Misael Habana de los Santos.

En mayo de 2010, mientras Acapulco seguía vendiéndose al mundo como un paraíso de condominios con vista al Pacífico, cerveza dos por una y promesas inmobiliarias frente al mar, Gustavo Cerati llegó al puerto cargando algo más pesado que sus guitarras: el cansancio de un hombre que parecía caminar sobre un hilo invisible.

Aquella noche en el Fórum Mundo Imperial no ocurrió solamente un concierto. Ocurió una despedida que nadie entendió en ese momento.

Yo escribí entonces que aquello sonaba “como alguien que pende de un hilo”. Lo escribí sin saber que, apenas unos días después, el cuerpo de Cerati se desplomaría en Caracas, Venezuela, tras el cierre de la gira Fuerza Natural, la última estación de su viaje terrestre.

Hoy, dieciséis años después, aquella frase regresa como un eco extraño, como si el propio Cerati hubiera estado tocando desde el borde de un precipicio que solamente él alcanzaba a mirar.

El Fórum parecía un refrigerador gigantesco colocado en medio del calor tropical de la Zona Diamante. Afuera, Acapulco seguía siendo el puerto de las contradicciones: lujo y violencia, glamour y decapitaciones, turistas y miedo, la resaca eterna de una ciudad que comenzaba a desfondarse moralmente mientras fingía seguir de fiesta.

Adentro había apenas unos cientos de fieles. No era el furor multitudinario de Soda Stereo. No era la histeria de los ochenta. Era algo más íntimo, más elegante y más triste. Una ceremonia.

Cerati apareció vestido como un chamán eléctrico. Delgado, refinado, frágil. Ya no cantaba para conquistar estadios: parecía cantar para sobrevivirse a sí mismo.

Interpretó canciones de Fuerza Natural, ese disco crepuscular lleno de desiertos, rutas nocturnas, polvo cósmico y carreteras emocionales. Un álbum que muchos no entendieron porque esperaban nostalgia y recibieron introspección.

Mientras algunos cuarentones pedían desesperadamente himnos de Soda Stereo para volver a sentirse jóvenes, Cerati insistía en mirar hacia adelante, aunque el futuro ya le estuviera cerrando la puerta.

Había algo raro en el ambiente. No era solamente la música.Era la manera en que sostenía la guitarra.
La forma en que administraba el aire. La mirada perdida entre luces azules. El cuerpo moviéndose con la delicadeza de alguien exhausto.

Como si el escenario fuera el único lugar donde todavía podía mantenerse en pie.

En Acapulco habló poco, pero dejó claro su vínculo sentimental con el puerto. Cerati siempre tuvo una conexión especial con esta ciudad absurda y luminosa. Aquí encontró noches interminables, amigos, excesos, playas, romances y quizá también un refugio emocional para escapar del monstruo gigantesco en que se convirtió Soda Stereo.

En aquel concierto sonaron Crimen, Cactus, Convoy, Marea de Venus y otras piezas que hoy parecen mensajes cifrados enviados desde un sitio donde el músico ya intuía algo.

Cuando interpretó Crimen, en un estado como Guerrero donde los crímenes rara vez se investigan, la canción adquirió una dimensión fantasmal. El público quedó suspendido en una especie de hipnosis tropical mientras Anita Álvarez de Toledo flotaba alrededor del escenario como una aparición rubia en medio del humo.

Todo era hermoso. Y todo parecía despedirse.
Quince días después, el 15 de mayo de 2010, Cerati subiría al escenario de Caracas para ofrecer el último concierto de su vida. Cerró con “Lago en el cielo”. Horas más tarde sufrió el accidente cerebrovascular que lo mantendría en coma durante más de cuatro años hasta su muerte en septiembre de 2014.

Con el tiempo, aquel recital venezolano fue convertido en mito.
Pero en Acapulco, unos días antes, ya estaba escrita la sombra.

Quizá por eso hoy resulta imposible releer aquella vieja crónica sin sentir escalofríos. Porque el periodismo, a veces, sin proponérselo, captura pequeñas grietas del destino.

Cerati parecía cansado de la Tierra.
Y aun así seguía tocando. Como los grandes músicos. Como los boxeadores viejos. Como los poetas condenados.
Hasta el último segundo.

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