Por: Misael Habana de los Santos

En la Arena GNP, bajo el calor de una olla a presión y entre efluvios de sudor mezclado con Khamrah y Johnny el caminante, el pueblo-pueblo —ese que se endeuda para vivir y baila para olvidar— vino a ver a sus jefes de información: Los Tigres del Norte, cronistas mayores de la patria sentimental. Ahí estaban todos los personajes de la lotería nacional en vivo y a todo color: el valiente con corte Harfuch, la sirena buchona, el borracho premium, la dama tuneada y el diablito que ya no canta, dispara. Y es que en este país donde todo se canta antes de resolverse, ellos lo sabían desde La puerta negra: que en México no se entra por la ley, sino por la letra. Por eso, mientras la academia debate si el corrido es arte o apología, el pueblo —sabio, ruidoso, kitsch— ya decidió: aquí se canta primero, se baila después y se llora con el último trago. Porque en la lotería de la vida mexicana, si no te toca ser el catrín, mínimo que te canten tu corrido.

El público mayoritario de Los Tigres del Norte es el pueblo-pueblo. Aquí, en la Arena GNP, en zona VIP el pueblo que apenas saca la cabeza de la pobreza; y en las gradas, los que mordieron un buen cacho de la quincena para escuchar, chelear y bailar con sus ídolos. Para confirmar, una vez más, de qué están hechos los que han diseñado el soundtrack sentimental de varias generaciones.

El coso es una olla de vapor: más de treinta grados, con sensación térmica a punto de ebullición, atizada por el canto y el baile de los convocados.
Los cuerpos fodongos —hombres y mujeres—, la ropa tatuada a la piel, son una regadera que exuda sudor mezclado con fragancias árabes: Khamrah, 9 PM, Fakhar Rose, Amber Oud y otras de menor popularidad.

Acudo a la academia para explicar este fenómeno de la cultura popular vigente desde hace más de 50 años, que arrancó con dos narcocorridos y una canción de amor: La banda del carro rojo, Camelia la texana y La puerta negra. Cantos fundamentales de la identidad mexicana con los que nos identifican en el extranjero. Aquí, celebración de borrachera.

Mi gurú favorito, Carlos Monsiváis, lo explicó con la lucidez que le daba el insomnio:

“Muchísimos grupos aparecen y se vuelven humo; en cambio, Los Tigres del Norte han logrado la continuidad de una institución que es su público, que los sigue al pie del escenario, que los alaba, que memoriza sus letras. Su permanencia permite definirlos claramente como una manifestación profunda de la cultura popular. Básicamente, son jefes de información, cronistas en un coro testimonial.”

Y este reportero, carente de jefes ni de jefazos de información, vino en peregrinación hasta acá, uno más en esta multitud en éxtasis, a indagar en las vísceras mismas del alma mexicana.

La Lotería Tour 2025 llegó a Acapulco tras haber iniciado el 14 de marzo en Albuquerque. Concluirá el 30 de noviembre en Grand Rapids, Michigan, después de recorrer 32 ciudades solo en Estados Unidos.
El nombre del tour hace referencia a su último sencillo, también llamado La Lotería, publicado a principios de febrero de 2025.

Mientras tanto, la gente baila y canta en pasillos, gradas; cualquier espacio es suficiente para curvear el cuerpo, apretar la cintura del otro(a,e) y soltar el alma como dicta el ABC del buen baile norteño.

Y la lotería no es solo un juego, dicen por ahí: es un mapa simbólico del alma mexicana.

La baraja, el naipe, el mazo: cada carta es una ventana a nuestra historia, cultura y contradicciones. Esta es también una apuesta musical: una tirada que hará que Los Tigres vuelvan a pegarle al gordo. Ciento ochenta millones de vistas del sencillo lo indican así.

Se ríe del borracho, se enaltece al valiente, se teme al diablito y se coquetea con la sirena. En una sola partida, en una sola tocada, en cada bailongo, cabe todo México: lo sagrado, lo profano, lo tierno y lo brutal.

Los mismos personajes de la lotería, en vivo y a todo color, presentes en la Arena GNP, testimonian la verdad narrativa de los músicos en el escenario.
Un sujeto a mi lado —por su apariencia estereotípica, un narquito del Acapulco rural: corte de pelo a lo Harfuch, cadena de oro, buchona al lado, botella de Johnny el caminante— casi le rompe la cara a otro porque su pareja, la dama tuneada que lo acompañaba, le pisó el pie.

Así es la lotería de la vida. Según Los Tigres: “Referente de fortaleza, creando música que sea canto de esperanza y de unión de nuestra comunidad. Gracias a ustedes por ser parte de este viaje”. Lo dicen y se sueltan sin parar un momento durante más de 90 minutos.

Los Tigres, con su vestuario, confirman el kitsch de estos pachucos contemporáneos: cortes de pelo que a gritos exigen actualización, trajes coloridos —rojo, azul, mostaza, morado, verde—. Costumbrismo en tonos vivos que exaltan su origen popular.

Y al escucharlos con sus narcocorridos light que hablan de mota y cocaína, queda zanjado cualquier debate sobre el género: el corrido bueno y el corrido malo. Solo hay buenos corridos que se quedan para siempre en el imaginario del pueblo, que —50 años después— seguro cantará uno o dos tumbaditos de Peso Pluma.

Lo que narran La banda del carro rojo y aquellas historias de Camelia o Teresa la mexicana —santificadas en el mundillo intelectual por Pérez-Reverte—, si se tuvieran que clasificar hoy para su difusión, quedarían como canciones de cuna.

Y así, con más de medio siglo de carretera, sudor, corridos y cicatrices, Los Tigres del Norte se despiden una vez más del pueblo que nunca se va del todo: el que canta, bebe, baila y sueña aunque el país se le caiga encima. Porque mientras haya una chela tibia, una rola de desamor y un corazón jodido dispuesto a levantarse, habrá escenario. Y en ese escenario, los Tigres —vestidos como si salieran de una piñata norteña— seguirán tocando la lotería de la nación: cantando la muerte como si fuera comedia, traficando emociones más que estupefacientes, y recordándonos, a gritos y acordeón, que en este país se sobrevive por costumbre, pero se vive por canción.

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