Por: Misael Habana de los Santos
Hoy en Al Tanto Guerrero subimos un trascendido: que se cancelaba el concierto de un cantante que —para ser sincero— ni conozco. Nunca lo he oído. Se llama Javi, y al parecer es muy popular entre los chavos que le entran duro a eso que llaman corridos tumbados o narco-corridos, o como se llame esa música que hoy tiene tanto arraigo en ciertas capas de la sociedad.
El asunto es que hoy, en una reunión —creo que convocada por el grupo ACA, aunque no estoy del todo seguro— el secretario de Turismo municipal soltó que el concierto se pospone. Que se va a estudiar, que se analizará. Pero ya es la segunda vez que lo posponen, y todo indica que seguirá así, porque políticamente no es el mejor momento para traer a Acapulco a un artista de esas características.
¿Y por qué? Pues por lo que hemos vivido. Ahí está el caso reciente del AcaMoto, con toda su carga de violencia y descontrol. Sí, dejó una derrama económica, pero esa no debe ser la única brújula para organizar eventos. No cuando lo que está en juego es la seguridad, los servicios, el derecho a vivir en paz. No todo se vale por vender cerveza y llenar hoteles.
Estos eventos —como el concierto de Javi o como el mismo AcaMoto— deberían entrar al debate público. Consultar a la gente. A nosotros, los acapulqueños. Saber si ese es el tipo de turismo que queremos. Porque no basta con que decidan los empresarios de la fiesta: los turisteros, los cantineros, los que hacen negocio con el alcohol y otras sustancias.
Es un asunto de interés colectivo. No se trata de moralina —yo soy bien liberal—, pero también creo que cada cosa tiene su lugar. Que cada quien haga lo que quiera, sí, pero no a costa del bienestar común. No con recursos públicos. No exponiendo a la ciudad entera a desmanes que ya sabemos cómo terminan.
Si se va a hacer ese tipo de eventos, que sea en lugares adecuados, con condiciones de seguridad para todos: para el artista, para su público y para quienes simplemente vivimos aquí. No más motos sin control por la Costera, no más borrachos poniendo en riesgo la vida de otros. Eso no es turismo. Eso es barbarie.
Volviendo al caso de Javi: vean ustedes la ecuación. Hechos violentos en la zona del 30, intervención del Ejército, instalación de un centro de control por parte de la Sedena. El problema es serio. Y luego, pretenden hacer el concierto en terrenos de Fonatur, que ya salió escandalizado después de lo que pasó con el AcaMoto. Fonatur está invirtiendo en infraestructura turística que, luego, es destruida por las hordas de los eventos mal organizados.
¿Se imaginan un evento de ese tipo saliéndose de control en un predio del gobierno federal? No estamos hablando de prohibir —que quede claro—, pero sí de tener cuidado. El Estado debe promover otras formas de convivencia, otras expresiones culturales. No todo es banda, buchona, chupe y adrenalina.
Ahorita mismo, por ejemplo, el Ayuntamiento organiza una feria del libro en el Zócalo. Una propuesta pacífica, abierta a todos. Pero, claro, nadie va. O casi nadie. Porque no hay promoción, porque mucha gente no lee, o no le interesa la cultura. Ahí están las sillas vacías, las moscas posadas en las carpas. Triste pero cierto.
No como el concierto de Javi, que seguro iba a llenar. Pero, insisto, no todo lo que llena conviene. Hay que pensar las cosas. Hay que debatirlas. Porque los que vivimos aquí también contamos. Acapulco no es un antro sin ley. Acapulco tiene reglas, y quien venga debe conocerlas y respetarlas.
Acapulco abraza, como escribió Rosendo Pintos: con su mar, con sus montañas, con su agua salada y su aire caliente. Pero también impone límites. Porque si no hay reglas, esto se convierte en selva.
Y para cerrar: creo que la mejor decisión sobre el concierto de Javi es la cancelación. Que lo organicen los privados, si quieren. Los dueños de cantinas, los empresarios del desmadre. Ellos son los que se benefician, al fin y al cabo. Pero el Estado no tiene por qué andar promoviendo violencia, alcohol ni narcocultura.
La función del gobierno es otra. Es como la feria del libro —aunque a nadie le importe— y como otras propuestas que construyen en vez de destruir. Y si se cancela el concierto, no se pierde gran cosa. Solo se pierde venta de cerveza. Y eso, la verdad, no es ninguna pérdida.
