Por: Misael Habana de los Santo

El Senado no fue ayer un recinto legislativo: fue un ring. La Comisión Permanente cerró sus trabajos en la vieja casona de Xicoténcatl con una trifulca que pinta de cuerpo entero la descomposición política del bloque opositor. Alejandro “Alito” Moreno, enrabietado porque se dio por concluido el debate, se lanzó contra Gerardo Fernández Noroña. Lo insultó, lo persiguió por la tribuna y le tiró golpes, como si fuera pleito de cantina.

Pero conviene recordar que antes de los golpes hubo otro capítulo que explica la rabia opositora. Gerardo Fernández Noroña había exhibido en tribuna a varios senadores del PRIAN: entre ellos, al propio Alejandro Moreno y al acapulqueño Manuel Añorve Baños. Con papeles en mano, el morenista mostró que Añorve —expresidente municipal de Acapulco y hoy senador— no declaró propiedades ni un solo peso en su patrimonio entregado al Senado.

“Yo voy a promover que la Coca-Cola les regale aunque sea unas mesas y unas sillas”, ironizó Noroña, dejando en ridículo la miseria declarada de quienes presumen poder. La burla caló hondo. Y después vino la respuesta: no con argumentos, sino con los puños.

En medio del caos, un fotógrafo que cubría la sesión fue derribado y pateado, mientras legisladores priistas lo rodeaban como porra brava. Dolores Padierna terminó con un golpe en la nariz y Jorge Carlos Ramírez Marín recibió un puñetazo en la espalda. La oposición convirtió el Congreso en coliseo, en espectáculo vergonzoso.

La sesión ya venía cargada. Lili Téllez defendió, sin rubor, su llamado a la intervención militar de Estados Unidos en México. Desde Morena le gritaron “¡traidora!”, y ella devolvió el insulto con uno peor: “narcosatánicos”. Acusó a Adán Augusto López de “narco” y a Noroña de “nuevo rico”. Rubén Moreira, coordinador priista, subió la apuesta llamando “punta de narcos” a los legisladores de la 4T.

En el fondo, todo este debate está en la defensa de la soberanía mexicana y de la derecha y a quienes representa, que quisieran la invasión de Estados Unidos a México. Así, por lo tanto, ellos, según esta lógica, son traidores y traidores a la patria.

Todo acabó en golpes, en insultos y en la promesa de Alito de “resistencia civil” contra lo que llama un régimen corrupto y dictatorial. Ya sin pudor, lanzó advertencia: “Nos vemos el 1 de septiembre en la Cámara de Diputados”. Por la noche, cuando la crítica se le vino encima, se hizo la víctima y acusó que el agresor fue Noroña. Pero el Ministerio Público ya tomó declaraciones, y las imágenes hablan por sí solas.

Aquí entra otro campo de batalla: los medios de comunicación. La derecha, con el PRIAN a la cabeza, defiende a Alito y a los suyos en portadas y noticieros, tratando de justificar lo injustificable. En contraste, una minoría de medios sostiene la línea crítica, defendiendo a la 4T y poniendo el acento en lo que está en juego: la disputa por la nación y su soberanía.

El Senado, que debería ser espacio de debate y acuerdos, ayer fue escenario de traiciones, viejos fantasmas y violencia. No es anécdota: es síntoma. Mientras los prianistas se baten a golpes con la realidad y sus medios aliados fabrican coartadas, el país espera justicia, no shows mediáticos.

Porque al final, la patria no se defiende con gritos ni con puñetazos en la tribuna, sino con dignidad y memoria. Acá, desde el sur y frente al mar, sabemos que la soberanía no se negocia ni se empeña en los micrófonos de Washington. El pueblo lo tiene claro: quien pide invasión, traiciona; y quien se arrodilla, vende la nación.

Que quede dicho: México no es ring de boxeo ni espectáculo de televisión. Es tierra de resistencia y de futuro. Y aunque la derecha se disfrace de valiente en sus medios aliados, el pueblo ya aprendió a mirar detrás de la pantalla.

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