Por: Misael Habana de los Santos

Y bueno, pues si ya se repuso, fue del susto… porque lo cierto es que esta vez el viento no tumbó techos ni el agua arrastró casas en Acapulco. El huracán Erick se desvió —milagro climático—, pero en la Costa Chica pegó y pegó fuerte. Afectó a decenas de municipios, aunque oficialmente solo se reconozcan 33. Porque ya se sabe: para los gobiernos, los pueblos sólo existen si hay boletas, urnas o recursos etiquetados.

Esta mañana, en la “mañanera”, un periodista de la agencia Rompeviento se atrevió a cuestionar a la presidenta de la República por el abandono en la Montaña. Ese lugar que, como muchos otros, sobrevive en el archivo muerto del federalismo. Sí, en Tlapa se construyó un hospital de la mujer, y sí, han llegado programas sociales, pero el programa de caminos sigue siendo un desastre. Caminos que, cada temporada de lluvias, desaparecen bajo lodo y promesas.

El periodista casi le dijo en su cara que no estaban haciendo nada. Y la presidenta, con esa mezcla de molestia y autodefensa, reviró: “¿Estás insinuando que no hacemos nada?”. Pues sí, presidenta, se hace… pero no alcanza. Porque los caminos no son solo de terracería: son de olvido.

Sobre esto, hay quien lleva décadas documentando ese abandono. Abel Barrera Hernández, del Centro de Derechos Humanos Tlachinollan, lo dijo sin rodeos:
“Después de cada tormenta, llega otra más fuerte: la tormenta del olvido institucional.”
Y añadió algo aún más duro, algo que en Palacio Nacional no se digiere bien:
“El desastre en la Montaña no es solo natural, es estructural. Hay un racismo que ha justificado históricamente el abandono. Si los pueblos indígenas no protestan, no existen para el Estado.”

Tras el paso del huracán Otis, Abel documentó cómo el gobierno tardó semanas en reaccionar. Y ahora, con Erick, el guion se repite. Caminos destruidos, pueblos incomunicados y un gobierno más preocupado por el TikTok que por la topografía.

Hablamos con Abel Barrera, porque él no solo opina: censó, caminó, documentó los daños. Y si dice que los caminos no sirven, es porque los ha caminado. Si dice que la ayuda no llega, es porque ha dormido donde nadie del gobierno ha puesto un pie.

Si las tierras son porosas, si se deslavan con la lluvia y se vuelven polvo cuando no cae una gota, ¿qué más prueba se necesita para entender que ahí no hay caminos, sino escarnios?

Pero más grave que el lodo y la ausencia del Estado, es el circo electoral montado con camionetas, despensas y antenas satelitales. Políticos disfrazados de benefactores que se pasean por zonas sin señal telefónica para transmitir en vivo su “ayuda”. La solidaridad no se graba, se ejerce en silencio. Pero estos no ayudan: se promocionan.

Desde hace cinco días, en Oaxaca no hay forma de comunicarse. Yo mismo no he podido hablar con mi familia. Pero mientras tanto, los diputados y senadores del grupo de Félix Salgado Macedonio —sí, ese mismo que quiere volver a gobernar Guerrero aunque sea por control remoto— se exhiben en redes con todo y equipo de transmisión satelital. Ahí están Jako Badillo, Marisol Bazán y otros que pronto vamos a nombrar con todas sus letras.

Hoy el periódico Reforma publicó una nota de Jesús Guerrero donde se documenta este nuevo escándalo. Porque eso es: un escándalo. No es ayuda, es afrenta. ¿Quién les donó esas cosas? ¿De qué presupuesto salen las despensas, los uniformes y las antenas? ¿De su bolsillo? Ajá… sí, cómo no.

Y mientras tanto, las carreteras hacia Ometepec, Igualapa y San Juan de los Llanos están bloqueadas por pobladores que protestan. No sé si todas las demandas sean legítimas, pero sé que esa gente no protesta por deporte. Son damnificados de siempre. Les llueve sobre mojado… y sobre olvidado.

Así que, por favor, a esos diputados y senadores con alma de influencer: tantita prudencia. La pobreza no es escenografía, y el dolor no es contenido para redes sociales.

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