Misael Habana de los Santos
La izquierda histórica de Guerrero no suele entregar cheques en blanco. Menos cuando huele perfume de oficina climatizada, operador reciclado y expedientes del viejo régimen tratando de colarse por la puerta trasera de Morena.
Y ahí está el verdadero desafío de Esthela Damián Peralta: no aparecer únicamente como una candidatura fabricada desde el centro del país, sino como una opción capaz de dialogar con la memoria política de un estado desconfiado por naturaleza y golpeado por décadas de traiciones.
Porque sí: mediáticamente, su salida de la Consejería Jurídica federal y su arribo a Guerrero han sido un éxito. Nadie puede negarlo. En pocas semanas, la chilpancingueña pasó de ser una figura burocrática de alto nivel a convertirse en tema cotidiano de cafés políticos, portales digitales, sobremesas calenturientas y grupos de WhatsApp donde la política guerrerense se consume como si fuera box de viernes por la noche.
La operación de posicionamiento ha sido eficaz. Su nombre ya circula con fuerza en la conversación pública alrededor de la futura “Coordinación para la Defensa de la Cuarta Transformación”, ese elegante eufemismo morenista que, en español antiguo y sin maquillaje semántico, significa la antesala de las candidaturas a alcaldías, diputaciones y, sobre todo, a la gubernatura.
Pero junto con los reflectores también llegaron los fantasmas.
Y qué fantasmas.
Alrededor de la eventual candidatura de Esthela Damián comienzan a gravitar personajes expulsados moralmente del viejo sistema político: ex priistas reciclados, operadores del oportunismo profesional, desplazados del PAN, náufragos de Movimiento Ciudadano y viudos presupuestales de gobiernos que Guerrero preferiría olvidar. Políticos que durante años representaron exactamente aquello contra lo que Morena prometió luchar: corrupción, abusos de poder, simulación y negocios al amparo del presupuesto.
Como moscas alrededor del mango maduro, muchos de ellos ya se ofrecen como “estructura”, “operación territorial”, “asesoría”, “enlace” o cualquier otro nombre elegante para intentar volver al presupuesto público. La grilla guerrerense tiene esa extraña capacidad de resucitar cadáveres políticos cada seis años.
Y ahí comienza el riesgo para Esthela.
Porque una cosa es sumar apoyos y otra muy distinta cargar lastres.
Sería políticamente saludable que la ex funcionaria federal entendiera que no todo aplauso conviene. Hay abrazos que queman. Fotografías que pesan. Y acompañamientos que contaminan. Sobre todo en un estado donde la memoria popular puede tardar, pero rara vez perdona.
Guerrero no es la Ciudad de México. Aquí la política todavía se mide en agravios históricos, lealtades largas y cicatrices abiertas. La gente distingue perfectamente entre la izquierda que sobrevivió persecuciones, fraudes y represión, y los nuevos conversos que apenas descubrieron las virtudes de la 4T cuando vieron posibilidades de contrato, nómina o candidatura.
O los que ya gobernaron o gobiernan con Morena y repiten de la A la Z el código ético y moral del viejo régimen : nepotismo , corrupción , frivolidad, anti academicismo y un desprecio brutal hacia la cultura que dejan ver en sus acciones.
Por eso la prueba más difícil para Esthela Damián Peralta no será llenar salones ni aparecer en columnas amigas. Tampoco conseguir adhesiones espectaculares de personajes tiznados por el pasado. Su verdadero examen será otro: ganar la confianza de los liderazgos honestos de la izquierda histórica guerrerense, esos que aún conservan autoridad moral en colonias, universidades, sindicatos, organizaciones sociales y movimientos populares.
Ahí se encuentra el territorio más complicado. Porque esos sectores observan con cautela la irrupción de una candidatura que algunos ya presentan como “la enviada del centro”, una especie de proyecto impulsado desde Palacio Nacional para ordenar la sucesión guerrerense antes de tiempo. Y en Guerrero, las imposiciones —reales o imaginarias— siempre generan resistencias.
El calendario tampoco ayuda. Junio está a la vuelta de la esquina y con él llegarán las convocatorias internas de Morena. El tiempo político en Guerrero corre distinto: una semana puede construir una candidatura… o sepultarla.
Si antes de esa fecha Esthela no logra tender puentes sólidos con la izquierda histórica y deslindarse de los rostros más desprestigiados del viejo régimen, sus aspiraciones podrían comenzar a hacer agua. Porque enfrente también hay otros aspirantes moviendo piezas, acumulando territorio y construyendo narrativas propias.
La política guerrerense suele ser cruel con quienes confunden ruido mediático con estructura real.
Y en Morena, particularmente en Guerrero, todavía hay quienes creen que la historia pesa más que el marketing.
