilegales. Piratas. Pero con esta nueva ley, muchas de esas voces podrán salir de la clandestinidad. Se les puede abrir la puerta a nuevas narrativas, nuevas propuestas. Y también los trabajadores de los medios —nosotros— podemos participar, revisar, proponer. Porque el aire también es del pueblo.

Pero bueno, cambio de frecuencia: regresamos al canal habitual del escándalo nacional. Otra vez estamos en la antesala de la corrupción. Las publicaciones del Reforma señalan una nueva cloaca: presuntas transferencias ilegales desde una empresa española hacia México, con nombres pesados en la lista: Alejandro Murat, exgobernador de Oaxaca; Ricardo Monreal, senador y presidente de la Cámara Alta; y otro senador de Morena.

Otra vez, el nombre de Monreal. La izquierda nunca confió en él. Ni en los Murat. Y con razón. Representan todo lo que Morena prometió cambiar: el nepotismo, los pactos oscuros, la política como herencia de familia. El problema es que, ya en el poder, muchos han seguido reproduciendo los mismos moldes. Como si el cambio fuera una etiqueta y no una convicción.

Aquí en Guerrero pasa lo mismo. He visto a diputados de Morena repartir cosas en plena campaña, haciendo proselitismo con una falta total de pudor. Lo mismo que antes hacía el PRI. Pero ahora lo hacen ellos. Y lo hacen peor, porque lo hacen diciendo que son distintos. ¿Y de dónde salen los recursos para esas ayudas? ¿Quién financia esas bolsas, esas lonas, esas despensas con su cara impresa? Yo no acuso. Pero sospecho.

Estos escándalos no son aislados. Son síntomas de un desgaste prematuro. Morena aún tiene la preferencia del pueblo. Pero también carga con la expectativa de millones que votamos por un cambio real. Vemos con esperanza lo que hace el gobierno federal, la presidenta de la República y su equipo. Pero abajo, en los estados y municipios, la descomposición avanza.

Y lo más preocupante es que ya ni se ocultan. Ahí está Alejandro Murat diciendo: “Pues búsquenle, investíguenme”. Como si dijera: “Si lo hice, no me van a encontrar nada, porque lo hice bien”. Y puede que tenga razón. No son tontos. Son ladrones, no idiotas.

Y mientras tanto, aquí en Guerrero tenemos también lo nuestro. El caso del secretario de Desarrollo Social del estado, Pablo Gordillo. Una boda en Morelos con derroche de lujo, de recursos que no cuadran con su salario de 60 mil pesos al mes. ¿De dónde sale ese dinero? ¿De qué herencia moral se alimenta? Pues claro, dicen que viene del linaje Gordillo, descendiente directo de Elba Esther, la gran dama del desfalco magisterial. Heredero no solo del apellido, sino del modus operandi.

Poco favor le hace este tipo de personajes a la gobernadora Evelyn Salgado. Lo mismo que Monreal o Murat a Morena. Son lastres. Nombres con historial, no de lucha, sino de saqueo.

Por eso, insisto: es momento de reflexionar. De mirar al espejo. El proyecto por el que votamos no puede seguir tolerando estas contradicciones. No podemos hablar de transformación con las manos metidas en el lodo.

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