Por Misael Habana de los Santos

La mañanera comenzó ligera. O eso parecía.

Una nota frívola, aparentemente frívola. Pero en política nada que convoque a 400 mil personas es frívolo. Nada que llene la Plaza de la Constitución hasta el borde —y que además se desborde hacia el Monumento a la Revolución, la Alameda y pantallas extendidas como tentáculos de luz— puede quedarse en el terreno del espectáculo.

El concierto de Shakira en el Zócalo no fue solo música. Fue músculo.

Se habla de 400 mil en la plancha. Otros dicen que, sumando las sedes alternas, quizá más de medio millón. Una marea humana cantando a la mujer que factura en lugar de llorar. Y eso, en tiempos electorales permanentes, se traduce en algo más que aplausos: se traduce en narrativa.

La jefa de Gobierno, Clara Brugada, presumió la cifra. Y cómo no. Gobernar también es administrar símbolos. Y un Zócalo lleno es el símbolo mayor del poder civil en México.

La presidenta comentó —entre sonrisa y anécdota— que estuvo pendiente, mirando por la ventana. Que vio a Shakira ondear la bandera mexicana, declararse mexicana por una noche, hacer patria pop. Yo no lo vi completo; estaba distraído con los Goya y las primeras películas que siempre prometo comentar después. Pero el dato quedó ahí: la cultura de masas también es política.

Después vino lo serio.

Informes del Seguro Social. Datos. Gráficas. El ritual administrativo que sostiene la liturgia diaria del poder. Y entonces, una pregunta extraña. Una pregunta con jiribilla.

Un periodista —no particularmente vinculado con Guerrero— preguntó a la presidenta qué información podía dar sobre el caso de Ricardo Taja. El nombre no es menor. Aquí lo hemos seguido de cerca.

La historia viene de atrás. En una mañanera previa, la reportera Citlali Guerrero cuestionó por qué no hay resultados claros en las investigaciones sobre el asesinato de Ricardo Taja, como en tantos otros casos de violencia política en el estado. La presidenta respondió que se informaría y, en ese momento, instruyó a la Fiscalía a dar información. Porque informar a las familias no es concesión: es obligación.

Aquí, en Al Tanto Guerrero, entrevistamos después al diputado federal Javier Taja —hoy en Morena, antes en el PRI— para preguntarle si la Fiscalía ya había cumplido con esa instrucción presidencial. Javier Taja habla como hermano de una víctima. Pide información sobre el asesinato de su hermano, ocurrido en Acapulco. No es una postura partidista; es un reclamo familiar.

En el video —que supera ya decenas de miles de vistas— Javier Taja no exige nada a la gobernadora. No la menciona. Lo que dice, textual, es que la Fiscalía del Estado es un fracaso. Que no sirve. Así lo dijo. Ahí está el registro.

Sin embargo, en la mañanera, el periodista deslizó que Taja había exigido a la gobernadora rendir cuentas. Eso no ocurrió. No está en el video. No fue declarado.

¿Error? ¿Desinformación? ¿Intento de provocar un choque interno en Morena?
En política, las palabras no son inocentes. Se colocan como anzuelos.

Lo único comprobable es esto: Javier Taja responsabiliza a la Fiscalía por la falta de resultados. Punto. No a la gobernadora. No a otra instancia.

En tiempos donde el micrófono amplifica y también distorsiona, el dato importa. Porque una cosa es el debate público y otra el amarre con jiribilla para sembrar confrontación.

La plaza llena fue espectáculo.
La pregunta en la mañanera fue cálculo.

Y en medio, como siempre, Guerrero: con su dolor político, sus expedientes abiertos y su Fiscalía bajo la lupa.

Seguiremos informando. Aquí no se canta por cantar. Aquí se documenta.

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