Por: Misael Habana de los Santos
La semana estuvo movida, intensa, con noticias que nos cruzan el alma y otras que nos patean el entendimiento. Pero quiero detenerme en algo que ocurrió el sábado —sí, el sábado, no el viernes, ya lo confirmé—: una gran manifestación pacífica de mexicanos en los Estados Unidos.
Miles —y cuando digo miles, es literal— se movilizaron en más de dos mil ciudades norteamericanas. Pero la más importante, la que marcó la pauta, fue en Los Ángeles, California.
Una marcha sin piedras ni gritos histéricos, pero con una claridad brutal: rechazo total a las políticas neoliberales y casi fascistas de la administración Trump. Y mientras eso ocurría, al otro lado del mundo, otra marcha —pero de tanques y aviones— se desplegaba con el rostro del gobierno sionista de Benjamín Netanyahu.
Una agresión contra Irán que no puede entenderse sin leer entre líneas: provocación al mundo árabe, distracción internacional, y tapadera del genocidio que Israel ejecuta en Palestina, en Gaza, en cada callejón donde un niño juega sabiendo que puede morir antes de cenar.
Estamos, nos guste o no, en los umbrales —o tal vez ya adentro— de la Tercera Guerra Mundial. Y no lo digo por exageración, lo dicen las imágenes, los muertos, los desplazados. Primero fue la agresión brutal de Israel contra el pueblo palestino, que el mundo civilizado —ese que se viste de ONU, de Europa democrática, de “defensores de derechos humanos”— apenas ha condenado con muecas tibias y resoluciones de cartón.
Después vino el retorno del miedo. La cacería de migrantes en los campos, en las calles, en los aeropuertos de Estados Unidos. Rostros de terror, familias huyendo. Escenas que parecían cosa del pasado, del Holocausto, reaparecen como si la historia no hubiese enseñado nada.
Y ahí el doble filo de la historia: el pueblo israelita, perseguido en los cuarenta, hoy se convierte en perseguidor. Persigue a otro pueblo que no cabe en sus mapas: el palestino. Ironías que duelen.
Nuestros paisanos en Estados Unidos lo dicen con claridad: hacía décadas que no se sentía ese clima de persecución. Y por eso salieron. Porque no basta con sobrevivir. Hay que denunciar.
Ojalá termine pronto esa atmósfera de miedo. Desde aquí, nuestra solidaridad.
Y no olvidemos que México también está aquí, del lado de este mapa, con sus propios demonios. Aquí hay mucho por hacer, por cambiar. No hay que emigrar para luchar por un país más justo, más democrático, donde quepamos todos: indígenas, afromexicanos, mestizos, blancos, migrantes, y hasta los que piensan distinto.
Vivimos tiempos inéditos. Tiempos en los que las guerras ya no solo se libran con bombas, sino con pantallas, algoritmos y titulares. Porque esta guerra también es mediática. Se libra en los medios, en las redes sociales, en los noticieros que callan y en los influencers que mienten.
Hay una estrategia clara: imponer una sola verdad. Y censurar el resto.
¿Han visto ustedes que en redes sociales se hable de las marchas del sábado en Los Ángeles? ¿De lo que pasó en Estados Unidos? No. Casi nada. Hay una especie de apagón informativo. Una detención de los hechos.
Poca información ha circulado, salvo en medios independientes o internacionales: DW, RT, Al Jazeera, algunas agencias latinoamericanas. Ahí está otra narrativa, otra verdad. Les recomiendo buscarlos.
Por ejemplo, Televisa —sí, aunque cueste decirlo— hizo una cobertura decente. Le llamó “De todos los frentes”. Transmitió el desfile trumpista pero también cubrió con seriedad la protesta. Univisión también estuvo a la altura. Felicidades a ellos.
Otros, los de siempre, prefirieron ocultar.
Hasta aquí mi comentario. Tengo muchos más temas de Guerrero, pero esos los dejo para más adelante. El huracán no solo sopla en el Pacífico, también en la política.
