Misael Habana de los Santos
En la playa, frente a la Bahía de Santa Lucía, bajo el sol húmedo de Acapulco y entre el olor a pescado frito, cerveza sudada y arena caliente, el senador Félix Salgado Macedonio volvió a hacer lo que mejor sabe hacer: montar un espectáculo político donde la informalidad parece autenticidad y el desorden termina convertido en narrativa popular.
El evento fue realizado en uno de los dos restaurantes que el morenista posee frente al mar. Ahí, entre mesas de plástico, bocinas estridentes y porras de “¡Hay Toro!”, Félix salió al paso de las preguntas de los reporteros sobre las bardas pintadas, las campañas adelantadas, las reglas internas de Morena, el nepotismo, la Constitución, los desplazados de Chilapa y hasta Donald Trump.
Y como en toda ceremonia tropical del poder, hubo una escena que terminó robándose la conversación política del día: la larga fila de reporteros esperando recibir un sobre con quinientos pesos.
La imagen circuló rápido en redes sociales. Los propios periodistas difundieron la fotografía. Una cola larga, incómoda, casi penitencial, que desató comentarios feroces y burlas ácidas sobre el viejo ritual del “chayote”, esa costumbre mexicana que cambia de nombre según el sexenio pero nunca termina de morir.
Más que el monto —quinientos pesos apenas alcanzan para llenar medio tanque y comprar dos órdenes de tacos de camarón—, lo que quedó flotando fue la sensación de humillación pública. La escena callejera tenía algo de oficina de beneficencia política, de fila para la limosna institucionalizada, de clientelismo reducido a estampita costeña.
Mientras tanto, Félix hablaba. Hablaba mucho.
Con esa mezcla de astucia calentana, humor ranchero y cálculo político que lo mantiene vivo pese a escándalos, vetos, derrotas, impugnaciones y mala fama. O quizá precisamente gracias a esa mala fama que él mismo reivindica como una medalla popular:
—“Yo tengo mala fama desde que nací.”
El recurso “humorístico” o lenguaje irónico le ha funcionado para desactivar señalamientos directos. Los conocedores aseguran que este es un mecanismo de defensa sociológico sobre las propias experiencias de violencia, trauma o marginación, es un mecanismo de defensa una especie de humor negro o resiliencia lingüística.
La frase retrata al personaje entero.
Porque Félix no intenta parecer pulcro. Nunca ha querido. Su fuerza política proviene justamente de asumir el papel del hombre incómodo, del rebelde folclórico, del sobreviviente permanente de la política guerrerense. Un animal electoral que entiende que en Guerrero la victimización también produce votos.
Por eso acusa a quienes pintan bardas… mientras sus simpatizantes llenan el estado de propaganda.
Por eso defiende los lineamientos de Morena… mientras admite con sorna que “nadie hace caso”.
Por eso asegura que no está destapándose… mientras convoca multitudes frente al mar con porras de “Toro, Toro, Toro”.
Por eso dice respetar la Constitución por encima de cualquier regla partidista… dejando abierta la puerta para una eventual batalla política si Morena intenta cerrarle el paso.
Todo en Félix es ambigüedad calculada.
“No voy”, pero tampoco dice que no irá.
“No me estoy promoviendo”, aunque el evento parece mitin.
“No quiero pelear”, pero lanza cornadas verbales contra dirigentes y adversarios.
“El árbitro no debe jugar”, dijo sobre Jacinto González Varona, en una frase que cayó como pedrada directa al dirigente morenista. Y suelta el enredo lingüístico, edulcorado con homofobia auténtica “el árbitro tiene el pito en la boca” . El machismo que le acompaña festeja la ocurrencia bien ensayada.
Y mientras el senador hablaba de legalidad, Constitución y moral política, afuera quedaba la fotografía de la fila de reporteros esperando quinientos pesos como estampita incómoda de la relación histórica entre poder y prensa en Guerrero.
La escena parecía salida de otro siglo. O quizá nunca salimos de él.
Los seguidores del Toro ya no son aquella multitud avasallante del inicio del sexenio. Se ven menos. Más dispersos. Más cansados. Pero siguen ahí. Muchas mujeres. Bases fieles. Creyentes duros. Militantes emocionales que observan a Félix como si fuera una mezcla improbable de caudillo tropical, predicador popular al estilo del Niño Fidencio y sobreviviente eterno de la política calentana.
Una religión política costeña donde el dogma principal parece resumirse en una frase sencilla: Amor y paz. El Evangelio según San Toro.
