Por: Misael Habana de los Santos.
Y vaya que el fin de semana nos salió benévolo a los acapulqueños: la lluvia cayó justa, sin alardes ni tragedias. Una llovizna tierna, de esas que se disfrutan con cafecito y la ventana entreabierta.
Pero, aunque el cielo se porte amable, la tierra nos delata: cada aguacero exhibe nuestra cochambre. Repetimos hasta el cansancio que los camiones recolectores “nunca pasan” y, cuando pasan, igual aventamos la basura donde caiga. Somos candil de la calle y oscuridad en casa; predicamos valores que no practicamos y luego fingimos sorpresa cuando el agua revienta las coladeras con nuestro propio desecho.
Hace unas semanas, con los avisos de “Erick” y “Estela”, la gente se portó: llenó garrafones, aseguró láminas y cerró ventanas. Esta vez, con “Flops” —que ya se disipó rumbo a Michoacán— la flojera pudo más. Volvieron las frases fatales: “no pasa nada” o “aquí nunca pega”. Craso error. La prevención no se negocia, y menos en temporada que todavía promete sustos de aquí a noviembre.
La ruta es clara: cultura cívica, cultura ambiental y cultura de protección civil. Eso empieza con la bolsa de basura bien amarrada y termina con un plan familiar de emergencia. Los árboles dan oxígeno, sí, pero también sueltan CO₂ de noche; hay que tratarlos con la misma sensatez con que deberíamos tratar todo lo vivo que nos rodea.
La novela del Congreso
Mientras el cielo descargaba, en tierra firme el presidente del Congreso local, Jesús Urióstegui, resucitó el drama del juicio político contra la alcaldesa Abelina López. La Suprema Corte ya había congelado cualquier intento de desafuero y de paso frenó la auditoría estatal, pero Urióstegui volvió al atril: “El proceso sigue”.
Curiosa terquedad si se toma en cuenta que una integrante de la Comisión Instructora había declarado lo contrario: que el expediente estaba en punto muerto por errores de procedimiento y falta de documentación. ¿Por qué la insistencia, diputado? Si hay irregularidades, que la Auditoría estatal las precise, peso sobre peso, obra por obra. Y si la lupa es igual para todos, que se mire también a Otilia Hernández en Chilpancingo y al resto de los alcaldes con cuentas pendientes. O todos coludos o todos rabones; eso —se suponía— significaba votar por el cambio.
A 30 años de Aguas Blancas
Y mientras discutimos basureros y auditorías, se cumplen treinta años de la masacre de Aguas Blancas. Treinta años y los autores intelectuales siguen tan campantes. La deuda es del tamaño de las fosas que dejó aquel 28 de junio de 1995. La Fiscalía General de la República y la nueva Suprema Corte tienen la palabra: reabrir el expediente, llegar hasta las últimas consecuencias y saldar, por fin, esa cuenta con la historia.
Hasta aquí mi comentario. Nos vemos en la próxima tormenta —de agua o de política, que para el caso es lo mismo en esta tierra tropical.
