Por: Misael Habana de los Santos
Nació en Acapulco el 22 de julio de 1946 y murió a balazos en la Ciudad de México el 28 de septiembre de 1994, cuando era dirigente nacional del PRI. Entre esas dos fechas, José Francisco Ruiz Massieu fue más que un cuadro del priismo: fue el experimento modernizador que Guerrero creyó posible.
Cuando regresó a su tierra para gobernarla en 1987, la izquierda desarticulada y reprimida lo miró con cierta esperanza: era joven, formado en la Universidad de Essex, Inglaterra, con obra publicada —actividad poco frecuente en el priismo guerrerense de la época, aún dado al diálogo de las balas y al fraude electoral—. Pero el chivo tiró al monte. El reformista se hizo a un lado, y el priista se impuso. Gobernó con discurso democrático y métodos de siempre, hasta ganarse el mote de “el déspota ilustrado”.
“Frente al Princess”:
Bulevar de las Naciones, Acapulco. El sol de las dos pega plano y la brisa de Puerto Marqués se corta con consignas. A la cabeza va Rosalío Wences Reza; atrás, banderas amarillas del recién nacido PRD, con el agravio fresco de las elecciones del 3 de diciembre de 1989. La ruta es conocida: no bloquear el aeropuerto, hacer visible el reclamo.
Pero a la altura de la entrada del Princess, la historia dio un volantazo: formación de policías estatal y municipal, refuerzos federales de caminos y puertos —los de cascos blancos y orden tajante—, y el clásico libreto: primero vallas y caballería, luego toletazo, piedra de río y culata. La marcha se parte, la gente corre hacia la lateral y el “control del orden” desborda en cacería. La CNDH, 35 años después, lo llamó por su nombre: “acto de represión” y “violaciones graves”; pidió reparación integral y dejó establecida la cadena de responsabilidad institucional que hoy recae en la SSPC por la herencia jurídica de la Policía Federal de Caminos.
La escena no fue un rayo en cielo despejado. La CIDH ya había registrado que ese mismo 27 de febrero de 1990 las marchas en Acapulco y Zihuatanejo “finalizaron violentamente” y listó muertes, lesiones, detenciones, difamación y calumnias contra dirigentes perredistas; los peticionarios acusaron directamente al gobernador José Francisco Ruiz Massieu de cancelar audiencias públicas, negar investigaciones y permitir la impunidad, con 26 homicidios políticos a la estela de la jornada electoral.
En Zihuatanejo, ese mismo día, caerá Florentino Salmerón García; la CNDH lo trató en la Recomendación 210/1992, pieza de época que exhibe el clima de hostigamiento oficial a movilizaciones opositoras en la Costa Grande.
Volvamos al Princess. La foto que más dolió no fue la del golpe, sino la de la estigmatización: perredistas exhibidos como “delincuentes” en medios mientras el aparato local hablaba de “orden” y “turismo”. La versión impresa de esos años —la prensa de hotel y lobby— ya mascullaba que las protestas “espantaban divisas” y “provocaban cancelaciones”, argumento de vitrina para justificar la bota. Un estudio sobre Ruiz Massieu y la prensa registra esa narrativa defensiva a partir del propio 27 de Febrero 1990.
Balance: no fue “exceso” aislado. Fue método: disuadir la protesta cerca de polos turísticos; uso excesivo de la fuerza; detención arbitraria; y el remate mediático-judicial para desactivar a la izquierda. En 2025, la CNDH —ya con los expedientes viejos desempolvados— lo reescribe en clave de violencia de Estado y reparación.
El sistema devora a sus hijos
Cuatro años después de dejar la gubernatura, el déspota ilustrado caminaba por la Ciudad de México convertido en secretario general del PRI, con futuro presidencial en la baraja. Pero el mismo sistema que en Guerrero le permitió la represión y la estigmatización, en la capital lo alcanzó con la boca de fuego: el 28 de septiembre de 1994, a plena luz del día, fue asesinado a balazos al salir de un acto partidista realizado en un hotel ubicado en la calle La Fragua, contraesquina de la avenida Reforma.
Su ejecución se sumó a la lista de un año maldito: Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial, había caído en marzo en Tijuana; y, décadas atrás, Álvaro Obregón, el caudillo de Sonora, había sido abatido en La Bombilla. Todos símbolos de un país que parece inscribir en plomo sus sucesiones frustradas.
El hombre que ordenó caballería contra el PRD en Acapulco fue víctima de un magnicidio nunca esclarecido del todo, entre expedientes judiciales manoseados, pugnas internas y la sombra de Salinas.
Y aquí la ironía histórica: mientras la CNDH en 2025 desempolva expedientes para reconocer que Ruiz Massieu ordenó violencia de Estado contra la izquierda, su propio nombre se recuerda también como víctima de la violencia política del sistema que lo parió. Guerrero lo conoció como el déspota ilustrado; México entero lo despidió como un cadáver incómodo en la cadena de magnicidios que aún hoy nos recuerdan que en este país la justicia no llega ni para los de abajo… ni para los de arriba.
Décima final
Alzó Colosio su canto,
Ruiz Massieu siguió la danza,
ambos pagaron la alianza
con plomo, terror y llanto;
de Obregón viene el quebranto
que repite la nación,
balas dictan sucesión,
magnicidios de la historia,
y aunque cambien la memoria,
queda intacta la lección.
