¿Y por dónde empezar? Porque lo que se nos vino encima fue una comedia de enredos, de esas que no le pasan a cualquiera, mucho menos a un periódico tan serio, tan respetable —y con tanta credibilidad— como La Jornada. Y lo digo con conocimiento de causa: trabajé con ellos casi diez años. Sé del profesionalismo con el que manejan su información. Incluso conozco casos de periodistas y corresponsales que han perdido el empleo por equivocarse o, peor aún, por mentir.

Aquí en Guerrero pasó con un corresponsal —me reservo el nombre—, pero La Jornada no anda con medias tintas: su prestigio se ha construido con base en la verdad. Esa misma verdad de la que tanto hablamos aquí, en Al Tanto Guerrero, sobre todo cuando nos referimos a esos que hoy se autonombran “periodistas”, con su celular en la mano y ninguna brújula ética en la cabeza. Porque una cosa es informar, y otra muy distinta es andar calumniando nomás por ganar likes.

Esa gente acude sin pudor a la difamación, a la mentira, a la calumnia. Y eso, querámoslo o no, tiene un costo brutal.

Pues bien, hablando de periodismo serio, resulta que La Jornada, citando una fuente oficial, difundida en X (la red, no la incógnita), y más específicamente al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, publicó una nota dando por hecho que personal del ICE —esta policía gringa que tiene tentáculos en medio mundo— había encabezado un operativo para desmantelar tres laboratorios de fentanilo en México. Pero con eso bastó para alborotar el panal conservador mediático.

La nota se publicó como verdad. Y claro, vino la respuesta oficial, seguida por la consabida cascada de reacciones de la oposición, que no pierde oportunidad de atacar al gobierno de la 4T, como ya es su costumbre.
Pero el problema no fue solo que lo dijeran ellos: fue que lo dijo La Jornada, el periódico de la izquierda, el diario aliado natural de la Cuarta Transformación. Era, pues, “miel sobre hojuelas” para la derecha, y se le fueron encima.

Tanto, que la presidenta tuvo que salir a decir: “Eso no es cierto”. Lo dijo así, tajante. Ayer mismo , el propio ICE —los directamente aludidos— tuvo que salir a desmentirlo todo. Y bueno, se apagó el incendio, más o menos.
Pero La Jornada tendrá que explicarle a sus lectores qué fue lo que ocurrió. Porque no es cualquier cosa que un diario con esa trayectoria y ese rigor se equivoque de esa manera. Y ya aclaro , y bien, el gazapo. En el reconocido periódico se lee hoy “ La anfibología
no habría tenido mayor efecto sin la concurrencia de dos factores: el sensacionalismo,
el ansia de golpeteo político y la falta de
ética profesional entre la derecha política y
mediática local, y la serie gráfica donde la
primera imagen muestra a quienes parecen
ser agentes de ICE en camino a un operativo
y las tres siguientes varios aspectos de un
presunto narcolaboratorio, induciendo la
idea de que los uniformados estadunidenses
participaron físicamente en la destrucción de las supuestas instalaciones “.

Así que, compañeros de prensa, cuidado. Se los he dicho: periódico que miente, periódico que se desprestigia. Medio que traiciona la verdad, medio que se convierte en nada. Como ya ha pasado aquí en Acapulco con tantos “medios” y “periodistas” de ocasión que solo usan el micrófono para chantajear y conseguir prebendas, no para servir a la sociedad.

El otro tema es el famoso barco que llega a Acapulco: un restaurante flotante. Ese que, según anunció el Ayuntamiento, será una nueva atracción para Acapulco. Y claro, ya se alborotaron los de la CANACO, los restauranteros de siempre, los mismos de siempre, que ni ofrecen alternativas ni quieren que otros lo hagan.

¿Que quiénes son? Pues los mismos de ese organismo —medio fantasma ya— llamado CANIRAC, donde todavía se pasea el señor Castro, que tiene apenas un restaurancito y ya se siente vocero del empresariado gastronómico. Pusieron el grito en el cielo por el barco, que por lo que se sabe será un sitio para comer, escuchar música, visitar un museo flotante, quizá hasta dormir ahí. Una experiencia nueva para el puerto, pues.

Pero los señores de la restaurantería local no quieren competencia. Lo que quieren es que el dinero público se reparta entre ellos. Como ha ocurrido después del huracán Otis, cuando recibieron apoyo tras apoyo y aún así siguen pidiendo más. Nadie sabe bien qué hicieron con esos recursos, pero eso sí: siguen exigiendo que el gobierno les dé… todo.

Y por eso no crecemos. Porque tenemos empresarios enanos. Sí, lo digo claro: empresarios enanos, que no arriesgan, no invierten, no piensan en el colectivo. Solo estiran la mano. No son empresarios: son pedigüeños profesionales. Viven del subsidio, no del ingenio ni del esfuerzo.

Así que, en lugar de criticar, deberían apoyar. Porque este tipo de proyectos —como el barco— no solo refrescan la oferta turística, también pueden dejarle un buen dinero al municipio. O mejor aún: que se avienten a hacer uno ellos. Pero no, ellos quieren que papá gobierno les financie hasta el hielo de las cubas.

Y por eso estamos como estamos.

Entonces, vamos a ver qué ocurre con esto. Pero a mí me parece un proyecto interesante, novedoso, necesario. Qué bueno que lo traen. Qué bueno por Acapulco le urgen alternativas en servicios turísticos.

Por: Misael Habana de los Santos

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