Por: Misael Habana de los Santos

La lluvia, la cama, las sábanas, amaneció lloviendo… qué importa. Fue un día bonito, muy bonito con el sol de la esperanza al medio día.
Y no lo digo sólo por el sol que asomó tímido entre la neblina o por la calma después de la lluvia. Fue bonito porque la felicidad —esa que corre por las venas de la mayoría— se reflejó en un hecho histórico: según el periódico El País, ocho de cada diez mexicanos apoyan a la presidenta de la República, Claudia Sheinbaum Pardo.

No amanecimos con la cuesta de enero ni con las penumbras de la resignación. Amanecimos con un acontecimiento que renueva uno de los pilares de un Estado clasista, racista y opresivo, que desde hace más de cien años se erigió como poder intocable: el Poder Judicial de la Federación.

Porque mientras el Ejecutivo y el Legislativo han cambiado con los vientos de la historia —para bien, para mal o para las medias tintas de nuestra democracia—, el Judicial permanecía como un sótano cerrado, lacrado, oscuro, símbolo de privilegios y corrupción. Ese sótano hoy abrió ventanas. La Suprema Corte, con todo y sus ministros y jueces, recibió un mensaje distinto: el pueblo pobre, los pueblos originarios, entran simbólicamente por sus puertas tras una elección que los conservadores quisieron frenar a toda costa.

Desde hoy empieza otra historia. Una historia distinta, que deberá ensanchar la democracia para que la justicia llegue a las mayorías que la reclaman y deje de ser patrimonio de unos cuantos grupos políticos y económicos que la manejaron durante décadas.

Por eso, este día es de fiesta. Histórico, mucho más que el propio informe presidencial. Porque los informes —como el que dio hoy Claudia Sheinbaum— enumeran cifras, obras, logros. Pero lo que vimos en Palacio Nacional fue sólo la síntesis de un gobierno distinto que ha hecho de la transparencia y de la rendición de cuentas su marca diaria en las mañaneras.

Y mientras eso ocurría, el conservadurismo se retrataba a sí mismo en el Senado: seis senadores priistas, pandilleros de traje y corbata, treparon a la tribuna para golpear a Gerardo Fernández Noroña. Un acto de barbarie que bien puede leerse como un intento de micro golpe de Estado técnico. Ahí quedaron evidenciados: los porros de la política, los traidores a la patria, los que serán recordados en los libros de texto como los enemigos de la democracia.

Pero la fuerza de ese 80% que respalda a Sheinbaum confirma que la ruta es la correcta. Faltan más transformaciones. Y Guerrero no puede quedarse atrás. Nuestros diputados locales no tendrían por qué esperar hasta 2030 para aplicar la reforma judicial. ¿Qué es esa fecha sino un blindaje de intereses políticos? La reforma debe ser ya, inmediata, para empezar a oxigenar el poder en Guerrero y no sólo en el centro del país.

Ojalá esta reflexión sirva de sacudida: el cambio no se decreta desde el discurso, se ejerce desde la voluntad. El tiempo de la justicia es ahora.

Y si en Guerrero siguen esperando al 2030, que no se sorprendan: aquí la tormenta no será de neblina ni de lluvia mansa… será de pueblo en la calle. Y cuando decide, no hay juez, ni ministro, ni cacique que aguante la corriente.

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