Por: Misael Habana de los Santos

Volviendo a eso de que “aquí nos tocó vivir” —y aquí hemos decidido quedarnos—, lo cierto es que no hay de otra: aquí vamos a enfrentar y a disfrutar todo lo que ocurra. Porque sí, vivir a la orilla del mar, vivir en este paraíso, tiene su precio. Y no es cualquier precio. El costo se llama temblores, lluvias, inundaciones, huracanes —cada vez más frecuentes—, todo ese catálogo de plagas bíblicas que nos caen como si Acapulco fuera el Egipto del Antiguo Testamento.

Y no son exageraciones. Basta recordar el año pasado… el antepasado… y mejor toco madera, porque lo último que deseamos es otra tragedia.

¿Qué hacer entonces? Lo mínimo indispensable: informarnos. Estar atentos. Acudir a fuentes serias, a la información oficial que —ahora sí— están dando los tres órdenes de gobierno: el municipal, el estatal y el federal. Porque no se trata de inventar el hilo negro, sino de prevenir.

¿Qué puede hacer uno, pobre mortal, ante la furia de un ciclón? No mucho, pero lo suficiente: prevenir, educarnos, y cuidar lo que tenemos. Cuidarnos nosotros, cuidar a nuestras familias, y también nuestras propiedades, que sí importan. Lo demás, se lo dejamos a la naturaleza, que —como sabemos— ya nos está cobrando con creces lo mal que la hemos tratado.

Y en medio de todo esto, hay algo que resalta: la actuación de la Federación. Se lo decía yo a la mesa de redacción del noticiario: llama la atención cómo, una vez más, la Federación desplaza a las autoridades estatales y municipales, y toma el control con contundencia. No es que esté mal. Al contrario, es parte de su responsabilidad. Pero esto, antes, no sucedía así.

Ahí está la mañanera. Rosa Icela Rodríguez, la secretaria de Gobernación, con su equipo al lado, dio una exposición clara, precisa, completa. Advirtieron sobre los municipios de Guerrero y Oaxaca que podrían resultar afectados, y eso ya es mucho decir.

Por eso, paisanos de la Costa Chica oaxaqueña y guerrerense, estén atentos. Infórmense. Prepárense. Esto, recuerden, es un pronóstico. Ojalá no suceda nada. Pero si sucede, que no nos agarre otra vez como nos agarró Otis: con la guardia baja, sin información y sin educación para enfrentar este tipo de embates.

Y si no pasa nada —ojalá—, tampoco hay pérdida. Ya tomamos medidas, ya aprendimos algo, y lo volveremos a hacer cuando sea necesario. Porque de eso se trata: de cuidarnos.

Así que mucha atención. Desde Río Grande, Oaxaca, hasta Cruz Grande, Guerrero, pasando por Juquila, Pochutla, Puerto Escondido, Jamiltepec, Huazolotitlán, Pinotepa Nacional, Cacahuatepec, Tlacamama, Los Cortijos, Cuajinicuilapa… Toda esa franja del Pacífico Sur debe estar pendiente. Están advertidos.

Y sí, aquí nos tocó vivir. Aquí nos va a tocar resistir otros tantos fenómenos más. Así que vamos educándonos, vamos aprendiendo a protegernos. Que no se nos olvide lo que pedíamos antes de Otis: precaución. El llamado nunca es inútil.

Por eso, sea lo que sea: a cuidarnos, a estar alertas y, esta vez, también a acompañar a las autoridades. Acompañarlas con algo muy simple: obedeciendo las reglas. Escuchando.

Hasta aquí la observación. Y si parece regaño, no lo es. Es cariño. Es sentido común. Porque al final, todo —si nos cuidamos— puede salir bien.

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