Por: Misael Habana de los Santos
Un kilómetro de desmadre absoluto, institucionalizado y consentido por las autoridades de los tres niveles de gobierno: eso es el Acamoto.
Una franja de asfalto en la Costera Miguel Alemán —desde el número 125 hasta lo que alguna vez fue el Hotel Calinda— convertida en tierra sin ley, donde el ruido, la carne, la mota y la velocidad se mezclan con gasolina y chelas tibias.
La noche del viernes, ese tramo era el epicentro del libertinaje motorizado. Y cuando escribo “todo”, lo hago con plena conciencia y responsabilidad periodística: todo podía encontrarse ahí. Desde el borracho que orina en una llanta de Harley hasta la muchacha que, a bordo de una cuatrimoto, enseña los senos mientras la vitorean hombres semidesnudos con tatuajes de calaveras y águilas chopper.
Fundado a principios de los dosmiles —cuando las rodadas de Mazatlán empezaron a quedar chicas—, el evento creció con identidad propia: subcultura biker con sabor a coco con ron, nacida en el calor húmedo del Pacífico. Acamoto germinó como el hijo bastardo del turismo de excesos. Una feria de la carne y el escape donde confluyen motociclistas, mirones, vendedores de cerveza, dealers de baja intensidad y turistas con cámaras listas para el Instagram del caos.
Acamoto 2025 no decepciona a nadie. Ni a sus seguidores ni a sus detractores: los impulsores del turismo blanco, que sueñan con yates, yoga y turismo sustentable, pero que terminan viendo cómo Acapulco se entrega de nuevo al goce, el ruido, el humo y la ilegalidad tolerada.
Sí: balaceras, robos, atropellamientos, muertes. Todo eso ha pasado. Las autoridades —siempre prestas a negar lo evidente— minimizan los hechos. Porque hay que “hablar bien de Acapulco”, aunque te estén vaciando el cargador a media Costera.
Aquí se encuentra lo que se busque: sexo, perico, azulitos con “algo más”, cerveza de a litro, hamburguesas mal cocidas, sexo de ocasión, poppers que huelen a acetona, y mota —la Acapulco Golden que perfuma el aire tibio que viene de la bahía como si fuera incienso para una misa pagana.
Nadie sabe exactamente quién organiza esto. Y eso es lo más peligroso y lo más fascinante. No hay comité. No hay programa oficial. Solo hay rodadas, fiesta, cuerpos, máquinas rugiendo como jaguares de acero, y una autoridad que hace como que vigila mientras se toma selfies con las motos.
Sobre la Costera —acotada a medias— miles de curiosos deambulan como zombies aspiracionales. Hombres y mujeres montados en bestias de metal que escupen estruendos idénticos a los balazos. El público observa desde las banquetas como si viera un desfile de estatus: autos enchulados, camionetas recientes, motos deportivas, mujeres bronceadas, hombres tatuados, celulares en alto. Un carnaval de la clase media—media jodida—que alquila su lugar en la pasarela del exceso.
Las autoridades, sin cifras exactas pero con ganas de presumir, calculan que para el viernes por la noche ya circulaban más de 3 mil motocicletas. El caos estaba resguardado —curiosamente— por policías estatales, federales, guardias nacionales, paramédicos, antimotines, ambulancias, pipas de agua y hasta ministerios públicos ambulantes. Todo dispuesto para atender el desastre previamente anunciado.
Un ciudadano acapulqueño cualquiera, al caminar por este submundo tropical, no puede evitar sentirse extraño en su propia ciudad. Ajeno. Como si el espectáculo no le perteneciera, como si fuera un mirón más de un carnaval que no pidió pero que lo arrastra igual.
Los excesos son muchos, pero todos vienen en combo. El alcohol no falta. El cristal corre en bolsas pequeñas. La mota lo envuelve todo. Los poppers perfuman las esquinas. Y los azulitos —esos cocteles fluorescentes que parecen Gatorade pero son una mezcla química con tequila y quién sabe qué más— vuelan entre las manos como pociones mágicas para olvidar que esta ciudad estuvo devastada hace apenas unos meses.
Este año, los nacobreakers —nuestros bikers tropicales sin causa, ni causa ni plan más que el onanismo de la velocidad— llegaron con todo: comida, bebida, drogas, souvenirs, mujeres, inflables, mecánicos, DJs, vendedores de accesorios, luces LED, escapularios de la Santa Muerte y chalecos con parches que dicen “Black Angels” o “Furia del Asfalto”.
Y al llegar la noche, como si buscaran deliberadamente la complicidad de la oscuridad, se lanzan a las rodadas masivas por toda la Costera. Se apropian de calles y banquetas. Las motos modificadas —choppers, cuatrimotos, deportivas— circulan sin ley. Los clubes de motociclistas, con o sin jerarquía, con parches o sin ellos, reclaman el espacio público.
De día, las playas son escenarios de fiestas desenfrenadas: música en vivo, DJs, alcohol barato y concursos de playeras mojadas que harían sonrojar al más libertino de los Spring Breakers gringos.
De noche, el desmadre se vuelve rito.
Y en todo esto, las mujeres… son pocas las que conducen. La mayoría va de copiloto, sin casco, sin voz, con ropa provocadora o sin ropa del todo. Son parte del espectáculo, parte de la crítica, parte de la postal. El sexismo se pasea sin pudor ni reflexión, disfrazado de libertad sobre ruedas.
Los acapulqueños —los de a pie, los que viven aquí todo el año— miran desde sus ventanas. O se encierran. Algunos huyen a la piscina del condominio. Otros simplemente maldicen en voz baja. La ciudad ya no les pertenece esos días. Acapulco se entrega al caos con resignación, como quien ya no espera salvación y solo pide que no lo aplasten al pasar.
Acamoto es un Spring Break para jodidos. Pero con motos. Con tribalismo. Con un tufillo a ilegalidad y estética rebelde. Tatuajes, chalecos, bandanas, motos intervenidas, parches. Cada biker carga su historia a cuestas. Algunos traen cicatrices. Otros, sólo ego. Muchos, hambre de adrenalina.
Y claro, el turismo sexual no falta. Un clásico mexicano exportado con éxito. Hay historias que no se cuentan, pero que todos conocen. Hay denuncias. Hay excesos. Hay abusos. Pero el negocio es el negocio. Business are business, repiten los hoteleros mientras cuentan fajos de billetes con olor a gasolina.
Porque, a pesar de todo —del caos, del ruido, de los muertos invisibles—, el Acamoto deja billete. Hoteles llenos. Restaurantes sin mesa. Bares reventados. Tienditas de refacciones haciendo su agosto en mayo. Es la Semana Santa alterna de Acapulco. La bendición perversa para un destino turístico que ya olvidó lo que era la elegancia.
La noche se hace vieja. DJs, bandas sinaloenses, corridos tumbados. La juventud entona, en estado de gracia etílica y química, su himno de ruptura:
“En tu perra vida, vuelves a dormir conmigo,
yo en cualquier esquina, me hallo una de tu tipo,
tú que encuentres otro igual,
eso sí va a estar canijo.”
Y así, entre humo, luces de neón, mujeres bailando en moto y el rugido metálico de mil motores, el Acamoto se convierte, un año más, en la catarsis pagana de un Acapulco que ya no sabe si reír, llorar o prender otro churro.
