Misael Habana de los Santos
Hay nombres en Guerrero que la historia no deja descansar. Y uno de ellos es el de Ángel Aguirre Rivero, el costeño de Ometepec, dos veces gobernador del estado, cuyos periodos políticos parecen haber quedado tatuados por la desgracia y el estruendo.
La escena ocurrió hace unos días en Ometepec, según la crónica publicada por el periódico El Faro de la Costa Chica. Ahí, entre saludos, nostalgias y el ritual tropical de la comida compartida por su cumpleaños, Aguirre volvió a hablar de política… aunque diciendo que no hablaba de política.
Pero antes hay que recordar algo: la primera vez que llegó al poder fue como sustituto de Rubén Figueroa Alcocer, después de la matanza de 17 campesinos de la Organización Campesina de la Sierra del Sur, en el vado de Aguas Blancas, en Coyuca de Benítez. La segunda ocasión arribó bajo las siglas del PRD y terminó expulsado por la noche más oscura de Guerrero: la de Iguala, el asesinato y desaparición de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa.
Dos sexenios cruzados por la tragedia. Dos veces sentado en el trono de Chilpancingo y dos veces perseguido por los fantasmas de la violencia.
Con ese equipaje histórico encima, Aguirre soltó el discurso:
“A mí me preguntan a veces con quién estoy o por quién deben votar, porque ya está a la vuelta de la esquina el proceso electoral para renovar el Ejecutivo del estado; es decir, quién va a ser el próximo gobernador o gobernadora. A lo mejor algunos pensaron que esta celebración estaba un poco disfrazada para que yo les diera línea sobre por dónde apoyar, y quiero decirles que no es así. Yo no vengo a eso; vengo a celebrar la vida con ustedes”.
Y luego vino la recomendación que, en Guerrero, suele sonar más a guiño político que a neutralidad democrática:
“Voten por quienes ustedes crean que sean las o los mejores; quienes puedan ayudar más a Guerrero; quienes tengan mejores trayectorias; quienes sean honestos, con vocación de servicio y que no caigan en la soberbia”.
Pero el verdadero punto del discurso apareció cuando Aguirre habló del peso de su apellido en la grilla guerrerense y, como diría el Chavo del Ocho, sin querer queriendo, tiró línea con la fuerza acabada de su vieja mano izquierda.
“Me traen como cuche en callejón para todo. Si sale Esthela, la hija de Aguirre; si sale Bety, la hija de Aguirre… hasta sacaron eso de ‘Las hijas del viento, las hijas de Aguirre’. Yo ni siquiera me he reunido con ellas; tiene años que no hablo con ellas. Claro que son mis amigas, pero no ando haciendo campaña por ninguna. Lo que pasa es que les gusta el nombre de Ángel Aguirre”.
Y sí. El apellido del patriarca sigue pesando. Pero ya no pesa igual.
Porque en la última gira de Claudia Sheinbaum Pardo por la Costa Chica guerrerense ocurrió un episodio que, en la política local, fue leído como un mensaje cifrado desde Palacio Nacional. Aguirre Rivero intentó acercarse enviándole a la presidenta un huipil de Tlacoachistlahuaca, símbolo textil de la raíz amuzga y de la identidad costeña. Pero el gesto fue rechazado públicamente por Sheinbaum Pardo.
Ahí muchos entendieron que el exgobernador, que desde hace tiempo venía buscando algún puente con el morenismo triunfante, recibió un portazo político en plena plaza pública.
Y el portazo sonó —como diría Joaquín Sabina— “como signo de interrogación”, adentro y afuera del morenismo filopriista.
Porque aquí los símbolos pesan más que los comunicados. Un saludo aceptado o rechazado vale más que cien discursos. Y aquel desplante presidencial terminó convirtiéndose en una especie de veto silencioso para cualquier intento de reconciliación entre Aguirre y las tribus dominantes de Morena.
Al final del acto en Ometepec, Aguirre todavía evocó a los viejos alcaldes de la región, como quien recorre un álbum amarillento de tiempos mejores:
“Aquí sugerí —sugerí es el verbo que eufemísticamente sustituye a su dedo caciquil— a tres alcaldes que fueron excelentes presidentes municipales: Pancho Espinoza, Humberto Zapata y el maestro Delfino Aguirre Rivero. Nada más nos falta uno: Lalo Basilio”.
Y señaló con el dedo, mientras golpeaba el hombro de quien será el nuevo alcalde de su feudo.
Después vinieron los platos, las bebidas, las fotografías y el desfile de saludos. La vieja liturgia priista reciclada en versión costeña. Gente acercándose a estrechar la mano del exgobernador como si tocaran una reliquia política salida de otro tiempo.
Porque en Guerrero los muertos políticos nunca terminan de morirse. Solo aprenden a caminar más despacio entre las sombras.
