Por: Misael Habana de los Santos
Digan ustedes nada más: los prestadores de servicios turísticos, esos que luego andan barriendo playas para la foto, no lo hacen por voluntad, sino manipulados por sus líderes. Los utilizan como utilería para simular preocupación por el entorno, recogiendo la basura del puerto como si de eso dependiera su “gestión social”.
Está bien, qué bueno que se limpie. Ojalá lo hiciera más gente, pero sobre todo los turistas: que recogieran su basura y la depositaran en su lugar. Así no habría necesidad de cuadrillas obligadas a demostrar que limpian la playa para conseguir canonjías.
El pleito por el Marina Bus
Ahora dicen que el Marina Bus es caro e ilegal. ¡Ilegal, ilegal! —gritan como matraca—. Y no: el Estado tiene facultad para crear servicios, no necesita concesión como los particulares. Así que no es ilegal.
La pregunta básica es otra: ¿por qué nunca se les exigió legalidad a los grupos de interés económico que controlan la bahía desde hace décadas?
¿Que 30 pesos es caro? ¿Treinta pesos por recorrer 17 kilómetros en un transporte seguro y limpio? ¿Caro, cuando el transporte local es feo, caro, contaminante y lento? Por favor. Antes teníamos esos transportes “turísticos” de diversión, caros y oxidados, donde lo único atractivo era la chela adulterada. Eso sí, ahí nadie gritaba “¡caro!”.
El Marina Bus ofrece orden, seguridad y un costo accesible. Ni chantaje ni porquerías disfrazadas de coctel. Los argumentos de sus detractores se caen solos: lo que realmente buscan es defender posiciones políticas y económicas. Nada más.
El Marina Bus ni es caro ni es feo. No más feo que el “Hawaiano”, la “Cartilla” y toda esa chatarra que nos vendían antes como modernidad. Este es apenas el primero de varios, y lo que urge es romper con los monopolios mafiosos del transporte, acuático y terrestre. Porque esos sí son ilegales: mafias disfrazadas de concesionarios.
La Casita de los Perritos Felices
Y cierro con otra nota. Ayer, en la llamada Casa de los Perritos Felices —yo la nombro “el Río Jordán”, porque todo el que se baña en esas aguas se purifica—, hubo pachanga futbolera. El anfitrión fue el rector de la UAGro, Javier Saldaña Almazán, quien regaló a Félix una playera con el número 27. “Toro hay, toro hay”, gritaron sus corifeos. Pero como diría Luisa María Alcalde: para el 27, toro no hay.
Políticamente, el gesto es claro: Saldaña no es improvisado. Tiene trabajo consistente y reconocido dentro de la UAGro, con todo y las críticas. Ha construido liderazgo y, de paso, aspiraciones al gobierno de Guerrero. La jugada de Félix parece señalarlo como Plan B: si no es Bety Mojica, si no es Urióstegui para Chilpancingo, ahí está Saldaña. El Toro nunca pone todos los huevos en una sola canasta; siempre tiene velas de repuesto.
Pero ojo: la Casita de los Perritos Felices no es Morena, ni sus oficinas oficiales. Es la casa de Félix. Desde ahí opera un Morena paralelo, un partido sombra, que no reconoce a Jacinto González ni a nadie más que al dueño del terreno.
Si quieres ser diputado, alcalde o gobernador, primero tienes que pasar por esa casita, bañarte en su Río Jordán y recibir la bendición del Toro. Esa es la realidad política en Guerrero.
¿Cómo se le llama a eso? ¿Cacicazgo? ¿Dictadura? ¿Nepotismo? ¿Hegemonía? Qué sé yo. Se los dejo de tarea.
