Por:Misael Habana de los Santos
No fueron dos, fueron tres los tropiezos del exgobernador Ángel Aguirre Rivero y sus emisarios. Tres veces intentaron cumplir el encargo: poner a los pies de Claudia Sheinbaum un huipil de Xochistlahuaca y la hospitalidad de su residencia de Ometepec, como si la presidenta de México se dejara impresionar por las mismas fórmulas con que se cortejaba a los enviados presidenciales en los años setenta.
Tres caminos, tres negativas. En el rumbo se habló de “afrenta”, pero lo que realmente quedó exhibido fue el ocaso de un patriarca que todavía cree que la política se resuelve con regalos, cenas y compadrazgos.
El episodio salió de un chat familiar del propio Aguirre, que narró lo sucedido a su parentela incrédula. Alguien creyó que la prensa inventaba. No. Fue real: el jefe se topó con la muralla de Sheinbaum.
El primer intento lo movió Luis Pachuca, secretario del exgobernador. Ofreció la mansión de Aguirre, con sus rejas solemnes y pilares presuntuosos, como posada presidencial. Un museo del viejo priismo convertido en Airbnb político. La respuesta fue clara: no, gracias.
La segunda escena fue de vodevil. En la entrada de Ometepec, Doña Liz Díaz se acercó con el “regalazo”. La presidenta sin titubeos, respondió con esa frase que ya hizo historia: “¡Uy, no, mi amor! Mándeles saludos, pero dígales que no recibo regalos de ellos”.
La tercera vuelta fue peor: el huipil terminó en manos de Lázaro Cárdenas Batel, nieto de Tata Lázaro y jefe de la oficina presidencial, quien selló la última negativa. Tres veces no. Tres veces cerrada la puerta.
Lo que para Aguirre era cortesía, en realidad fue desesperación. El gesto del patriarca otoñal que busca, con huipiles y hospitalidades, congraciarse con la autoridad máxima del país. Viejas mañas de un priismo oxidado. Como bien lo ha descrito la académica Soledad Loaeza, originaria de la Costa Chica, son rituales de compadrazgo que huelen más a servilismo que a afecto.
Y ahí quedó la escena: un huipil que no vistió a nadie y un exgobernador que quedó desnudo en su insistencia. En Guerrero, los caciques de antaño aún creen que con bordados y atenciones pueden comprar futuro. Lo que no han entendido es que el futuro ya llegó, y que su tiempo —ese tiempo de regalos,ya terminó.
Epílogo
En la Costa Chica la cortesía es sagrada. Cuando alguien llega, se abre la puerta y se ofrece la casa. Así se entiende, así se vive. Pero cuando esa cortesía se viste de cálculo político, deja de ser gesto noble y se convierte en maniobra. El exgobernador Ángel Aguirre Rivero lo sabe: su “regalazo” de hospitalidad y huipil no fue leído como simple amabilidad costeña, sino como un intento de acercarse al poder presidencial con las mañas del viejo priismo.
La presidenta Claudia Sheinbaum fue clara, rotunda y hasta elegante en el rechazo. Y eso bastó para que estallara lo que aquí llamamos la segunda función: la guerra sucia. No se trata de simples rumores, sino de un ejército digital y mediático que reparte golpes en todas direcciones. Pegan contra él, pero también contra los suyos: Esthela Damián, Bety Mojica y a quienes se le vinculan con él. Injusto. Y, claro, contra quienes cuentan lo que pasó. Lo digo con nombre y apellido: periodistas que solo relatamos la realidad, y a quienes responden con insultos, campañas y hasta amenazas.
Lo curioso —o más bien lo trágico— es que la guerra sucia no es exclusiva de un bando. También de la otra acera se lanzan piedras. Al final, todos terminan embarrados en el mismo fango. La mentira no construye futuro; es un boomerang que siempre regresa.
La presidenta ya lo aclaró ante millones: “no recibo regalos de ellos”. El video lo demuestra, no hay nada que inventar. Sin embargo, los sembradores de lodo siguen fabricando espejismos con fotos trucadas y páginas anónimas, diseñadas para envenenar el aire público.
El periodismo, insisto, no puede rebajarse a ese juego. Nuestro oficio está en sostener la verdad, aunque incomode. Y si algo debemos aprender en este episodio del huipil rechazado y la guerra digital, es que el poder se tambalea menos por los rechazos corteses que por las mentiras que los rodean.
